Recordar el pasado si éste fue bueno está bien. Es acurrucarse en tiempos mejores. Además, es la manera justa de reconocer el mérito de quienes fueron los artífices y de evitar echarlos al olvido. No es vivir del pasado, sino rememorarlo y quizás hallar algún beneficio mayor.
Eso ocurre con la selección boliviana de 1993: se cumplen 25 años de su clasificación al Mundial de Estados Unidos del año siguiente. Fue histórico por haber sido la primera vez —y hasta ahora única— que Bolivia llegó a jugar ese máximo torneo del fútbol por mérito propio.
Difícil encontrar un año como aquél. Por encima de todo había un país unido arropando a su equipo, todos juntos, sin excepción, gozando por las victorias o sufriendo por las derrotas. Sin diferencias de ningún tipo.
Pero claro que costó. No fue así desde el comienzo. No es que la Verde empezó a ganar por arte de magia y listo. En realidad, de entrada hubo momentos difíciles y algunos muy complicados. Como en todo, existía descontento.
Ahí nació la gran lección. Hubo la capacidad para aguantar las tempestades y a la vez seguir trabajando. Creer en lo que se hacía, no rendirse ni bajar los brazos, a la larga tuvo su recompensa. Esa porfía fue capaz de hacer, con el tiempo, que todos se pusieran a jalar el coche para el mismo lado.
No volvió a ocurrir. La pregunta de rigor es por qué si fue tan bueno no se prolongó ni sirvió siquiera como base para lo que iba a venir después.Jamás hubo respuesta. Por tanto, así como hay que celebrar lo ocurrido hace 25 años, hay que lamentar lo que no se hizo en todo ese tiempo, que es demasiado.
Es algo que los que están ahora deben ponerse a pensar. Ya no es momento de buscar culpables, sino de aprender de una vez aquella lección: se puede ir para adelante con planificación, orden, trabajo y mirando al frente, hacia el objetivo final.






