Hace un par de semanas se llevó a cabo una marcha protagonizada por los adherentes al exmandatario Evo Morales. Esa marcha, a diferencia de similares acontecidas el año pasado, no generó mucha repercusión en la agenda mediática y política, como esperaban sus promotores. No cabe duda, las marchas hacia a la sede de Gobierno se convirtieron en una táctica política recurrente usada como recurso de poder por parte de los evistas, pero, al no lograr sus objetivos explícitos y, sobre todo, implícitos, se fueron desgastando con el tiempo.
Comparativamente con las marchas protagonizadas el año 2024, la realizada en el curso del presente mes tiene su propia peculiaridad, que se asienta en dos aspectos: fue corta y sin la presencia física de Evo Morales. Desde la localidad de Patacamaya, a 100 kilómetros de la ciudad de La Paz, arrancó esta marcha denominada la “Marcha por la Vida” (evocando quizás aquella marcha minera de 1985 para evitar la relocalización y la implementación del modelo neoliberal). La marcha empezó el viernes 10 y llegó el lunes 13 de enero a su destino final. A diferencia de las dos marchas del año pasado, la marcha de 2025 tuvo un trecho más estrecho.
Esta corta marcha se explica porque tenía que arribar a la ciudad de La Paz en tres días. O sea: un día antes de la fecha fijada para las medidas cautelares por una acusación del delito de trata de personas con agravantes contra el expresidente Morales.
Esta marcha enarbolaba una solución a la falta de dólares, del combustible y la liberación de los detenidos tras los bloqueos de 24 días del año pasado, pero tenía otro propósito, quizás el más importante: frenar los procesos judiciales contra el exmandatario.
Obviamente, esta marcha fue calificada como “pataleo de ahogado” por muchos opositores a Morales, era para evitar que él comparezca frente al juez a cargo de este caso judicial. Ese día, el martes 14, el juez suspendió la audiencia para tres días después, el viernes 24, jornada a la que el acusado tampoco asistió a la audiencia; sus abogados urdieron que “estaba enfermo” y era “de la tercera edad”. Estos argumentos no convencieron al juez, que declaró al expresidente “en rebeldía” y ordenó su aprehensión.
Como se dijo, en esta marcha estuvo ausente Morales. Era previsible por el temor a que las fuerzas policiales ejecuten la orden de aprehensión. Desde el año pasado, cuando este caso judicial estalló, el exmandatario se atrincheró y fue “protegido” por sus bases en el Trópico cochabambino. Como ocurrió en las dos anteriores marchas, la de enero de 2025 tampoco tuvo su efecto político esperado por los evistas.
Entonces, ese recurso de poder, las marchas hacia la sede de gobierno, se fueron desgastando inexorablemente para convertirse en marchas simbólicas; su efecto discursivo de interpelación es baja y solamente es un indicador inequívoco que la capacidad de movilización de sus organizadores o, quizás al peor, la capacidad de liderazgo de Evo Morales se está extendiendo, inclusive, a sus propias bases sociales.
(Dicho sea, al pasar los festejos del Estado Plurinacional encontró al MAS escindido, solo sirvió para que sus dos alas —evistas y arcistas/choquehuanquistas— de alguna manera intentaron empoderarse de esta fecha festiva, pero, lógicamente, se notó que esa jornada dejó un sabor nostálgico: el Estado Plurinacional, paulatinamente, pierde su sentido simbólico. No debemos olvidar, este horizonte estatal se gestó desde las mismas entrañas de los pueblos indígenas/campesinos, quizás su desgaste de sentido obedece, entre otras cosas, a las trifulcas internas en el MAS).
*Es sociólogo






