Según el Observatorio Global de Bosques, Bolivia ocupó en 2019 el tercer lugar en la deshonrosa lista de los países que más rápido deforestan sus bosques tropicales. Si bien la tasa boliviana de deforestación es muy inferior a la de Brasil o Congo, los dos primeros en la lista, sigue siendo preocupante la velocidad con que la desaparición de bosques ocurre en el territorio nacional.
El alarmante dato se ilustra con lo revelado por el Director Ejecutivo de la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra (ABT) a LA RAZÓN días atrás, cuando afirmó que solo en 2020 se registraron 3,4 millones de hectáreas (ha) incendiadas y que entre 2015 y 2020 se ha deforestado 1,44 millones de ha. Según el ejecutivo, 42% de ese total fue desmonte legal y el restante 58%, ilegal.
Un reportaje de la Agencia France Presse (AFP) también publicado en este diario días atrás señala que la enorme pérdida de superficies boscosas se debe principalmente a la agricultura, pero también a incendios causados por las olas de calor extremo y las sequías; síntomas evidentes, estos últimos, del calentamiento global. Entre los datos más preocupantes señala la quema de al menos un tercio del Pantanal compartido entre Bolivia y Brasil.
La deforestación trae aparejada consigo la pérdida de biodiversidad (y se sabe que los bosques tropicales albergan hasta el 90% de las especies del planeta) y, sobre todo, del hábitat de numerosos pueblos indígenas, condenándolos a una lenta y dolorosa desaparición, como sucede particularmente en Brasil. La principal causa en el ámbito global se encuentra en la voracidad de los países ricos.
Allí donde en países como Bolivia empresarios de todo tamaño invierten en el incremento de la producción de soya o de carne vacuna, que demandan la incesante expansión de la frontera agrícola, hay un exigente mercado global de países que consumen más y más productos cuya producción en sus territorios sería considerada insostenible. El negocio parece deseable en términos financieros, pues ayuda a transformar en dinero los ubérrimos recursos naturales de muchos territorios del sur global, pero el costo es, irónicamente, la pérdida de esa fertilidad y diversidad y de gran parte de la vida a su alrededor.
El sueño decimonónico del progreso infinito ha producido el demonio de un presente que pone en cuestión la viabilidad de la humanidad a mediano y largo plazos, y por lo general la distribución de culpas cae en el lado equivocado: no son los países necesitados de recursos, o los campesinos pobres necesitados de tierras para cultivar quienes amenazan las selvas y bosques, sino el voraz agronegocio, que rara vez es nombrado. Está llegando un tiempo en el que inevitablemente habrá que preguntarse en nombre de qué o de quiénes se está quemando y eliminando la superficie boscosa del país, y con ello hipotecando la vida de las futuras generaciones.






