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Una sombra inquietante -y cada vez más abarcativa- se cierne sobre el periodismo deportivo: las notas pagas, los periodistas en nómina, no de un medio sino de clubes, representantes, empresas. Es cada vez más común. Temas impuestos por exclusiva mediatización, surgen de la nada y se expanden en las redes sociales creando tendencia, agigantando figuras, […]

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Jorge Barraza, columnista de La Razón

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Por Jorge Barraza
Buenos Aires / octubre 3, 2022
en Marcas

Una sombra inquietante -y cada vez más abarcativa- se cierne sobre el periodismo deportivo: las notas pagas, los periodistas en nómina, no de un medio sino de clubes, representantes, empresas. Es cada vez más común. Temas impuestos por exclusiva mediatización, surgen de la nada y se expanden en las redes sociales creando tendencia, agigantando figuras, creando opinión. Y logran su objetivo, generalmente económico: colocar un jugador en otro club en una fortuna, renovar un contrato al alza, convalidar contratos de televisación, lograr millones de seguidores en Instagram o Twitter, algo que monetiza muy bien, firmar como modelo para una empresa de indumentaria u otro rubro. En los medios españoles es tan común que roza la desvergüenza. Hay redacciones completas en nómina de agentes externos. Se montan verdaderas campañas en favor de un jugador que vale un millón y terminan vendiéndolo en cuarenta. Por lo general, campañas fogoneadas por los empresarios de futbolistas e incluso por los dirigentes de los clubes en busca de algún interés.
“Munich alucina con Coutinho”, tituló un diario catalán en 2019, cuando el brasileño estaba a préstamo en el Bayern. Obviamente, nadie alucina con Coutinho. Sucede que el FC Barcelona, en uno de sus acostumbrados fichajes ruinosos (o raros), se lo había quitado a la brava al Liverpool, pagando 170 millones de euros con los bonus incluidos. Un precio inflado hasta lo indecente, que quizás nadie hubiera arriesgado ni por Pelé, Maradona o Messi. Pero el Barsa se ufanó de conseguir una superestrella (nunca lo fue). Cou resultó un fiasco en Cataluña, irritaba al público en el Camp Nou y la directiva que lo contrató quedaba demasiado expuesta con tan bajo nivel del jugador. Le pidieron a su manejador que tratara de ubicarlo en algún lado a como diera lugar. Le consiguieron el Bayern, dos años a préstamo y que se hiciera cargo de su elevadísimo salario. Además, una opción de compra por 120 millones. Entonces había que hacer ruido y decir que en Alemania la gente ni comía por ver a Coutinho. Pero el Bayern no picó y lo devolvió. Lo ofrecieron a media humanidad. Finalmente, el brasileño pasó al Aston Villa por 20 millones, una octava parte de lo que habían erogado. Lo compraron como una Ferrari y lo vendieron como un Fiat 600. Y volvió a Inglaterra por la mano que le dio Steven Gerrard, su excompañero en Liverpool. Gerrard es el técnico del “Vila”. Como suele suceder con Cou, se volvió a dar en él el efecto gaseosa, subió como espuma en los primeros cinco partidos y luego bajó a límites que obligaron al mismo Gerrard a mandarlo al banco. Coutinho estaba bien en Liverpool y ahora es un alma errante, pero aseguró completamente el futuro de tres generaciones con un contrato de ocho cifras. La maquinaria de prensa funcionó.
Previo a su segurísimo pase al Real Madrid, Kylian Mbappé era para los medios madridistas virtualmente una mezcla de Pelé con Zidane y Batistuta. Y un hijo y atleta ejemplar. Eran varias notas diarias alabando sus virtudes futbolísticas y personales. Pero ocurrió lo inesperado, lo insólito: dejó al Madrid con el ramo de flores esperando en la esquina y siguió en los brazos del Paris Saint Germain. Renovó por tres años con los dueños cataríes. A partir de allí pasó a ser mala palabra en la capital española y alrededores. Ahora, la prensa afín sólo se remite a su estratosférico ego, al contrato casi obsceno que le hicieron, a su posible romance con una modelo transexual, sus tiradas de las mechas con Neymar y otras linduras. Ya no es el muchacho humilde, el batichico que iba a firmar por el Madrid. Ahora es Judas. Hay que defenderle la piel a Florentino Pérez, a quien le fracasó la contratación.
Cuando Cristiano Ronaldo se hace arrumacos con el gol “es el mejor deportista de la historia” según cierta prensa amiga, entonces se exaltan sus bondades en el campo, cuando está torcido (o en franca declinación) como desde que salió del Madrid, sigue apareciendo en la misma proporción en cartelera, aunque por frivolidades: porque estrenó su yate nuevo, por su colección de autos de lujo, sus vacaciones con la bella y pulposa Georgina o su mansión de 30 habitaciones. No se habla de fútbol, pero sí de Cristiano, que tiene detrás a Gestifute, la empresa de Jorge Mendes, con una docena de expertos en marketing, comunicaciones y redes sociales.
“El goleador, cuando se viene viejo, tiene que decidir entre precisión o rapidez, las dos cosas juntas no puede ser, es lo que le pasa a Cristiano”, escribió Diego Torres en El País, de Madrid. En Portugal, desacostumbrados a cualquier crítica hacia Ronaldo, por leve que fuera, cayó como una ofensa nacional.
James Rodríguez, también de la escudería Mendes, es posiblemente el futbolista -o quizás deportista- con más popularidad y mayores ingresos del mundo en función de lo que devuelve en el rectángulo, con la pelota. Tiene períodos de larguísima inactividad -seis meses, cinco meses-, casi no juega, no obstante, está más activo que nadie en los medios. Tiene de dos a tres noticias diarias, sea por cambio de look, porque siempre está a punto de pasar a otros clubes -en general rumores falsos-, por un encuentro con otro famoso… Ya pasó los 50 millones de seguidores en redes (Pelé tiene 10 millones). Y le pisa los talones a Mohamed Salah (52,9), Sergio Ramos (53,4), Zlatan Ibrahimovic (55,8), Karim Benzema (58,2). Tener 50 millones de adherentes monetiza en alto grado. Una foto suya con una cerveza de tal marca en la mano puede reportarle cientos de miles de dólares. No hay dudas, se trata de una construcción, una elaboración de imagen a base de ametrallar con noticias. No importa si no juega. En cambio, sus reiteradas lesiones son un misterio. Nadie del clan Mendes, ni el propio James, develan cuál es la dolencia, por qué se rompe cada vez que juega un partido. En ese caso, silencio stampa.
Para todas estas operaciones se necesitan periodistas “allegados”, «del palo», que lancen una noticia y luego se amplifique. “Aquí en Ecuador hay un canal que es dueño de los derechos de TV de la liga y otro que tiene la exclusividad de la selección. A veces hay partidos horrendos del torneo local, pero se los comenta como si fueran mejores que los de la Premier League. Y para los que transmiten los juegos de la selección, esta es una mezcla de Brasil del ’70 y el Barcelona de Guardiola”. El testimonio es de Ricardo Vasconcellos, editor de Deportes de El Universo.
Hay cientos de ejemplos más. El periodismo patrocinado lesiona el rigor en la crítica, lo anestesia, desvía la atención, inventa, crea fenómenos que no son. Y se expande progresivamente. Es insano e irrespeta al público, aunque a parte del público le agrada ese run run. Lo compra gustoso.

en tendencia: CoutinhoCristiano Ronaldo

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