Seguramente aún no alcanzó el volumen de fútbol que es capaz de acopiar, pero ganó invicto el grupo, lo que en esta Copa del Mundo no es poco.
Brasil aún está esperando a Neymar en su interpretación estelar. El “10” no es parejo en su despliegue —aparece, desaparece, pero jamás deja de pedir la pelota— y da la impresión de no estar recuperado del todo tras la lesión que estimuló un apresurado proceso de recuperación, pero a la hora de pensar y crear surge Philippe Coutinho, que juega y hace jugar.
Nunca se sabrá —permítase el paréntesis— cuánto pudo influir en la tranquilidad de la canarinha la certeza de no medirse en octavos con Alemania, que emergía como posible adversaria. No es que México ahuyente una preocupación, pero otra cosa, quiérase o no, era verse las caras con el campeón mundial, aquel, además, que hace cuatro años lo cacheteó a domicilio…
Treinta y cinco minutos demoró en Moscú romper la barrera de dos líneas de cuatro que interpuso Serbia, noble pero limitada. Los de Tite, casi siempre manejando el balón, congregaron hombres de mitad de cancha hacia arriba y no se cansaron de tocar, apelando al desmarque constante, factor imprescindible ante la reducción de espacios.
La paciencia constituye una de las virtudes de este elenco brasileño. La tranquilidad y confianza también.
Philippe Coutinho concibió una asistencia fantástica y Paulinho se la punteó por encima al arquero Stojkovic. Así dejó de existir el cero.
Si de recopilar capacidades se trata, la riqueza individual del “penta” está más que clara. Marcelo dejó la cancha, lesionado, lo sustituyó Filipe Luis y al margen de unos grados de menor desborde la incidencia lindó lo mínimo. Tampoco, por si acaso, gravitó en el terreno espiritual, que suele afectar a cuadros que pierden a un referente.
Brasil no termina de impresionar, pero su tarea involucra solvencia y eficacia. A estas alturas del torneo —aunque parezca una asignatura pendiente la grandiosidad— no representa tarea sencilla hallar un simil. Bélgica e Inglaterra se le aproximan.
Lo señalado tiene que ver, asimismo, con la solidez que exhibe cuando le toca recobrar el control. Casemiro facilita ostensiblemente el trabajo de sus compañeros defensores y, cuando es necesario, Miranda y Thiago Silva no saben de complicaciones si la situación no da para evadirla pulcramente. Simplemente, despejan.
Apenas si un rato la ambición de los serbios aproximó el empate. Duró 10 minutos en los que Mitrovic y Milenkovic o Spajic pudieron dañar, pero fallaron o bien el arquero Alisson reveló seguridad.
Luego, Thiago Silva estiró el marcador al capitalizar por arriba un córner que sirvió Neymar. Otro rubro (el de las jugadas preparadas) que uno de los mayores candidatos no desdeña. Sí. Al talento encadena disciplina, rigor.
Sucede que la exigencia a este conjunto generalmente rebasa la frontera de la nota aprobatoria y asciende la valla para intimar con los contornos de recital, que en la actualidad encarna un escenario infrecuente. Definitivamente excepcional.
Individualidades, mecánica de acción y rendimiento se han puesto de manifiesto. No goleó, es verdad, pero tampoco atravesó instancias de zozobra, salvo algún susto pasajero. Es un andamiaje pragmático, que puede agradar más o menos. Su consistencia luce diáfana. Y deja entrever que surca hacia la ascendencia, sin altibajos sustanciales. Es un juicio, por supuesto, que deberá ratificar el lunes, en Samara.





