La mayoría de los países vecinos de Bolivia están enfrentando graves problemas políticos y económicos. Son tiempos de inestabilidad, pero también de transformaciones institucionales y una revitalización de la participación ciudadana. El desafió es que todo esto confluya en democracias más fuertes y sociedades menos injustas.
Todo el planeta está viviendo momentos complejos por la conjunción de la pandemia y la crisis económica, pero hay varios países sudamericanos que están además enfrentando situaciones políticas de alta inestabilidad y procesos novedosos de reconfiguración institucional.
En Perú, ha sido posesionado un nuevo presidente, Manuel Merino, el tercero en cuatro años, después de que el Congreso destituyera por “incapacidad moral” a Martín Vizcarra, el mandatario en funciones desde hace poco más de un año. Por lo pronto, hay aún una querella acerca de la validez jurídica de este procedimiento que está dificultando el reconocimiento internacional de este cambio. Mientras tanto, crecen las protestas callejeras y la polarización, todo esto en medio de unas crisis sanitaria y económica particularmente intensas.
Chile está iniciando un proceso que debería concluir en la aprobación de una nueva Constitución, en un contexto de gran desafección ciudadana con la clase política, fuerte cuestionamiento a su modelo económico neoliberal que fue considerado un ejemplo global, un presidente con una aprobación que no supera el 15% y una fuerte crisis de confianza que abarca a todas las élites tradicionales, Iglesia, empresarios y fuerzas del orden. La estable y previsible democracia pactada chilena está siendo obligada a encarar una gran transformación institucional mediante una notable movilización de los ciudadanos en las urnas y las calles.
Hasta hace muy poco, se teorizaba sobre el fin del ciclo progresista y el inicio de un nuevo momento conservador en la región, pero las cosas no han pasado de esa manera. Los sucesos del último año han ratificado más bien el agotamiento de todas las fuerzas que predominaron durante la época de la bonanza, sean estas de izquierda o de derecha, indicio de que el malestar no es solo con una determinada ideología sino con una manera transversal de hacer política y con un modelo socioeconómico percibido como excluyente por muchos.
Así pues, estamos en América del Sur en medio de grandes reclamos por una mejor política, por un recambio en las dirigencias y por una acción estatal que debe resolver los problemas concretos de la gente. Es también un tiempo de incertidumbre, en el que muchas cosas pueden pasar en poco tiempo y en el que algunas fuerzas políticas pueden perecer o renacer sorprendentemente en la medida que sepan leer y responder a este nuevo mundo. Hay pues una oportunidad para la renovación, si hacemos las cosas bien, pero también para caer en el desorden y retroceso.






