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Macri, diplomacia y Bolivia

Resalta la falta de consistencia en la política exterior argentina. Y la explicación reside fundamentalmente en un tenor personalista que tuvo ésta en el periodo kirchnerista. Esta estampa a-institucionalista tuvo continuidad con Cristina, impidiendo que se tracen líneas estratégicas.

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Por Diego Ayo Saucedo
/ diciembre 7, 2015
en Animal Político

Cuál será la relación de Argentina con Bolivia ahora que Mauricio Macri es presidente? Conviene repasar lo que fue la política exterior kirchnerista. Vale la pena recordar que al asumir Néstor Kirchner la presidencia, Argentina exhibía contornos de colonia estadounidense más que de nación soberana. No solo la dolarización impuesta con la famosa convertibilidad, sino la privatización, además de medidas a gusto y sabor de los organismos multilaterales caracterizaban la marcha exterior del país vecino. La política de Kirchner supuso la recuperación de la nación. El pago de la deuda argentina al FMI fue más que un acto financiero: fue un acto simbólico enorme de re-argentinización. A ello siguió su lazo carnal con los países vecinos, los países del Sur, quebrando la intentona verdaderamente imperial de George Bush de poner en marcha el ALCA. ¿Fue positivo todo ello? No hay dudas de que sí. El imaginario menemista, orientado a erigir una nación cada vez más “europea-occidental”, terminó aislando a Argentina, a un vínculo casi unidimensional con Estados Unidos. Un índice de (mayor o menor) relación internacional situaba a Argentina en el puesto 12 en 1950, en el 19 en 1980, en el 25 en 1990 y en el 27 en 2000. El descenso fue pues evidente y la necesidad de revertirlo, apremiante. El giro de lo europeo-moderno a la Patria Grande fue un paso casi obligado.

Empero, de ahí en más la política exterior no pareció mejorar. En primer lugar, esta década marcó un retroceso remarcable en la capacidad de atraer inversiones extranjeras. Tomando en cuenta a las cinco mayores economías de América (Argentina, Brasil, México, Colombia y Chile) se observa que en 1990 el 10,8% del total de IED (Inversión Extranjera Directa) que entró a esas naciones, en Argentina quedó el 19,7% en 2000, y solo el 7,6% en 2012. Y ello hizo eco en el Mercosur, cuyo socio más poderoso, Brasil, fue visto más como rival que como socio, lo que derivó en el establecimiento de medidas proteccionistas que, a la postre, no permitieron atraer más recursos; además de debilitar esta alianza cada vez más en inminente peligro de derrumbe.

En segundo lugar, en un conjunto de ponderaciones internacionales, Argentina vio estancar su presencia internacional. Para el “KOF Index de Globalización” que desarrolla el Swiss Federal Institute of Technology de Zurich y que mide la conectividad, integración e interdependencia de un país en ámbitos culturales, políticos y económicos, Argentina descendió del puesto 41 en 2007, al 70 en 2010 y al 79 en 2013. A su vez, el “Índice de Prosperidad” que confecciona el Legatum Institute de Londres y que incorpora datos sobre crecimiento económico, riqueza y calidad de vida, ubica a Argentina en el puesto 41 en 2006 y 45 en 2013 (un breve pero seguro descenso). O, por su parte, el “Índice de Presencia Global” del Instituto Elcano de Madrid, que incluye datos económicos, de turismo, militares y de cultura, educación y deportes, sitúa a Argentina en el puesto 36, detrás de Brasil (19), México (23) e incluso Venezuela (35).

En tercer lugar, Argentina perdió prestigio internacional. Si bien, de acuerdo con la Red Iberoamericana de Ciencia y Tecnología, este país invierte en ciencia más que México y casi igual que Brasil —hubo pues una mejora considerable—, invierte cinco veces menos per cápita que la Unión Europea, ocho veces menos que Estados Unidos y 10 veces menos que Japón, marcando una relación cada vez más asimétrica con estos países. Asimismo, continuando con la evaluación sobre el prestigio, Argentina casi ni tiene liderazgo en los foros multilaterales: queda revelado que solo 1 de los 51 organismos, programas, institutos, fondos e instituciones financieras internacionales está liderado por un argentino (Carlos Álvarez, secretario general del Aladi). También destaca el bajo aporte a Naciones Unidas: en 2001 Argentina ocupaba el puesto 23 en términos de aporte a Misiones de Paz del PNUD, mientras que en 2013 ocupaba el puesto 31. 

