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Gobernar la Luna

Cuando mencionamos “gobernar la Luna” muchas veces nos viramos en las noches para nuestro astro vecino —cuasi cual Adán, de “costilla” nuestra— y no importa cual sea la que veamos: la Nueva (el Novilunio), la Creciente, la Llena (o Plenilunio) o la Menguante, y, a veces, nos pensamos viviendo y hasta gobernados allá, arriba, como […]

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Por José Rafael Vilar
LO QUE PIENSO
La Paz / mayo 10, 2026
en Opinión>Columnistas

Cuando mencionamos “gobernar la Luna” muchas veces nos viramos en las noches para nuestro astro vecino —cuasi cual Adán, de “costilla” nuestra— y no importa cual sea la que veamos: la Nueva (el Novilunio), la Creciente, la Llena (o Plenilunio) o la Menguante, y, a veces, nos pensamos viviendo y hasta gobernados allá, arriba, como Sanchos en la Barataria, en “terrenal apoteosis en circunstancias tan graciosas y ridículas como extraordinarias” (Avalle Arce) y “lugar de la fantasía utópica y de la geografía mítica” (Hernández de la Fuente).

Ya Luciano de Samosata en el siglo II dC dentro de un torbellino nos llevó en Historia verdadera a las batallas del rey de la Luna (dando con ello testimonio de su selénico gobierno) y el rey del Sol por colonizar la Estrella de la Mañana (la que llamamos Venus) para continuar el viajero, como Jonás, engullido en la panza de una ballena; pero como entonces también había primeras con segundas, Luciano volvió luego al tema de las visitas lunares con Icaromenipo.

Otra narración de visitantes fue la del príncipe Astolfo en el Orlando furioso (1516) de Ludovico Ariosto, o la de Duracotus y su madre Fiolxhilda gracias a un conjuro mágico que el astrónomo y matemático Johannes Kepler narró en El Sueño o Astronomía de la Luna (1634); también contó ese viaje el clérigo y filósofo inglés John Wilkins en El descubrimiento de un nuevo mundo (1638) y la “visitó” Domingo González ese mismo año, describiendo su forma de vida de la mano del obispo Francis Godwin en su El hombre en la Luna o discurso de un viaje allí por Domingo González, el raudo mensajero, o poco después (1657) Cyrano de Bergerac nos escribiría su propia visita en su Historia cómica de los estados e imperios de la luna de Cyrano de Bergerac, narraciones “verídicas y ejemplares de viajes a la luna y sus realidades” que continuarían con Los viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift o los del Barón Münchhausen descritos —cual falaz pero entusiasta biógrafo— por Rudolf Erich Raspe en Las sorprendentes aventuras del barón Munchausen (1785) hasta llegar —largo viaje por medio— a nuestra conocida De la Tierra a la Luna (1863) de Jules Verne, a Los primeros hombres en la luna (1901) por H. G. Wells y a muchos otros más contemporáneos…

Sé que usted, mi buen amigo (o amiga) lector se preguntará ¿para qué tanta ciencia ficción y tanta Luna? Le hablaré de una luna refranera: la Luna de Valencia, una ciudad con casi 2.200 años de historia, fue famosa por sus murallas apuertadas que se abrían cuando amanecía y cerraban con el ocaso, dejando fuera hasta el amanecer siguiente a todo aquel que —distraído, despreocupado… imprevisor— no se espabilara en llegar a tiempo.

Ése es nuestro peligro: Estar embebido en (no con) la Luna de Valencia y no llegar a tiempo. Este sábado se deberá realizar (yo escribo el viernes) un gran junte de cientos de invitados por el Gobierno en Cochabamba para discutir qué requiere el país. Buena medida la de oír a muchos (hoy lo decía en una entrevista) pero ¿por qué ahora y no hace tres, cuatro meses? (el Gobierno Paz tiene seis). Y ¿por qué algunos reclamamos desde noviembre un gran encuentro nacional de Paz con los principales líderes políticos democráticos del país: Quiroga, Doria Mediana, Reyes Villa, del que saldría gobernabilidad asegurada y consenso parlamentario, además de tranquilidad y prevención de los conflictos que ahora están saliendo.

Mirar la Luna de Valencia es también dejar pasar, intentar hacer algo y no prevenir —peor en la debilidad: no consensuar antes ni explicar después y antes también— los conflictos: Los recules del Decreto Supremo 5503 y de la Ley 1720 bastan por sí solos —entre otros— de ejemplos fehacientes. Porque no es una vez la que sucedió lo de avanzar (aunque sea mesuradamente) y recular ante presiones: Esas son las peores muestras de debilidad y de anunciar —a quien quiera hacerlo— que presionando fácil se puede tirar la estantería.

La Transición fue muy débil porque no fue elegida directamente y los contrarios (el principal el MAS, pero tuvo muchos otros, no masistas, desde la otra orilla) pudieron socavar su gobernabilidad e imagen a diestra y siniestra la gestión, aprovechando además sus propios y significativos fallos. Ése aún no es el caso de Paz pero…

…¿Cuándo se darán cuenta?

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