Días atrás, el Director General Ejecutivo del Instituto Nacional de Estadística (INE) anunció que dadas las condiciones actuales y los muchos trabajos preparatorios, que demandan hasta “tres años y medio”, el Censo Nacional de Población y Vivienda que debía realizarse en 2022 tendría que ser postergado hasta 2024. El Ministerio de Planificación del Desarrollo tuvo que desmentirlo.
No hace falta ser un gran estadista para comprender la importancia estratégica de cualquier censo de población; se practica de un modo u otro en todas las culturas desde hace milenios, de ahí que, por ejemplo, aparezca nombrado en la historia del nacimiento de Jesucristo. Historias aparte, en Bolivia un decreto ley promulgado durante la dictadura de Hugo Banzer, en 1976, instruye que el censo se realice cada 10 años; una ley de 2000 instruye realizar este empadronamiento de la población cada año terminado en cero (aunque desde el censo de 1992 es imposible cumplir simultáneamente las dos normas señaladas) para reasignar escaños parlamentarios; finalmente, la Constitución Política del Estado señala que es competencia exclusiva del Gobierno Nacional.
El censo de 2012 se realizó con más de un año de retraso, pese a que un decreto supremo de 2008 declaró el ejercicio como “prioridad nacional”, lo cual podría significar que el Director del INE tiene la razón, a pesar de que sus superiores han tratado de minimizar el impacto de la declaración asegurando que se trata únicamente de una “sugerencia”. No se conoce, sin embargo, ninguna otra “sugerencia” de fecha para el conteo de habitantes.
Lo que sí se conoce es la incomodidad que ha causado el anuncio, siendo el primero en reaccionar el vociferante gobernador electo de Santa Cruz, quien salió nuevamente por sus fueros amenazando y dando al Gobierno “un año” para realizar el nuevo censo; en El Alto, la alcaldesa electa también se ha pronunciado. El motivo de éstas y otras declaraciones está en el hecho de que, como se señala antes, la distribución de recursos (comenzando por el IDH y la coparticipación tributaria) y de escaños en la Asamblea Legislativa depende de los resultados de este conteo de habitantes.
Es posible que la máxima autoridad ejecutiva del INE haya pecado de excesivo candor, así como es perfectamente plausible que el trámite haya sufrido considerable retraso luego de casi un año de nula gestión de éste y otros asuntos estratégicos por parte del gobierno transitorio, sin embargo también es muy posible que pueda señalarse negligencia desde mucho antes de los sucesos de noviembre de 2019.
El Censo de Población y Vivienda es una necesidad imperiosa, así como lo es el pacto fiscal y otros trámites redistributivos basados en los resultados de aquél, que sin duda causarán una nueva temporada de conflictividad social y política en el país, pero también habilitarán el escenario para iniciar un nuevo ciclo político, ojalá que con autonomías.






