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El incombustible Bedregal

En su libro ‘Doy la cara’, Guillermo Bedregal explica su incursión en ese dramático episodio (el golpe de Alberto Natusch, en noviembre de 1979). Sin embargo, no es como él declara, que el golpe ‘fue de autoría y de responsabilidad del MNR’ (Animal Político, 29 de noviembre), sino solo de dos fracciones partidarias.

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Por Carlos Antonio Carrasco
/ diciembre 14, 2015
en Animal Político

La reciente entrega de su libro de reflexiones y digresiones Estrategias de la Revolución Nacional ha actualizado, nuevamente, la legendaria figura movimientista de Guillermo Bedregal (1929), quien vuelve a la palestra pública luego de 10 años de soledad. Su escrito me trae a la memoria viejos recuerdos de los albores de la insurrección popular del 9 de abril de 1952, cuando junto a su hermano Javier, casi adolescentes, fusil al hombro, combatimos en las calles de La Paz para aplastar a la oligarquía minera que hasta entonces oprimía al país, relegándolo a una oprobiosa condición de feudalidad. En tanto, Guillermo, acartonado de diplomas españoles, rumiando —además— hoch-Deutsch, volvió a Bolivia para sumarse a ese primer proceso de cambio. Desde entonces emprendió una ruta política ininterrumpida (con atajos y senderos controvertidos)  hasta la instauración del Estado Plurinacional en 2006.

Doce años del gobierno de la Revolución Nacional terminaron el 4 de noviembre de 1964, cuando el pintoresco general René Barrientos empujó al exilio a su mentor Víctor Paz Estenssoro, a su ministro Guillermo Bedregal y a decenas de dirigentes movis. En Lima nos anoticiamos que el populacho había asaltado la casa del Presidente y la de Bedregal, destruyendo su copiosa biblioteca. Fue el primer exilio que compartimos.

Un atinado reportaje de Mauricio Quiroz, aparecido en Animal Político, recoge opiniones del veterano dirigente, más elocuentes aún que las contenidas en su ensayo. Su mirada al surgimiento del MAS y, particularmente de su caudillo, tilda a Evo Morales como el “hombre de las intuiciones” que lleva a la realidad, a veces con acierto, sus sueños más audaces, cuando “le mete nomás…”.

En el crepúsculo tormentoso de la era movimientista, la preocupación mayor de Bedregal, como la de René Zavaleta (con quien participó en el último gabinete de Paz Estenssoro) fue la creación de un verdadero Estado Nacional, objetivo que todavía “no se ha llegado a constituir”, cómo aún se queja.

Seis años de ostracismo limeño desesperaban a Paz Estenssoro, hasta que el desacertado gobierno de Juan José Torres precipitó la alianza de los acérrimos enemigos MNR y Falange, que juntos apoyaron el golpe de Hugo Banzer el 21 de agosto de 1971, oportunidad en la que Bedregal no negó su concurso. Sin embargo, no duró mucho el goce del “maravilloso instrumento del poder” porque el astuto sátrapa se deshizo del MNR y expulsó a Paz Estenssoro junto a sus epígonos. Esa desventura de Paz Estenssoro provocó una importante escisión en el MNR entre aquellos golpistas y quienes nos negamos a hacer sociedad con ese despreciable militar. Entonces, con Hernán Siles Zuazo se organizó el MNRI que evolucionó en la Unión Democrática y Popular (UDP).

Fue el periodo en que la dictadura de Banzer aventó al destierro un amplio abanico de activistas  de todo color y sabor. Entre ellos, coincidimos en Caracas habitando sendos apartamentos alrededor de la Plaza de Altamira, Walter Guevara Arze, que fungía como asesor del presidente Carlos Andrés Pérez; Bedregal, que trabajaba como profesor y consultor, y este narrador que en exilio dorado era representante del UNFPA (Naciones Unidas). Luego Hernán Siles Zuazo y decenas de políticos llegaron a Venezuela, en busca de pan y de seguridad. La adversidad nos reunía frecuentemente y la insoportable nostalgia
del solar patrio inspiró, precisamente, en mi casa, a Nilo Soruco, a comenzar  a tararear su cueca La caraqueña.

La caída del dictador y la consiguiente convocatoria a elecciones para 1979 precipitó el retorno en tropel de los exiliados que, a través de múltiples siglas partidarias, ganaron curules en el Congreso, con las figuras más brillantes de la época: Marcelo Quiroga, Antonio Araníbar, Óscar Bonifaz, Guillermo Capobianco, Marcos Dómic, José Fellmann Velarde, Gonzalo Sánchez de Lozada, Lydia Gueiler, Benjamín Miguel, Rubén Sánchez (Poncho Negro), Guillermo Bedregal y este modesto relator, entre otros.

La sempiterna rivalidad entre los candidatos movimientistas Siles Zuazo y Paz Estenssoro resultó en un terco empantanamiento que culminó en el interinato de Guevara Arze, quien se empeñó con éxito en conseguir que la Asamblea General de la OEA (Organización de Estados Americanos), reunida en La Paz, aprobase por unanimidad una resolución por la cual se declaraba la mediterraneidad de Bolivia como tema de preocupación hemisférica. Al día siguiente, en el feriado de Todos Santos madrugó un coronel con apellido de estornudo (Natusch) como nuevo Presidente. En su libro Doy la cara Bedregal explica su incursión en ese dramático episodio. Sin embargo, no es como él declara, que el golpe “fue de autoría y de responsabilidad del MNR”, sino solo de dos fracciones partidarias. Prueba de ello es que al cabo de 15 días, parlamentarios movimientistas, junto a otros representantes democráticos, forzamos la abdicación de Natusch, en favor de Lydia Gueiler, en su condición de presidenta de la Cámara de Diputados. Me correspondió acompañar a esa ilustre mujer del primer al último día de su mandato, como Ministro de Educación y Cultura, hasta que otro golpe militar, el 17 de julio de 1980, encabezado por el narco-general Luis García Meza, interrumpió ese proceso democrático.

Las diversas Estrategias de la Revolución Nacional posibilitaron, indudablemente, la longeva vigencia del MNR en la historia republicana contemporánea, ora antiimperialista y antifeudal (1952), ora neoliberal, a partir de la dictación del 21060, que fue  “un imperativo casi biológico” como apunta Bedregal, dentro del marco insoslayable del “espacio-tiempo-histórico” que pregonaba (Víctor Raúl) Haya de la Torre.

Guillermo Bedregal, testigo y actor, envuelto en las luces y sombras del MNR, piensa, escribe y sostiene la vigencia del nacionalismo revolucionario especialmente en los países pobres del mundo, donde la receta de la alianza de clases es vital para lograr su plena liberación.

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