Con una celeridad-eficiencia digna de grandes causas, algunos medios y, en especial, las redes sociales difundieron varios mensajes acusatorios contra el recién nombrado Papa, el argentino Jorge Mario Bergoglio. Una campaña en forma. Los misiles virtuales no se ocuparon tanto de las continuidades papales encarnadas en Francisco (conservador, hombre, blanco, viejo, eurocéntrico), ni menos de sus destacables innovaciones (latinoamericano, sencillo, jesuita). Las acusaciones venían de la historia.
¿Cuál fue la relación de Bergoglio —y de la Iglesia oficial argentina— con la dictadura de ese país en los terribles años 70? O mejor: ¿cuál fue su actitud/desempeño ante las detenciones, las desapariciones, la tortura? ¿Hubo participación, complicidad, silencio?
Pronto los categóricos mensajes dieron la sentencia: el nuevo Pontífice, en ese entonces provincial en Buenos Aires, “colaboró con la dictadura”. Incluso circularon dos fotos de “Bergoglio” con el dictador Videla (en realidad los curas de las imágenes eran Derisi y Pío Laghi).
Así, el enfrentamiento/debate que en su momento hubo en Argentina se hizo global. Pero sin antecedentes, sin grises. Y echa sombra sobre el nuevo líder católico. Tanto que el vocero del Vaticano tuvo que intervenir para rechazar las “acusaciones infundadas” procedentes de la “izquierda anticlerical”.
Entre tanto ruido, la palabra más conciliadora —a beneficio de agravantes— fue la de otro argentino, el Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel. “No considero que Jorge Bergoglio haya sido cómplice de la dictadura, pero creo que le faltó coraje para acompañar nuestra lucha por los derechos humanos en los momentos más difíciles”, dijo. Eso puede significar muchas cosas.
Y es que el nuevo Papa puede no haber sido cómplice directo de las atrocidades de la dictadura y sus 30 mil desaparecidos (entre ellos 150 sacerdotes asesinados). Puede no haber entregado, delatado o desprotegido, como se denuncia, a dos de los suyos. ¿Pero tuvo el coraje de defenderlos? ¿Optó acaso por callar, desviar la vista, conciliar con “los que comulgaban de día y asesinaban de noche”?
Ahí está Jorge Mario. Es tiempo de Francisco.






