Antes de abordar el partido en sí, una sensación. Hasta el despacho de esta columna todos los semifinalistas tuvieron mejores rivales en octavos. Brasil ante Chile. Alemania frente a Argelia. Y Argentina cuando jugó con Suiza. Colombia, Francia y Bélgica, respectiva y objetivamente, no dieron la talla.
Y vale el concepto para reflejar lo poco que ofreció ayer el cuadro de Marc Wilmots, que llegó al Mundial tras una eliminatoria impecable. Sin embargo, decepcionó. Atacó poco y mal. Defendió mediante un inexplicable y permeable sistema: le dio metros a Messi, lo dejó accionar libre y por eso a los ocho minutos Lionel enhebró una jugada continuada en Di María y culminada por Higuaín —el mejor del cotejo— con un derechazo implacable.
A Sabella los cambios le dieron resultado. Biglia y Demichelis incrementaron un espíritu al que poco aportaron Gago y Fernández en actuaciones pasadas.
Inclusive, el obligado ingreso de Pérez (reemplazó al lesionado Di María) encajó adecuadamente. El del Benfica produjo contención y se proyectó sin temores.
Los gigantes de Bélgica pusieron patéticamente de manifiesto sus limitaciones. Hazard —llamado en teoría a ser protagonista— pasó desapercibido, cuando entraron Lukaku y Mertens no escaparon de la intrascendencia y la consecuencia es que apenas si De Bruyne y Mirallas inquietaron a Romero.
La segunda parte cayó en lo que a ritmo se refiere. El cuadro europeo buscó tener más el balón, pero cuando lo consiguió la posesión se tradujo en repetidos centros, sin réditos. ¿Excesivo respeto o ineficiencia?
A Argentina le resultó suficiente agruparse y acortar metros entre mediocampo y defensa. Muy cerca del epílogo, Messi perdió un cara a cara con Courtois (sigue sin superarlo) en lo último importante de un juego menos que discreto.
Gonzalo Higuaín marcó una vez, más tarde remeció el travesaño, y resultó suficiente para la quinta alegría albiceleste, sinónimo de avance al penúltimo escalón.
Óscar Dorado es corresponsal en Bolivia de Fox Sports.