En cuarto lugar resalta su mayor capacidad exportadora y, por ende, su mayor crecimiento económico. Téngase en cuenta que de 2005 a 2012 el PIB recuperó su valor en 153%. Asimismo, resulta encomiable que haya sido el único país, en comparación con Chile, Colombia, México y Brasil, que haya disminuido sus exportaciones de materias primas de 29% a 25%. Sin embargo, cuando se hace un recuento de toda la década de 2001 a 2012, el crecimiento de Argentina fue porcentualmente menor que el de los cuatro países mencionados que, con la excepción (transitoria) de Brasil, pertenecen todos a la Alianza para el Pacífico. En ese mismo sentido, su relación con China fue crecientemente asimétrica, tanto por deuda como por déficit comercial, además de constituirse en una relación que viene garantizando la reprimarización de la economía argentina.

Hasta aquí resalta la falta de consistencia en la política exterior argentina. Y la explicación reside fundamentalmente en un tenor personalista que tuvo ésta en el periodo kirchnerista. Esta estampa a-institucionalista tuvo continuidad con Cristina, impidiendo que se tracen líneas estratégicas, a la vez que condenando a la política exterior argentina a una enorme volatilidad.

Por ende: a) se debe establecer una política exterior sólida, menos sujeta al hiperpresidencialismo; b) se necesita conversar más con el otro bloque regional vecinal, aquel de la Alianza para el Pacífico, que sin tapujos ideológicos y mayor regulación puede ofrecer grandes ventajas a Argentina, comenzando por menguar la asimetría con China, y, como colofón; c) se debe establecer una alianza clara con Brasil (y el Mercosur) y, sobre todo, con Estados Unidos. Este punto es crucial pues despierta, además, sentimientos antiimperialistas. Considero, en todo caso, que son argumentaciones ideológicas simplonas y escasamente útiles para entablar un diálogo fructífero. En ese sentido conviene enfatizar un dato menos conocido: Argentina tuvo similar coincidencia en su apoyo a Estados Unidos en el seno de Naciones Unidas que otros países vecinos de diversa orientación ideológica. En 2012, por ejemplo, Argentina coincidió 49% de veces con Estados Unidos frente al 51,9% de Colombia o el 50% de México, países ambos de liderazgos no progresistas. No hubo pues un talante antiestadounidense y hoy el paso de Macri no será como cruzar el cielo al infierno. Ni los Kirchner eran antiimperialistas ni Macri es proimperialista.

En medio de ello, ¿cuál va a ser la relación con Bolivia? No tengo dudas: seguirá esta línea de enfoque pragmático pero consistente que quiere dar a la política exterior argentina. No ya una política ambigua, acomodaticia y, sobre todo, altisonante como la de sus predecesores, pero tampoco xenófoba, proimperialista o transnacional como sugieren los tempraneros críticos. Posiblemente se renegocien los precios del gas, la situación de los migrantes, el endurecimiento del narcotráfico o el posicionamiento incuestionable de la democracia continental, pero sin que ello signifique ni el fin de nuestra venta ni la expulsión de nuestra gente. No, repito: Argentina está en retroceso en su política exterior, como he intentado demostrar, y requiere dar una vuelta de tuerca. Ello implica, y eso es absolutamente legítimo, revisar la dispersa política exterior kirchnerista, con todas las consecuencias que derivarán de su puesta en ejecución. Consecuencias que en ningún caso suponen anteponer verdades ideológicas (“el mercado es lo mejor”) sobre las necesidades reales de los argentinos. En ello Macri, creo, es muy sensato.

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