En el fútbol la distancia entre padecimiento y disfrute es mínima y a veces también difusa. De ahí que la descripción nace de lo emocional. De ese estado de ánimo que ubica a Argentina entre los clasificados cuando a solo cuatro minutos del epílogo era un equipo eliminado. Y eliminado no a raíz de virtudes nigerianas, sino debido a propios —y ya conocidos— defectos.
Para ahondar el concepto es ineludible subrayar que en medio de su drama jamás arrió las banderas. Creyó posible la hazaña, buscó y rebuscó hasta materializarla. A fuerza de tesón y terquedad, aunque también resultaría injusto no destacar el formidable gesto técnico de Marcos Rojo al empalmar la bola decisoria. Un zaguero transmutado en centrodelantero que torció la angustia en algarabía.
Hubo una Argentina durante la fracción inicial y otra en el segundo episodio.
La primera despuntó la recuperación reclamada —debía sepultar el desastre ante Croacia— además de desbaratar la interna inflamada de bochinches farandulescos. Bajo la batuta de Ever Banega el planeta observó su mejor expresión en lo que va del campeonato. No por nada el volante del Sevilla, antes del cuarto de hora, asistió largo, alto y cruzado a Lionel Messi, cuyo control y definición, usando los dos perfiles, alojó en San Petersburgo un resplandor de indiscutible calidad y fantasía de potrero.
La albiceleste ganaba en la cancha y goleaba, delirante, desde las colmadas tribunas.
Era una estructura dotada de movilidad y posesión, aunque carente de brillo. Erraba en la precisión de los pases, pero disfrazaba el déficit apoyada en auxilios permanentes, como los de Pérez, Otamendi o Tagliafico. Y si no estiró merecidamente la cuenta —Messi, a balón detenido— el motivo rasguñó la punta de los dedos de Uzoho y uno de los verticales.
Inexplicablemente (aspecto ineludible en el desempeño de los distintos equipos que Sampaoli ha configurado) el inicio del complemento modificó todo lo pasado. De un lanzamiento de esquina absolutamente evitable afloró una infracción, impensada, de Mascherano y Moses cambió el penal por gol.
Ahí reaparecieron al galope confusiones y bloqueos, sobre todo mentales, ya advertidos en Moscú y Nizhny Nóvgorod. Prevaleció la desesperación. Los ingresos de Pavón y Meza contribuyeron poco y nada. Agüero no alcanzó a intervenir. A la inversa, Nigeria (hasta ese pasaje de endeble producción ofensiva) progresó y alimentó a fuerza de empuje y ánimo un afán que Odion Ighalo pudo resolver. Franco Armani se lo negó y evitó algo parecido a una tragedia.
Higuaín elevó desde inmejorable ubicación y seguramente crispó todavía más los nervios, pero existía un trecho breve de tiempo para imaginar el milagro. Inclusive el VAR dio pie a la perplejidad extendida a través de segundos interminables, luego de un presunto penal que los africanos demandaron en masa y que el turco Cakir desestimó como correspondía. Acaso la voluntad era otro argumento, porque a esas alturas, al trasluz de lo observado, ya no importaba el orden. La única misión involucraba frenesí como ingrediente imprescindible: recuperar la pelota, ir al frente, así fuera a ojos cerrados, lo que condicionaba a repetir la experiencia en cuantas ocasiones resultara posible. Y cuando la sensación del fracaso asomaba inflexible, el desborde y centro de Mercado permitieron a Rojo un derechazo tan fulminante cuanto glorioso.
El pasaje a octavos, obtenido aledaño al último de los alientos, se celebró cual si constituyera un título y no una clasificación. Razones sobraban. Buda sostuvo que “el dolor es inevitable y el sufrimiento opcional”. En ese péndulo filosofal transitó esta Argentina, capaz de nutrirse ahora —atención Francia— del parapeto que el suplicio le consagró, además del oxígeno implícito en un triunfo muy superior en categoría a lo estrictamente indispensable.






