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Los amores de Chávez

Nancy Colmenares, Herma Marksman y Marisabel Rodríguez fueron las mujeres amadas del líder bolivariano. Conocerlas ayuda a entender mejor a un hombre apartado de todas para sumergirse de lleno en la vida pública.

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Por Rafael Archondo
/ marzo 24, 2013
en Animal Político

Hugo Chávez contrajo nupcias a sus 23 años. Era novel subteniente del ejército y por entonces sólo pensaba en movilizar tanques o saltar al vacío aferrado a un paracaídas. 

Nancy.

Le decían la Negra, como se apoda a muchas mujeres en nuestro continente. Nancy Colmenares trabajaba como maestra de primaria, pero cuando se casó con Chávez decidió invertir su tiempo en la crianza de los tres hijos del joven matrimonio. La democracia venezolana ya tenía dos décadas de estabilidad ejemplar, mientras que el resto de América Latina se debatía entre acciones guerrilleras y golpes de Estado.

Se sabe poco de la Negra. Ni siquiera ahora que su primer marido descansa en el panteón patrio, sus hijas Rosa Virginia y María Gabriela son celebridades en el país y su yerno es Vicepresidente de la República, se le ha escuchado decir algo.  

Nancy estuvo ahí para preservar el nido familiar, y quizás por eso de-sistió de ejercer rol político alguno.  Nunca ha hablado ni a favor ni en contra de su llorado cónyuge, al que frecuentaba cada vez menos a medida que éste se comprometía con la política activa.

Herma.

Siete años después de su primera boda, el futuro Comandante conoció a Herma Marksman, divorciada, graduada en Historia y ardientemente interesada en las acciones conspirativas del ya fundado Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR). Herma es una de las escasas mujeres comprometidas con los trajines golpistas. Ayudada por sus conocimientos académicos, se encarga de archivar la documentación del grupo y anuda nexos con sectores civiles de izquierda, atraídos por la posibilidad de empujar una toma violenta del poder. A Herma todos la conocen como Anabela, Ligia, Pedro Luis o Comandante Pedro. Es quien más desconcierta a los servicios de inteligencia del Gobierno.

Se enamoran. Ella sabe que el hombre que abraza durante las pausas de reuniones y viajes, está casado. Él administra el dilema de contar con una familia numerosa, pero distante, mientras disfruta de aquella militante disciplinada que comparte sus ideas y las transforma en acción. Por momentos, Chávez se plantea el divorcio, pero al imaginarlo, siente el vértigo de perder el respeto de sus hijos, a los que ama tanto como a Simón Bolívar, Ezequiel Zamora o Simón Rodríguez, los tres pilares humanos de su ideario. Un día se acerca a Herma para decirle que la ama y que quiere tener, al menos, un hijo con ella. Sería el modo de quedar unidos para siempre. Ambos dudan y posponen la audacia reiteradas veces.

La noche del 3 de febrero de 1992 rueda el plan para derrocar a Carlos Andrés Pérez. El MBR 200 se alista para marcar a fuego la historia de Venezuela. Chávez fuma nervioso mientras revisa una y otra vez las tareas asignadas. Envuelto en la oscuridad, se cuela en la habitación de sus hijos, que duermen sin sospechar que están al filo de ver transformadas sus existencias. Se despide de ellos y de la Negra; ni siquiera sabe si los volverá a ver. Para fortuna suya, el golpe funciona en todas partes menos en aquélla bajo su mando: Caracas. El fiasco le permite salvar su vida. Horas más tarde, Chávez es enviado a prisión junto a otros 60 oficiales alzados en armas contra el orden constitucional. Antes ha podido hablar por la televisión instando a sus camaradas a rendirse. Al ingresar a su celda, un sacerdote se le acerca: “Tranquilo”, lo apacigua, “acá has fracasado, pero afuera ya eres un héroe”. 

Herma lo visita en la cárcel. Se abre paso esforzadamente en medio de una fila interminable de personas que lo quieren tocar hasta comprobar que existe. Se ha asignado un teléfono para los golpistas. Todos hablan con sus familiares, pero él conversa horas con los periodistas. Herma empieza a sentir que lo ha perdido. El hombre que ama ha quedado confiscado por la fama.

Después de un año de pugilato con los aplausos, ella se rinde. La luchadora de base y aquella nueva estrella televisiva dan por concluida su relación de nueve años. Ella abandona la política. Conserva los documentos fundacionales del MBR 200, que se rebautiza como Movimiento Quinta República (MVR).  Alguno que otro curioso la interroga para recuperar detalles de aquellos años de conspiración. A alguno le ha confiado una frase lapidaria: “Él me utilizó”.

Marisabel.

En 1994, dos años después de su arresto, Chávez y sus compañeros dejan atrás la cárcel. Rafael Caldera, el presidente que sucedió al odiado Carlos Andrés Pérez, los acaba de indultar. El líder del MVR sigue siendo el favorito de los periodistas. En medio de la campaña electoral, le presentan a una. Es rubia, de ojos expresivos, ha trabajado haciendo crónica social, reportando la felicidad de las clases acomodadas, ha hecho programas para niños, se mueve bien en la radio y se llama Marisabel Rodríguez. Cuentan los variados biógrafos de Chávez que un día se besaron tras estacionar el vehículo en el que viajaban persiguiendo votos. De esa unión resultaría Rosinés, la hija menor del que ya estaba perfilado como seguro Presidente de Venezuela. 

Marisabel llegó en el momento exacto para escalar al puesto de Primera Dama. Se casó con Chávez en 1997 y ya en 1999 salía de su mano para saludar al pueblo desde el balcón de Miraflores. Bien pertrechada para la política gracias a su pericia como locutora, Marisabel se postuló exitosamente para un curul en la Asamblea Constituyente. Sus ambiciones, su mal carácter y la dedicación ilimitada de su marido a los asuntos públicos parecen haber erosionado aquel amor fogoso. Cuando estalla el golpe de 2002, que saca a Chávez del poder durante 48 horas, ella declara a CNN que su esposo “no ha renunciado, está preso y su vida corre peligro”. Fue el detonante para que miles de caraqueños descendieran de los cerros para restituir a su Presidente. Tras aquel guiño de lealtad, el matrimonio se quiebra. Ella se transforma entonces en una disidente política connotada. Fue candidata fallida de la oposición a un municipio y en 2007 se la vio celebrando la única derrota de Chávez en las urnas, aquélla del referéndum en el que el Primer Mandatario se proponía avanzar hacia el socialismo. Seis años más tarde, ya resignada a quedar como figura secundaria, Marisabel se despidió de Chávez mediante su cuenta de Twitter digitando la siguiente frase: “Ese gran varón que supo perdonar mis defectos”.

Esta revisión relámpago de los amores del Comandante nos invita a pensar en los avatares sentimentales por los que surca cualquier personaje público. La sucesión lógica de la madre a la activista, y de ésta a la primera dama, parece confirmar el lugar posible de la mujer en el reparto del aparato político. Ya sea que eduque lealmente a la descendencia para que ésta acompañe al padre inmortal, o se convierta a momentos en el remanso del guerrero, o en perfumado eco de las ideas del caudillo, a la compañera del sujeto carismático le suele quedar muy poco margen para el caminar autónomo. En este aspecto concreto, Chávez se apartó de ser el Perón del Caribe.

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