Dice en esta edición del suplemento Animal Político el gran Boaventura de Sousa Santos que “ha muerto el líder político democrático más carismático de las últimas décadas”, en relación a Hugo Chávez, hasta el martes presidente de la República Bolivariana de Venezuela.
“Cuando esto ocurre en democracia, el carisma crea una relación política entre gobernantes y gobernados particularmente movilizadora, porque junta a la legitimidad democrática una identidad de pertenencia y unos objetivos compartidos que van mucho más allá de la representación política”, reflexiona el sociólogo.
Sí, la principal fortaleza del líder venezolano fue ésa, con la que llegó a empatar con la ciudadanía de su país, que votó cuatro veces seguidas por él, y un sinnúmero de actos electorales a su favor, más allá de las políticas públicas ejecutadas en 13 años de gobierno, también bien recibidas y revolucionarias.
En Bolivia, sin ser líder local, Chávez fue aplaudido y odiado a la vez, aunque, tras su muerte, hubo un reconocimiento de que él fue un gran líder, que dejó huella en la integración regional que impulsó.
Claro, sus detractores, aquí y allá, no le bajan de autoritario e incluso de dictador, como pasa también con Evo Morales y sus opositores. “Chávez contribuyó decisivamente a consolidar la democracia en el imaginario social. La consolidó donde es más difícil de ser traicionada, en el corazón de las clases populares. Y donde también la traición es más peligrosa”, escribe de Sousa Santos.
Si eso hay que reconocerle al extinto líder, con razón su cuerpo inerte no termina de convocar a millones de venezolanos, y extranjeros, que lloran su partida y piden no traicionar su legado. Mientras, los otros miran absortos cómo un hombre tan controvertido puede lograr semejante reacción popular a pesar de muerto. Claro, la movilización es tan grande como las que propició de candidato o Presidente. Es que sólo la muerte pudo vencerlo.
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