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La lírica del deseo y el trono de la ‘Bichota’: una reflexión sobre el hedonismo empoderado

Si la sociología de la vida cotidiana nos ha enseñado algo, es que no hay mejor termómetro de las pulsiones sociales que aquello que tarareamos mientras esperamos el autobús o lo que retumba en las paredes de una discoteca a las tres de la mañana. Hoy, ese termómetro marca una temperatura inequívoca: el ascenso de […]

El poder del voto corporativo en Bolivia
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Por Ricardo Paz Ballivián
SOCIOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA
La Paz / enero 11, 2026
en Columnistas, Opinión

Si la sociología de la vida cotidiana nos ha enseñado algo, es que no hay mejor termómetro de las pulsiones sociales que aquello que tarareamos mientras esperamos el autobús o lo que retumba en las paredes de una discoteca a las tres de la mañana. Hoy, ese termómetro marca una temperatura inequívoca: el ascenso de un matriarcado urbano que ha redibujado los mapas del deseo, el poder y el consumo.

En el centro de este fenómeno, figuras como Karol G y Cazzu no son solo estrellas de pop; son arquitectas de una nueva subjetividad femenina. A través de sus letras, observamos una transición fascinante: la mujer ha dejado de ser el objeto contemplado en la narrativa del género urbano para convertirse en el sujeto que narra, que elige y, sobre todo, que disfruta.

Tradicionalmente, el reguetón y el trap fueron espacios de una masculinidad exacerbada, donde la mujer aparecía como un trofeo o una musa pasiva. Sin embargo, la irrupción de la ‘Bichota’ —ese neologismo que Karol G elevó a categoría sociológica— representa un quiebre. Ser una Bichota no es solo tener éxito económico; es reclamar la soberanía sobre el propio cuerpo y las propias penas.

Cuando Karol G canta sobre la superación del desamor, no lo hace desde el victimismo melancólico, sino desde la reafirmación del yo. Hay una suerte de “justicia poética” en capitalizar la ruptura para convertirla en un himno de autonomía. Por su parte, Cazzu, con su estética gótica y su “nena trampa”, subvierte el canon de la feminidad dulce. Su propuesta es más cruda, más intelectualizada en su rebeldía, recordándonos que el empoderamiento también habita en la oscuridad y en la apropiación de géneros históricamente hostiles como el trap.

No podemos ignorar que esta música flota en un caldo de cultivo profundamente hedonista. Vivimos en la era de la gratificación instantánea, donde el placer —visual, auditivo, sexual— se ha convertido en el valor supremo. Pero aquí hay un matiz sociológico clave: para estas artistas, el hedonismo no es una evasión vacía, sino una reivindicación del derecho al goce.

“El reguetón incomoda porque propone una mujer desinhibida que controla sus decisiones y su sexualidad”, ha señalado la propia Cazzu.

En una sociedad que históricamente ha vigilado y castigado el placer femenino, perrear “sola” o celebrar la sexualidad sin pedir permiso es un acto político. Es un hedonismo que dice: “Mi placer no te pertenece, no es para tu consumo, es para mi propia satisfacción”. Es la democratización del disfrute.

Por supuesto, como observadores de la realidad, debemos preguntarnos: ¿Es este empoderamiento real o es simplemente un producto diseñado por la industria para encajar en el zeitgeist feminista? La respuesta, probablemente, se encuentre en un punto intermedio.

Es innegable que estas narrativas alimentan un sistema de consumo masivo, pero también es cierto que ofrecen a las nuevas generaciones de mujeres un guion de vida distinto. Uno donde la vulnerabilidad se muestra sin vergüenza (“mañana será bonito”) pero donde la última palabra siempre la tiene una misma.

Al final del día, Karol G y Cazzu nos muestran que la cultura popular contemporánea es un espejo de nuestras tensiones: un mundo que busca desesperadamente el placer, pero que también lucha por redefinir quién tiene el derecho a liderar esa búsqueda. El trono ya no está vacío, y quienes se sientan en él no están esperando que nadie las rescate.

Esta soberanía se consolida mediante una estética visual que funciona como un manifiesto de propiedad: en sus videoclips, el despliegue de lujo, moda disruptiva y corporalidades diversas no busca la validación de la mirada masculina externa, sino la construcción de un universo propio donde ellas son las dueñas de la cámara. Al coreografiar su propia imagen, estas artistas transforman el consumo visual en un acto de autoría, demostrando que en la era de la hipervisibilidad, el verdadero poder no reside solo en ser vista, sino en decidir cómo, cuándo y bajo qué términos se proyecta la propia identidad, cerrando así el círculo de un hedonismo que es, ante todo, una declaración de independencia.

Ricardo Paz Ballivián es sociólogo

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