Los dardos del mundo están dirigidos hoy al River-Boca que debió ser una fiesta del fútbol y, de pronto, se convirtió en una pesadilla “por culpa de unos cuantos inadaptados” que lanzaron piedras y botellas contra el bus boquense cuando se dirigía al estadio. Fue ese solo hecho el que ocasionó tremendo lío y que una final nada menos que de Copa Libertadores de América esté ahora en el limbo.
Inadaptados, sin embargo, resultaron no solo aquellos que más bien fueron unos vándalos con sus piedrazos y botellazos, sino todos —organizadores, autoridades, encargados de la seguridad, etcétera— los que no supieron adaptarse a las condiciones y circunstancias de tremendo espectáculo y dejaron pasar la oportunidad de demostrarle al mundo que esta inédita final podía resolverse en el marco estrictamente deportivo.
Lo ocurrido el sábado en Buenos Aires deja una enseñanza que hay que tomarla en cuenta para sí. Hoy en día podemos jactarnos de alguna manera de que los clásicos en Bolivia se viven en paz más allá de algunos incidentes menores, o si pasan a mayores son muy aislados.
Pero no se puede perder de vista una realidad: en todas partes hay vándalos, en nuestro fútbol también. No vaya a creerse que entre las barras de los equipos todos son santos. No solo ellos, hay muchos que no están ahí pero que desde afuera también demuestran su intolerancia hacia el rival, cada vez más marcada por sus pasiones enfermizas por una camiseta y sus odios hacia la contraria.
No hay que descuidarse, menos creer que todo está controlado. Hay que estar atentos porque el vandalismo por lo general no avisa, sino que de pronto salta y, por tanto, hay que estar capacitados para todo, no vaya a ser que ocurra lo peor y solo se le quiera echar la culpa a “unos cuantos inadaptados” que tiraron la primera piedra.






