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Cipayos

El término viene del persa ‘sepahi’, que significa soldado, pero su uso se volvió despectivo con el tiempo

La inocencia nunca nos vale
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Por Julio Peñaloza Bretel
CONTRAGOLPE
/ enero 10, 2026
en Columnistas, Opinión

Cipayo “es un soldado nativo de la India que servía a potencias coloniales europeas (británicas, francesas, portuguesas) y se usa despectivamente para referirse a un secuaz a sueldo o a alguien que sirve a intereses extranjeros en detrimento de los de su propio país. La palabra viene del persa «sepāhī», que significa soldado. Sentido histórico: Soldado colonial indio reclutado por la Compañía Británica de las Indias Orientales o potencias rivales en los siglos XVIII y XIX/…/ Colaboracionista: Se aplica a una persona que sirve a los intereses de un poder extranjero o de un régimen, traicionando a su propia gente o nación. Uso en Latinoamérica: Común para criticar a líderes o grupos que se perciben como sirvientes de potencias extranjeras, especialmente EE.UU. En resumen, un cipayo es tanto un soldado indio colonial como, metafóricamente, un traidor a los intereses de su propia nación por servir a extranjeros.” (Síntesis registrada en la IA)

Lo invitamos a leer también: Fiestón en la Península de Yucatán

Cuando a un dirigente del fútbol le preguntaron alguna vez por qué no decía con nombre y apellido quién era el adversario al que estaba aludiendo en una declaración, este contestó en clave rioplatense: “Porque no hago crecer giles.” Pues bien, cada vez que me forzaron a defenderme contra los cipayos que se la pasaron expectorando sus frustraciones en estas dos últimas décadas, a diferencia del mencionado dirigente deportivo, he demolido con nombres y apellidos, uno a uno, a enemigos de la Bolivia popular, diversa y plurinacional que se han metido de mala manera conmigo, desde mentir hasta fotografiarme con objetivos de persecución acosando incluso a mi familia (19 de noviembre de 2019, Brújula digital y Página Siete), sobre todo a aquellos que se autonombran periodistas y son apenas operadores de versiones con las que, por ejemplo, navegan en la falacia de que en el país no hubo un golpe de Estado en noviembre de 2019.

Ahora que uno de esos operadores se exhibe afín al oficialismo como lo fue al gobierno de Áñez, podría tacharselo de paraestatal como el hizo con periodistas que tuvimos identificación con el proceso político encabezado por Evo Morales, pero por razones de actualización, corresponde decir con todas las pruebas de obsecuencia y sumisión que ofrece con sus procedimientos informativos, que se trata de un cipayo en tiempos en que el poder planetario, por lo menos buena parte de él, ha sido capturado por un depredador de viril chequera y hoy declarado propietario del hemisferio occidental, luego de ejecutar el secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, a través de un operativo-bombardeo contra Caracas.

Fiel a su estilo, todo indica que descontrolado de impotencia, RaPU ha decidido perseguir nuevamente a un periodista (y politólogo) a quien tiene en la mira por resentimiento. Los antecedentes se encuentran en “Las hilachas de Peñaranda” (José Luis Exeni, Animal Político de La Razón, 28 de septiembre de 2024) y “Evidencia remota”

(Exeni, Erbol, 19 de mayo de 2014). Por si esto no fuera suficiente, el periodista acosado fue presidente de la Corte Nacional Electoral (2008 – 2009), cargo al que RaPU no podrá acceder, luego de que su nombre fuera descartado de la lista de postulantes a vocales en la última recomposición del OEP.

Dice PU que como Exeni trabaja en una fundación alemana, no tiene derecho a ejercer su libertad de expresión para criticar y calificar al gobierno, y seguramente menos a tacharlo de cipayo. Si nos atenemos rigurosamente a la evolución histórica del cipayismo en América Latina, de lo que no puede haber duda es que operadores como PU se enlistaron en dicho ejército desde el día en que entablaron relaciones directas e indirectas con la estadounidense National Endowment for Democracy (NED) que dice financiar a organizaciones democráticas globales, pero que en realidad dedica sus desvelos a tareas de desestabilización de gobiernos no alineados a los intereses imperiales, digamos, según su enfoque reaccionario, gobiernos revoltosos y populistas que les cierran las puertas a la injerencia y al saqueo histórico de los recursos naturales de nuestra América del Sur.

Sobre la trayectoria de PU, comisario persecutor de José Luis Exeni, se puede leer mi texto “¿Control remoto o persecución de un operador paraestatal?” publicado primero en La Razón (ver Hemeroteca 15 de agosto de 2021) y luego en mi libro “Democracia interrumpida, crisis de Estado y gobierno de facto en Bolivia” (dos ediciones, 2022 y 2023). Para ilustrar este trabajo, figura una infografía, producto de una investigación del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG) a cargo de Silvina Romano, Tamara Lajtman, Anibal García y Arantxa Tirado, en la que el nombre de PU aparece en el centro formando parte de nexos y conexiones de agencias gubernamentales, fundaciones, medios de comunicación, redes sociodigitales y políticos con sintonía en Washington, que responden a directrices bajo bandera de barras y estrellas rojo, blanco y azul.

(*) Julio Peñaloza Bretel es periodista

en tendencia: columnistasOpinión

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