Independientemente de las convicciones religiosas, o la ausencia de éstas, deben ser muy pocas las personas que logran abstraerse del influjo de la Navidad, probablemente la fiesta más importante del cristianismo, pues representa el nacimiento de la esperanza y con ella de numerosos valores cuya importancia para todos debe estar fuera de duda, incluso si son despreciados por algunos.
En efecto, pasado el frenesí de la Nochebuena, devenida desde hace muchos años en una especie de “fiesta del regalo”, inevitablemente asociada al consumismo y momento en el que más ostensible se hace la desigualdad, acrecentada por un año terrible en el que la pandemia y la cuarentena obligada por ésta arrojó a miles de personas a la pobreza, amén de un gobierno transitorio que también tuvo su cuota de daño, llega el momento de la reflexión.
Hasta donde se sabe, la Navidad comenzó a celebrarse entre el tercero y quinto siglos de nuestra era, asociada a ritos antiguos de la epifanía, que hoy se recuerda en el Día de Reyes, el 6 de enero. El origen de la tradición de armar el nacimiento es de 1223, cuando San Francisco de Asís comenzó a popularizar entre los laicos una costumbre que hasta ese momento era del clero, haciéndola extra-litúrgica y popular. El árbol navideño fue empleado por primera vez en 1605, en Estrasburgo, e introducido en Francia e Inglaterra recién en 1840. Finalmente, la costumbre de brindar obsequios tiene que ver con el hecho de que en Navidad el verdadero regalo es el nacimiento del que las y los cristianos reconocen como el Salvador.
La elección de la fecha es fuente de controversia, pues no hay estudio teológico serio que afirme que el nacimiento de Jesús haya ocurrido un 25 de diciembre. En cambio, sí hay evidencia de numerosas profecías, escritas hasta un milenio antes del nacimiento del Salvador y contenidas en el Antiguo Testamento, que hacen referencia al lugar y la circunstancia de su alumbramiento e incluso al modo en que sería sacrificado, siglos antes de que el Imperio Romano estableciese la crucifixión como pena capital.
Pero lo importante no son los datos o la controversia sobre la festividad y sus manifestaciones, sino el doble significado que tiene para los creyentes: por una parte, el inicio de la redención con el nacimiento del Salvador, pues celebrar la Navidad es solemnizar el proceso inicial de salvación, consumado luego en la Pascua. Por la otra, significa acoger al Señor que quiere nacer en el corazón de los humanos. Así, la Navidad es un acontecimiento divino y humano, que será siempre actual mientras haya hombres y mujeres en la Tierra.
Es, pues, tiempo de abrir las mentes y, sobre todo, los corazones para dar y recibir amor, comprensión y tolerancia, pero no solo durante un par de días en que se hacen votos de dicha y prosperidad, sino a lo largo de todo el año, pues los valores cristianos, que en días como éste se exaltan, son universales y permanentes.






