En una selva remota y todavía preservada de la Amazonía brasileña, una expedición científica lleva días catalongando la biodiversidad y buscando nuevas especies. El tiempo apremia.
«El ritmo de devastación es mayor que el ritmo de conocimiento», dice Francisco Farroñay, del Instituto de Investigaciones de la Amazonia de Brasil (Inpa) antes de hacer una incisión en la corteza de un enorme árbol y oler su interior.
Los temores de este joven botánico peruano se fundan en dos realidades encontradas: mientras la mayor selva del planeta está siendo asolada a marcha forzada por la deforestación e incendios provocados para el agronegocio, minería y tráfico ilegal de madera, su infinita biodiversidad sigue siendo un gran misterio para la ciencia.
«Es una lucha contra el tiempo», sostiene.
Para llegar a este paraje al sur del estado de Amazonas, considerado el más conservado de los nueve de la Amazonía Legal, se puede tomar una avioneta desde Manaos, sobrevolar cientos de kilómetros de manto verde con serpenteantes ríos hasta Manicoré, un municipio de casi 50.000 km2, y recorrer en lancha durante cinco horas las aguas negras del río homónimo, entre exuberantes selvas inundadas, los igapós.
Aquí recaló a principios de junio una expedición, organizada por Greenpeace, con una quincena de científicos como Farroñais para inventariar la fauna y la flora y secundar una vieja demanda de las comunidades tradicionales que viven a orillas del río: constituirse en Región de Desarrollo Sostenible (RDS), una categoría de unidad de conservación que sirva para cohibir los crecientes crímenes ambientales en su entorno.
Durante varias semanas, especialistas en mamíferos, aves, anfibios, reptiles y peces se adentraron en la selva para colectar muestras de plantas y detallar el comportamiento de animales, para lo cual instalaron cámaras y micrófonos.
(13/07/2022)







