La selección de Inglaterra es semifinalista después de casi 30 años. Su joven equipo la ha devuelto a la historia con base en una filosofía de maniobra que Gareth Southgate consiguió transmitir y que no se modifica, al margen de uno que otro detalle, sea cual sea el oponente.
Ayer, en el estadio de Samara, supo esperar el momento para aplicar las estocadas necesarias. Y cuando necesitó de Jordan Pickford (el arquero es, definitivamente, uno de los mejores de la Copa) la respuesta, nada menos que en tres ocasiones, se colmó de reflejos y solvencia.
Suecia, de su parte, exhibió poco en función de avanzar. Es cierto que esporádicamente creó oportunidades, pero su exclusivo libreto —el del centro a la pesca de algún rédito en el juego aéreo— pecó de repetitivo y descartó sorpresa e improvisación.
Entre el orden británico y la frialdad escandinava se armó un partido sin sensaciones de alto vuelo. Mezquino en lo vibrante. Muy de raigambre europea.
Hubo, eso sí, una tónica: cuando el vencedor dispuso de la pelota supo manejarla con mayor criterio, fundamentalmente en el toque a ras de piso, disponiendo de desmarcación constante y exhibiendo, una vez más, a Jordan Henderson como el abastecedor nato. Mente lúcida, precisión en las asistencias y correcta interpretación del juego son los atributos del volante, que, además, hace fácil lo que otros complican. Virtud no menor, desde luego.
Dio la impresión de que los dirigidos por Janne Andersson basaron todo en la solidez táctica. Llegaron y se despidieron de Rusia con un 4-4-2 inalterable.
Quisieron imponer un andar de fortaleza (el que, por caso, sirvió frente a México), pero se toparon con un adversario inconmovible en ese rubro, habituado a soportar andanadas de la naturaleza señalada, paciente en función de hallar el momento preciso para dañar.
Y ese instante bordeó la media hora. Nuevamente el balón detenido dio lugar al gol. Ashley Young sirvió desde la esquina, Harry Maguire se elevó y superó al golero Robin Olsen.
La diferencia gestó mayor serenidad para continuar aplicando la estrategia prevista. Representó, cómo no, un sólido aval en pro de no abandonar el respeto a lo estudiado, así el goleador Harry Kane debiera conformarse con un rol de segundo orden, situación que establece a las claras la prioridad: mecánica colectiva, despliegue grupal normado a partir de la prolijidad, no sin ritmo, pero desechando apuros innecesarios.
Tras el intermedio, Suecia se aproximó verdaderamente al empate. Y si no lo alcanzó se debió exclusivamente al meta del Everton. Inicialmente conjuró un frentazo de Marcus Berg. Más tarde evitó que Viktor Claesson lo superara y remató la faena ante otro intento de Berg, en circunstancias que el marcador ya se había estirado gracias a un cabezazo de Dele Alli, de mejor rendimiento que en anteriores presentaciones. Comenzó a ser lo que de él se espera.
Transcurrió el encuentro a través de largos trechos como un soliloquio solo estorbado levemente en razón de las ansias suecas (el deseo, obviamente, no termina de ser un arma categórica) de dislocar un rumbo inexorable.
Este plantel de “Los Tres Leones” no solamente desperdiga obediencia a sus bases fundacionales. Debe ser uno de los más inteligentes del certamen. Logra que la conjunción global se consolide sin grandes aspavientos y, paralelamente, permite determinados destellos individuales, elemento siempre rentable. Otro signo puntual se personifica en Kieran Trippier.
Por si fuera poco consagra a un digno sucesor de leyendas como Gordon Banks, David Seaman y Peter Shilton. Como expresan los manuales: un buen cuadro se sustenta desde el pórtico. Y eso no lo cambia el paso del tiempo.






