Las turbulencias políticas se extienden y la democracia parece debilitarse en todo el mundo. Ahora es el turno del proceso electoral estadounidense que está enfrentando un tortuoso conteo de resultados, una sociedad polarizada y una actitud sorprendente de cuestionamiento de su transparencia y probidad por el propio Presidente de esa nación.
Quizás es un dato de la época, pero no deja de sorprender la frecuencia e intensidad de crisis políticas, debilitamiento de las prácticas de convivencia y disfuncionamientos institucionales en casi todas las democracias del mundo, incluyendo las más antiguas y supuestamente más estables.
Resulta que, a cuatro días de la realización de los comicios presidenciales en Estados Unidos, la primera potencia económica y militar del globo, persisten las controversias sobre su resultado definitivo y se perfilan agudas polarizaciones entre los dos grandes grupos políticos en competencia e incluso posibles querellas judiciales que podrían complicar su pronta resolución.
Es también sorprendente la actitud del presidente en funciones, Donald Trump, y candidato a su reelección que desde la misma noche de la elección empezó a sembrar dudas sobre la transparencia del proceso y a sugerir irregularidades sin una base de pruebas sólidas. La situación llegó a ser tan insólita que algunos prestigiosos medios de comunicación optaron por no transmitir el jueves una de sus declaraciones públicas debido a la utilización de imprecisiones y datos falsos que podían confundir a la opinión pública.
Más estructuralmente, este proceso se ha visto afectado por una creciente polarización política y social azuzada por redes sociales y medios electrónicos en los que abundan las teorías complotistas y en las que reinan las estrategias de descalificación del adversario. No ayuda tampoco a ordenar el escenario, un sistema electoral deficiente con normas y circunscripciones discutibles que pueden generar significativas distorsiones en la representación fiel en las instituciones de la distribución real de las opiniones políticas de los electores.
Hay pues una acumulación de problemas de diseño institucional, cambios preocupantes en los comportamientos sociales y una decadencia de las prácticas y cultura democráticas entre la propia dirigencia política que han configurado escenarios complejos que pueden dañar la cohesión social de ese gran país. Son, entonces, importantes lo desafíos de las autoridades que serán finalmente elegidas para ir aliviando esos disfuncionamientos.
La democracia está por lo tanto en problemas, no únicamente en Bolivia, sino a escala global. Habrá pues que ir aprendiendo de estas experiencias, pero igualmente cooperando para que poco a poco se fortalezcan las instituciones y prácticas democráticas. De lo contrario nuestro futuro colectivo será cada vez más inquietante.






