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El nuevo papel de Estados Unidos

El peso y el alcance del poder de Washington declinarán en este siglo XXI. A la vez, cabe preguntarse si la Unión Europea puede permitirse el lujo de carecer de defensa en el próximo escenario.

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Por Joschka Fischer
/ junio 9, 2013
en Animal Político

En cierta ocasión, Madeleine Albright, la exsecretaria de Estado de Estados Unidos, calificó a este país de “nación indispensable”. La actual evolución de los acontecimientos en todo el mundo está demostrando que tenía razón, pero la prueba ha sido casi enteramente negativa. Actualmente, la importancia de Estados Unidos ha llegado a ser patente por la falta de dirección de esa nación en una crisis tras otra y que donde resulta más evidente de forma inmediata es en Siria.

En realidad, está formándose un mundo posamericano ante nuestros ojos, caracterizado, en lugar de por un nuevo orden internacional, por la ambigüedad política, la inestabilidad e incluso el caos. Es lamentable, y podría resultar tan peligroso, que incluso antiamericanos intransigentes acaben añorando el pasado siglo americano y el papel de Estados Unidos como fuerza mundial de orden.

Tanto subjetiva como objetivamente, Estados Unidos ya no está dispuesto a desempeñar ese papel o no pueden hacerlo. Ha habido muchas causas: un decenio de guerra en el Oriente Medio, en sentido amplio, con su enorme costo en “sangre y recursos”; la crisis económica y financiera; una deuda pública cuantiosa; una reorientación hacia los problemas internos; y una nueva atención preferente a los asuntos del Pacífico. A todo ello se suma un relativo declinar de Estados Unidos en vista del ascenso de China y del de otros países grandes.

Estoy relativamente seguro de que Estados Unidos gestionará con éxito su reorientación y realineamiento, pero, aun así, el peso y el alcance relativos de su poder declinarán en el nuevo mundo del siglo XXI, mientras aumenta la fuerza de otros, que recuperan terreno. Desde luego, no se pondrá en tela de juicio su papel mundial.

China estará muy ocupada abordando sus contradicciones internas durante mucho tiempo aún. Tampoco es probable que India o Rusia planteen un desafío grave. Y el alboroto de voces contradictorias de Europa parece excluirla de la pretensión de ocupar el lugar de Estados Unidos.

Pero, si bien ninguna de esas potencias representa una sustituta seria del papel mundial de Estados Unidos, este país no podrá seguir actuando unilateralmente, como lo hizo al final de la Guerra Fría, y quedará debilitado en gran medida. Ese cambio ha resultado particularmente evidente en Oriente Medio y en la región de Asia y el Pacífico.

En Oriente Medio, el orden regional creado por las potencias coloniales, Francia y Gran Bretaña, tras la Primera Guerra Mundial, se mantuvo a lo largo de la Guerra Fría y la breve época de dominio unilateral de Estados Unidos que siguió; sin embargo, las convulsiones de los últimos años podrían perfectamente provocar ese final. Se están poniendo en entredicho las fronteras coloniales y resulta difícil pronosticar lo que será de Siria, Líbano, Irak y Jordania. Las posibilidades de desintegración y reconstitución regionales, proceso que podría desencadenar una violencia indecible, son mayores que nunca.

Además, si bien no hay ningún hegemón regional para sustituir a Estados Unidos, hay numerosos aspirantes a desempeñar ese papel, pero ninguno —los más destacados son Irán, Turquía y Arabia Saudí— es lo suficientemente fuerte para decidir los asuntos a su favor. En vista de la falta de una nueva fuerza de orden en la región en un futuro predecible y de la disposición para actuar del antiguo, el peligro de una confrontación violenta y muy larga está aumentando.

Aún cuando Estados Unidos volviera a aplicar la intervención militar en esa región, su poder ya no sería suficiente para imponer su voluntad. De hecho, precisamente porque Estados Unidos, después de más de un decenio de guerra, lo entiende perfectamente es por lo que cualquier gobierno americano se lo pensará dos veces antes de volver a intervenir militarmente en esa región.

La situación parece diferente en Asia, donde la potencia no sólo sigue presente, sino que, además, ha aumentado sus compromisos. En el Asia Oriental y Meridional, todas las potencias nucleares (China, Rusia, India, Pakistán y Corea del Norte) o próximas a pasar a ser potencias nucleares (Japón y Corea del Sur) están enredadas en rivalidades estratégicas peligrosas. A ello se suma la dosis periódica de irracionalidad norcoreana.

Si bien la presencia de Estados Unidos en esa región ha impedido hasta ahora que sus numerosos conflictos y rivalidades se intensifiquen, están multiplicándose las fuentes de incertidumbre. ¿Será China lo bastante prudente para procurar la reconciliación y las colaboraciones con sus vecinos, grandes y pequeños, en lugar de aspirar al dominio regional? ¿Qué será de la península de Corea? ¿Y qué repercusiones tendrá el giro nacionalista de Japón —y su arriesgada política económica— en la región?

¿Podrán India y China frenar el deterioro de las relaciones bilaterales? ¿Se cierne el fracaso estatal sobre Pakistán?
Imagínese esa situación sin la fuerza política y militar de Estados Unidos. La región será mucho más peligrosa. Al mismo tiempo, dados los limitados recursos de la nación del norte, su nuevo papel requerirá una consideración más cuidadosa de los intereses nacionales a la hora de determinar las prioridades. Está claro que la región de Asia y el Pacífico tiene prelación en los cálculos de Washington.

Así, pues, ese nuevo papel americano, más centrado y limitado, plantea la siguiente pregunta a sus socios europeos: ¿Pueden permitirse el lujo de carecer de defensa sin la ayuda de Estados Unidos?

Desde luego, la garantía por parte de Estados Unidos de la seguridad de sus aliados en la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) desaparecerá, pero resultará mucho más difícil de cumplir plenamente. Y, si un mundo posamericano entraña un mayor riesgo de caos y sus consecuencias que esperanza de un nuevo orden estable, riesgo que afecta a Europa en particular, tal vez ésta debería invertir su rumbo, con su clara determinación de desmantelarse.

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