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Los rostros de la infamia

No hablamos de educación. Hablamos todos los días de las urgencias populistas, de las carencias del desarrollo humano, de la pobreza abrumadora. No hablamos de educación porque el Estado no sabe de estrategia, no sabe de democracia, no sabe de desarrollo. Y, sobre todo, porque no sabe de servicio público.

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Por Guillermo Mariaca Iturri
/ junio 15, 2014
en Animal Político

Cuál es el lugar que el magisterio ocupa en la educación boliviana actual? Esta pregunta, que podría parecer estéril por obvia, es, sin embargo, una de las dos preguntas fundamentales cuando se pretende reflexionar sobre el estancamiento nacional en el índice de desarrollo humano. Éste, claro, no es un asunto de números abstractos sino de tragedias concretas: saber que nuestros hijos no vivirán más libres y que nuestros nietos repetirán el círculo vicioso. Saberlo, en serio, con absoluta certeza. Y saberlo porque nuestros maestros han dejado de ser educadores para convertirse en otro grupo más de bloqueadores prebendales; saberlo porque nuestros maestros han renunciado a ser maestros para mutar a sindicato.

La retención, la repetición, la deserción y, muy marcadamente, la calidad educativa siguen demostrando que la desigualdad social permanece. Si no mejoramos las formas de enseñanza y aprendizaje aún incrementando el acceso, el impacto educativo va a mantenerse mediocre; es decir, se mantendrá como la variable fundamental que mantiene la “adicción” a la pobreza.

Aunque la igualdad de oportunidades educativas no asegura el bienestar individual y familiar, la desi- gualdad sí reitera la pobreza y actúa como factor reproductor de ésta, pues daña el mecanismo principal de acceso al bienestar en el largo plazo. Esto ha llevado a afirmar a los economistas de la educación que hay transmisión intergeneracional del capital educativo. Es decir, si la educación hoy fuese generalizadamente buena, nuestros nietos ya no serían pobres. Pero si la educación  es mala, ningún populismo de bonos nos salvará del desastre de caer en   el círculo vicioso de la pobreza.

Una escueta descripción del trabajo del magisterio nos permitirá tener una comprensión de que, además de pertenecer a la élite mejor educada del país (en Bolivia el 50% de la población entre 25 y 59 años no ha superado los cinco años de estudio; el 65% no ha pasado de culminar estudios primarios, y desconocemos el porcentaje, seguramente muy alto, de analfabetismo funcional), también pertenece a la élite en términos de ingreso.

Ingresos. Con la información disponible se confirma que el limitado tiempo trabajado por el magisterio implica una enorme ventaja en su capacidad de generar ingresos adicionales respecto al ingreso promedio de la población ocupada. (Los maestros bolivianos son los que menos horas trabajan comparados con otros maestros en América Latina —28 horas vs. 37 horas semana—; y si la comparación es con el promedio de 50 horas semana del trabajador boliviano urbano, ocupa apenas el 55% de su tiempo en su fuente de trabajo. Liang, 2003). Salarialmente hablando, si un maestro promedio gana 100, el trabajador formal promedio gana 52; sin embargo, cuando esta comparación se la realiza entre los ingresos mensuales del hogar, el magisterio tiene un ingreso de 349 y el trabajador promedio 140. Ese ingreso mensual del hogar del maestro promedio es inclusive superior al mismo ingreso de trabajadores con similares características de formación, es decir, técnicos superiores. Estos últimos tienen un ingreso mensual en el hogar de 284; 65     puntos menos que un maestro.

Además de la ventaja económica que conlleva trabajar pocas horas y pocos días con ingresos altos, el magisterio tiene otras ventajas, ésas sí, vergonzosas para ellos y criminales para el país. Como Bolivia no participa en ningún sistema comparado de medición de la calidad educativa (ni Unesco ni PISA ni nada), el magisterio y el ministerio nos mantienen en una estafa perpetua: intentan que no podamos comprobar cuán patéticamente mala es la calidad de nuestros bachilleres. La formación de los maestros no es universitaria como en el resto del mundo porque se mantiene en el prebendal sistema normalista: una vez que el maestro se gradúa con esa pésima formación endogámica forma parte del servicio público hasta su jubilación 35 años más tarde. No hay concurso abierto con otros profesionales; las escuelas no convocan a todos los profesionales y no contratan a los mejores; sindicato y ministerio asignan cargos hace 60 años con criterios prebendales y electorales. No se evalúa su desempeño ni el maestro es obligado a aprobar cursos universitarios de actualización. No se evalúa la calidad de las escuelas de formación de maestros y se prohíbe a las universidades ofrecer una formación alternativa. El maestro es inamovible constitucionalmente; una vez que entra a formar parte de la planilla de ese tan exclusivo servicio público, con seguridad permanecerá ahí hasta la edad de jubilación a no ser que cometa un crimen mayor, y muchas veces ni así es exonerado. Por consiguiente, la calidad educativa en las escuelas fiscales es mala sencillamente porque magisterio y ministerio han pactado, hace 60 años, mantener al país en la ignominia. En otras palabras, se debe a que el magisterio ha hecho de la infamia una virtud porque es el principal agente de desigualdad social estructural en nuestro país.

Educación. Hoy, en Bolivia, no hablamos de educación. Como si no tuviera nada que ver con ese contradictorio y precario proyecto de país implícito en la Constitución. O como si no tuviera nada que ver con los desafíos de la convivencia y la ciudadanía. Como si fuera ajena a las urgentísimas tareas de la productividad. Como si la responsabilidad ética de tomar decisiones estuviera en manos exclusivamente de un Estado cada vez más autoritario y de sus aliados prebendales. Definitivamente no hablamos de educación.

Hablamos todos los días de las urgencias populistas, de las carencias del desa- rrollo humano, de la pobreza abrumadora, de la tiranía que prohíbe libros y cuerpos. No hablamos de educación porque el Estado no sabe de estrategia, no sabe de democracia, no sabe de desarrollo. Y, sobre todo, porque no sabe de servicio público. No hablamos de educación porque si lo hiciéramos en serio no quedaría cabeza con cuello ni en el ministerio ni en el magisterio. Claro que un ministerio dura lo que dura una gestión de gobierno. En cambio, el magisterio lleva ya 60 años asesinando la igualdad de oportunidades.

Los especialistas que han realizado la prueba PISA han demostrado que la diferencia en los resultados entre Europa y América Latina se debe, sobre todo, al nivel de compromiso docente, es decir, a un índice que mide la moral de los profesores, su compromiso con el trabajo, su orgullo e identificación con la escuela y su valoración del logro académico de los estudiantes. Por consiguiente, si los docentes no están comprometidos con el proceso educativo la calidad educativa será muy baja.

Por todo esto, los rostros de la infamia en Bolivia son los rostros del magisterio. No son los únicos, claro, pero son. Porque ellos se han convertido en los agentes fundamentales que sostiene el círculo vicioso de la pobreza. Y el Gobierno los premia perpetuando constitucionalmente sus privilegios. Parece una paradoja que precisamente ese sindicato sea una aristocracia. Pero no. Basta pensarlo dos veces.

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