Hasta los 25 minutos del primer tiempo supo de algunas dificultades. Más que próximas a su arco, las vivió en el entramado que dispuso el rival como táctica de juego. De ahí en adelante forjó una superioridad traducida no solo en el marcador, sino en la consistencia colectiva y derivado destello de varias de sus figuras.
Brasil sorteó los octavos de final dejando en claro los motivos que avalan su condición de verdadero candidato.
Es Neymar (que en Samara sí se apropió del reclamado rol protagónico), pero también cabe realzar el brillante trabajo —fiel escudero— de Willian, presto a la recuperación, a encarar pleno de convicción y a tomar el papel de Philippe Coutinho, menos gravitante ayer que a lo largo del periodo de grupos.
México entendió que debía presionar en pasto contrario y la decisión de Juan Carlos Osorio se aplicó correctamente. De entrada. Como frente a Alemania.
Con personalidad y audacia, pero fundamentalmente apoyada en la dinámica de Lozano, Vela y Guardado, además de la función distractiva de Hernández. En ese trecho inicial Márquez logró que Casemiro no recobrara como acostumbra y, por otra parte, Álvarez se pegó a Neymar.
Los de camiseta verde inclinaron el inicio de sus acciones en el perfil zurdo y Fagner, el lateral de Brasil, sintió en ese pasaje no solo el acoso, sino la tarea recargada, producto de la presencia de más de un oponente a frenar. El fútbol, se sabe, es de momentos y el cuadro azteca no encontró la manera de usufructuar el suyo. Ejemplo: Herrera dispuso de una excelente oportunidad de remate al arco, demoró una fracción de segundo y dejó ir algo irrepetible.
La canarinha sin posesión de la pelota y carente de proyección en las bandas cede lucidez, aunque no aptitud. Ahí el conjunto realza compromiso, homogeneidad, concentración y permite, cuando la ocasión es propicia, el despliegue artístico de sus individualidades. En ese contexto Neymar obligó a la primera gran atajada de Ochoa. Coutinho elevó en otra aproximación y el arquero conjuró un envío de Gabriel Jesús.
Constituían notificaciones de lo que sería el cotejo tras el descanso. México pagó el rigor del desgaste físico, no marcó tan rigurosamente, libró zonas, sus relevos permitieron desacoples y la consecuencia no demoró en hacerse patente, pese a que Guillermo Ochoa —a esas alturas figura innegable— se lo impidió a Philippe Coutinho, no así a Neymar, que la dejó de taco a Willian y en la boca del arco encontró la devolución perfecta.
La ventaja potenció el andamiaje de Tite. Enfrente hubo modificaciones de poca efectividad práctica porque Hirving Lozano continuó marcando particular diferencia en cada uno de sus arrestos, pero sin socios determinantes. He ahí el quid de la cuestión. Se alaba a los astros brasileños y no sin razón, pero después de variadas y sonadas decepciones (ya no sirve ni interesa retroceder en las respectivas alusiones) resulta más que indispensable privilegiar el valor de la escuadra, que genera, como consecuencia de su cohesión, el fulgor unitario. No al revés.
Brasil muestra que sabe lo que pretende. Podrá costarle más o menos, pero difícilmente extravía la línea. Fluyen naturales y trabajadas sus rotaciones.
Aplica pausas y velocidades distintas. No es que se juegue para Neymar, se juega en pro de la comunidad verdeamarelha y ésta, durante ese tráfico, posibilita que Neymar y los demás tributen, relacionados, lo mucho que saben.
El uno a cero quedaba corto. Roberto Firmino, recién ingresado, otorgó un cariz más justo al desenlace.
Tres cuartas porciones del trámite pertenecieron al victorioso y si no hubo goleada el razonamiento debe remitirse al comportamiento (y los reflejos) del portero del Standard de Lieja belga. Hay elencos dotados de una fisonomía de media cancha hacia arriba y exhiben otra en sentido inverso. Brasil manifiesta solo una. Y es sensata, fiable, pero no exilia jamás la ráfaga fascinante —orgásmica— del jogo bonito.






