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Mi refugio dominguero

Unas crónicas de  juventud en  que La Paz hace de escenario de una cotidianidad personal. Comidas, lugares, personas confluyen en el recuerdo del autor.

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Por Ramón Rocha Monroy
/ julio 14, 2013
en Animal Político

A mi hermano Enrique le debo las primeras lecciones para conocer los lugares secretos y criollos de La Paz, entre ellos el bar Oruro, que quizá ya no existe, ubicado subiendo las gradas de la Pichincha, donde servían un queso humacha digno de Huyustus o de Makuri, un manjar minuciosamente precolombino hecho con queso cremoso, papa blanca, ají amarillo y un choclo prodigioso. Tendría este servidor 14 años cuando Enrique decidió que ya era maltoncillo y podía coronar este platillo con una cerveza Paceña o, si hacía frío, con un chuflay.

Allí comenzó el tiempo de apreciar las delicias culinarias que esconde La Paz. Durante muchos años mi hermano había sido inquilino crónico, de modo que a veces lo acompañé a un traspatio empedrado con piedras redondas y pequeñas, cuyo acceso era como el de una cueva horadada en el adobe. Había ya una cola de gente y de pronto ingresa un hombre moreno y petiso, serio y enfundado en un traje impecable a primera vista, en fin, tocado con un sombrero que se quitó sin alterar la pulcritud de su cabello peinado a la gomina. Era el dueño de una inmobiliaria, el rey chiquito, el dueño de la suerte de esos atribulados inquilinos que hacían cola para rogarle por una habitación aunque sea sin baño. El hombrecillo accedía o denegaba con gestos y parecía un emperador administrando justicia a su arbitrio.

La imagen no me abandona, como tampoco una que vi desde los altos del hotel Gloria, en una casa colonial colindante. Se veía un patio diminuto y oscuro, un hombre de traje corriendo a la oficina, una mujer madura que lo despedía en bata y con ruleros y una paloma blanca en el fondo del patio, que intentaba un vuelo y caía, un vuelo corto porque le habían encadenado la patita.

Visitar La Paz en cada vacación era un ejercicio de búsqueda de manjares populares que el público profano y pituco no conoce. Recuerdo en particular unas salteñas de la plaza Abaroa, que eran motivo de un sonado concurso con mis primos: quién come sin derramar una sola gota, porque el que derramaba el jugo pagaba la cuenta. Pedir cucharillas era de maricones irredentos. Yo no conocía la técnica y perdía continuamente, pero era un regocijo departir con mis primos paceños en tiempos en que estaba de moda un programa radial que titulaba Hágase odiar. Mi primo Javier era experto en imitar voces y era el encanto de sus padres, el tío Ricardo y la tía Gloria, paceños minuciosos. Éramos el Poly, el Javier, el Juanca, el Nico y la Chiki. El tío Ricardo se esmeraba en hacernos llevadera la vacación de verano con actividades como la de dibujar el Monumento a la Revolución durante una mañana. Le dieron el premio al Nico y me pareció entonces una injusticia, porque había dibujado las escalinatas al revés, de la más amplia a la más angosta, cosa que hoy me hubiera parecido surrealismo puro. Quién diría que éramos tan aficionados a la música, pero sólo el Nico descolló y ahora es el inolvidable Nicolás Suárez Eyzaguirre, cuyo ridículum viditay no necesito repetir porque ustedes lo conocen bien.

En otra ocasión llegué y nos citamos con mis otros primos Monroy, el Chaza y el Papirri, en un bar subterráneo de El Prado. Nos acompañaba un muchacho, hijo del periodiquero del pasaje Jáuregui actual, que venía de una mina de oro y continuamente nos incitaba a pagar nomás, porque él tenía el respaldo, una botellita de penicilina llena de oro en polvo. De pronto el Papirri toma su vaso de cerveza y se lo vacía al minero. El minero estaba a punto de enojarse cuando el Papirri toma otro vaso y se moja entero, de la cabeza abajo. Yo me cago de la risa y el Papirri me echa en la cara un vaso adicional. Entonces, con toda serenidad, pedí cuatro botellas más, agité una y me di a mojar a todos, incluido mi primo Chaza, a quien en todo momento le tuve y le tengo un cariño sin concesiones.

Era una guerra de chisguetes de cerveza que nos dejó empapados. Pedí la cuenta y como sobraba para una botella más, la pedí y la terminamos ídem. Luego salimos a El Prado, echando espuma por la ropa y hacía un sol delicioso porque era la una de la tarde. Cómo seríamos de jóvenes que no sentíamos vergüenza alguna y saludábamos a todo el mundo.

De pronto, como es habitual en La Paz, el cielo se encapotó y cayó una tormenta inesperada. El Papirri se bajó a la cuneta, por donde corría el agua como río, y comenzó a echármela con el pie mientras yo me incliné y lo mojaba con las manos. Al Chaza y al amigo minero los dejamos sopitas, y así nos fuimos hacia la plaza Abaroa, ingresamos a un boliche que funcionaba en la parte alta y no nos movimos más hasta la noche.

Como buen provinciano, yo iba a La Paz con traje y corbata, y tuve que esperar un poco más a que secaran. Al día siguiente, antes de retornar, me zampé un fricasé en la plaza Alexander y bebí cerveza Centenario en botella grande, como casi ya no se encuentra en ninguna parte.

Días felices que me deparó La Paz desde mis seis años. Más tarde, el Chaza fue alcalde de la gran ciudad, el Papirri es un cantor tan querido que los billetes de Alasita llevan su efigie junto a la de Jaime Sáenz, de la Virgen de Copacabana, la Puerta del Sol y el Ekeko, y este servidor extraña la soltura de esos años en los que éramos dueños de nuestro destino y podíamos jugar con cerveza y luego salir a El Prado como si nada.

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