A pedir de boca. Todo le salió bien, gracias a un prolijo desenvolvimiento. Estupendo cierre de la fase inicial.
Superó holgadamente al dueño de casa. Ganó el grupo. No sufrió ningún tanto. Volvió a emplear la pelota quieta como pocos. Mostró en Samara circuitos de juego bastante más hilvanados que frente a Egipto y Arabia Saudita. Y, por si hacía falta, reencontró a Edinson Cavani con la identidad del gol.
Al margen, movió alguna ficha sin resentir el andamiaje. Sebastián Coates sustituyó al lesionado José María Giménez y no se notó. A su juego lo llamaron.
Uruguay —por historia, tradición y linaje— crece en la medida en que el desafío es mayor. Y se presumía que Rusia podía complicarle la existencia. Nada de eso sucedió. El anfitrión volvió a ser el equipo colmado de baches que tantas dudas propició en la previa al Campeonato Mundial.
Y las cosas se encaminaron pronto. Luis Suárez apuntó un servicio de tiro libre al palo de Igor Akinfeev y el arquero falló ostensiblemente. Menos de un cuarto de hora después Denis Cheryshev desvió un disparo de Diego Laxalt para el dos a cero.
Si los de Cherchesov eran la estampa viva de la desorientación y el agobio (porque, además, el rival controlaba el partido a placer) la expulsión de Igor Smolnikov los liquidó.
En ese lapso pudo observarse la más alta producción de la celeste en lo que va del torneo. El ritmo, pausa y visión tuvieron en Lucas Torreira al estandarte de un cuidadoso entramado que no solo prevaleció en función de calidad, sino también de superioridad numérica porque Rodrigo Bentancur, Nahitan Nández y Matías Vecino mandaron al punto de desencadenar que el mediocampo ruso desapareciera y ni siquiera el forzoso retroceso contribuyó a cubrir huecos de invitación constante al asedio charrúa.
Es cierto, asimismo, que el local reservó intencionadamente a un hombre importante (Alexander Golovin) de cara a lo venidero. Procuró evitar una segunda amonestación que lo hubiera excluido de octavos, pero ese aspecto no justifica que el exclusivo expediente ofensivo se particularizara en la habilitación aérea a Artem Dzyuba, gigante de tanta voluntad como tosquedad en su trajinar.
El segundo periodo no dio lugar a modificaciones sustanciales. Siempre suscitó la impresión de que la ampliación de la diferencia era bastante más probable que el descuento. Ello se terminó confirmando en la adyacencia al término. Córner, frentazo de Godín, rechazo del portero y certera aparición de Cavani.
Anteriormente Rodríguez lo intentó dos veces y De Arrascaeta casi convierte un gol olímpico. Muslera solo debió esforzarse de veras en una arremetida de Smolov.
Uruguay bajó la persiana de la serie transfiriendo no solamente eficiencia —de por sí un atributo sumamente apreciado y hasta envidiable— sino que agregó, enhorabuena, lucimiento y dejó en claro que dispone de armas implacables.
Al Maestro Tabárez no se le escapan, además, los detalles. Ni los propios ni los ajenos. Es evidente que la ejecución en la cancha va acorde a una planificación metódica, escrupulosa y, al mismo tiempo, simple. Saca el jugo a la riqueza perteneciente y coagula los pertrechos del contrincante. Acredita en la práctica el enorme valor y la experiencia de cuatro Copas, póker destinado a una pretensión tan legítima como el extraordinario recuento numérico que trasladará a Sochi. Su alícuota en esta impecable campaña merece un reconocimiento de respeto, enaltecimiento y, fundamentalmente, de grandísimo beneficio.






