El alcalde paceño Iván Arias posteó en su cuenta de X: “Me siento herido, lastimado y decepcionado. Vándalos que odian la ciudad de La Paz, dañaron el ornato público que nos cuesta a todos los paceños. Es inadmisible que personas actúen contra nuestras plazas, parques y espacios que son de todos. ¡Denuncio y rechazo estos actos!”. Se refería a la intervención de Mujeres Creando al monumento de Isabel La Católica en la ciudad de La Paz, en la plaza del mismo nombre.
Al alcalde hay que responderle lo decepcionados que estamos los paceños del monumento a la mala gestión que son las ciclovías, que ocupan más de 50 cuadras, que se hicieron sin proyecto y que le han costado al erario público 5 millones de bolivianos y que hoy, puesto que la población rechaza la ubicación de la obra, están paralizadas. Arias simplemente dejó tiradas las cosas, sin ninguna responsabilidad por lo que esto significa. ¿Quizá “odia” a la ciudad?
La discusión es igual cada que hay intervenciones —normalmente feministas— a los monumentos. ¿Es vandalismo? Esta es una pregunta en debate en el mundo entero. Antes de responderla habría que preguntarse, ¿para qué sirve un monumento? Pues bien, es claro que estos sirven para simbolizar, representar a la sociedad y sus valores; los monumentos se dedican a los personajes cuyas acciones y pensamiento representan y ejemplarizan. Entonces, ¿qué pasa cuando esos referentes se transforman? ¿Deben cambiar los monumentos?
Isabel La Católica fue la reina española que apoyó a Cristóbal Colón en su travesía en busca de las Indias y, en lugar de ellas, se encontró con lo que los europeos bautizarían como América. El monumento a la reina Isabel es la representación de la colonización; su edificación no es inocente y tiene el propósito definido.
Desde hace más de una década, Bolivia se ha propuesto la descolonización como uno de sus principios constitucionales, siguiendo las recomendaciones de Organización de Naciones Unidas. La reacción de algunos frente a ello ha sido decir: “no se puede desconocer el pasado colonial y querer volver al incario”, o “por qué usufructúan del conocimiento de occidente si quieren descolonizarse”. Es decir, insensateces.
Lo que la descolonización se propone es rebatir ciertos paradigmas culturales instalados, como, por ejemplo, que los conocimientos que tenían los colonizadores sobre minería eran superiores a los indígenas potosinos. Es un proceso de recuperación de la autoestima nacional. ¿Por qué tiene que ser tan difícil de llevar a cabo?
Hablar del genocidio al que se sometió a los indígenas a partir de 1492; nombrar la pérdida de vidas humanas y de culturas enteras que causó la colonización, sigue siendo un tabú. Algunos bolivianos se enojan más que Felipe y Letizia cuando se dice lo que, por otra parte, es una conclusión histórica irrebatible (amén de nuestra perspectiva nacional de lo sucedido). ¿Por qué? Porque afecta ciertas pretensiones que les dan seguridad social y les permiten adoptar una identidad “mejor”.
Es evidente que la Colonia derivó en un sincretismo cultural que nos constituye, pero es cuando menos curioso que se rechace tan sistemática y dogmáticamente la otra parte de ese sincretismo, el aporte indígena, el sufrimiento indígena, las pérdidas indígenas.
Sentirse orgulloso de la raíz indígena pasa por cuestionar los paradigmas culturales que la rechazan, la doblegan o sencillamente que la invisibilizan. Lo que hicieron y hacen Mujeres Creando es poner en debate esto (y otros temas también) a través de sus acciones, entre ellas la magnífica intervención al monumento de marras.
Algunos consideran que deberían conservarse las pintas o los objetos que se colocan o quitan a los monumentos como mecanismos de explicación de determinados momentos históricos. Esta vez Mujeres Creando han optado por una intervención que no dejará rastro, a fin de minimizar la crítica “pragmática” de los conservadores. Si no hay “daño” permanente, ¿entonces por qué los aspavientos son tan pronunciados?
Hace 20 años entramos en un proceso de emancipación colectiva que produjo el mayor proceso de inclusión política indígena de la historia. ¿Cómo puede resultar extraño, entonces, que se cuestione los símbolos de la Colonia? Lo extraño es más bien que se cuestionen tan poco. Hoy que la sociedad boliviana se siente oprimida por la degradación de la política, este tipo de acciones políticas resultan un bálsamo que nos devuelven a las discusiones importantes. ¿Qué tipo de sociedad queremos? ¿La colonizada, machista, racista? ¿O la descolonizada, antipatriarcal y antiracista? Son las preguntas que el “vandalismo” de las “Galindos” nos plantea. Quizá para Arias u otros parecidos a él sea muy complicado de entender. O quizás, peor, estos lo comprendan a la perfección, pero defiendan una sociedad inmóvil, que privilegia a unos y excluye a muchos.
Susana Bejarano Auad es politóloga y periodista.







