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Las trampas y desafíos del MAS

Irónicamente, ha sido el gobierno del MAS el que ha posibilitado no solo el crecimiento y la estabilidad económica con el consecuente ascenso social, sino también el consumo y consumismo, con el consiguiente deslizamiento de la conciencia de clase asociada a la función posmoderna del consumo y consumismo.

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Por Helena Argirakis es politóloga cruceña
/ febrero 9, 2016
en Animal Político

En retrospectiva, la nacionalización de los hidrocarburos de mayo de 2006 y el ciclo de nacionalizaciones hasta 2014 ha permitido —según declaraciones del Gobierno central— un crecimiento económico sostenido de aproximadamente el 5% durante la década, posibilitando un incremento del PIB de $us 9.000 millones en 2005 a $us 33.000 millones a 2015, además de la reducción de la extrema pobreza del 41,2% (1996) al 17,3% (2014) y de la desigualdad como consecuencia de la redistribución de excedentes a través de las políticas públicas y los bonos sociales, promoviendo la estabilidad económica–política y el incremento en la calidad de vida de los bolivianos.

Sin embargo, paralelamente, se ha desencadenado un proceso de diversificación, complejización e inclusive dispersión social a causa del asenso económico, político y social de grandes conglomerados desfavorecidos de la sociedad, paralelo a la desagregación de la histórica clase media (blancoide) hacia la formación de nuevas facciones de clase media con otros hábitos, estilos, estéticas, mentalidades y comportamientos.

Según Fernando Molina, el aumento o engrosamiento de la clase media boliviana se debe al cambio en la correspondencia entre la clase y etnia; es decir, la ruptura del candado étnico–racial en el que el indio o el mestizo con fisonomía de indio era históricamente condenado a la pobreza, marginación y exclusión, frente a una élite blancoide que ostentaba su condición de blanquitud como un capital político, económico y social (en palabras de Álvaro García Linera). Por lo tanto, la disrupción de la correspondencia entre clase y etnia ha posibilitado la alteración de las correlaciones de fuerza entre la antigua élite o casta blancoide y las mayorías de ascendencia indígena, originaria, coadyuvado por lo que el vicepresidente García Linera considera el segundo gran logro de la década de gobierno de Evo Morales: la indianización del Estado.

Si bien se ha roto la correspondencia histórica entre clase y etnia y esto ha conllevado una alteración de las correlaciones de fuerzas entre élites blancoides y mayorías indígenas originarias y campesinas de manera positiva, también se opera un doble fenómeno sociológico e histórico que representa posiblemente un gran desafío hacia el futuro para la clase dirigente nacional: el deslizamiento de la conciencia de clase político–ideológica de facciones de clase que forman parte del bloque social en el poder y la incorporación histórica generacional de jóvenes a la ciudadanía activa que nunca vivieron la etapa neoliberal (menos la dictadura militar) y que han configurado su sentido común, sistema de creencias e imaginarios, conciencia de sí y social a partir de la implementación del proceso de cambio sin referentes vivenciales del pasado remoto o mediato —por lo que normalizan, relativizan, trivializan y descontextualizan los grandes avances y transformaciones económicas, políticas y sociales de la última década.

El deslizamiento de la conciencia de clase político-ideológica de facciones de clase que forman parte del Bloque Social en el poder y la incorporación generacional de jóvenes a la ciudadanía activa que no tienen referentes simbólicos, cognitivos ni afectivos con el pasado lejano y reciente, entraña varias complejidades, problemáticas y trampas que se nuclean en torno al consumo y las variantes de ésta. Si bien la generación y redistribución de excedentes de parte del Estado y el ascenso socioeconómico de grandes estratos de la población es fruto de conquistas históricas y políticas justas y necesarias, también conlleva varias complejidades y trampas en torno al consumo que le tocará sortear al oficialismo de gobierno del Movimiento Al Socialismo-Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP) en la siguiente década.

Irónicamente, han sido los 10 años de gobierno de Evo Morales (la década de oro de la economía boliviana), y no el modelo neoliberal, el que ha posibilitado no solo el crecimiento y la estabilidad económica con la consecuente movilidad y ascenso social, sino también al consumo y consumismo, con el consiguiente deslizamiento de la conciencia de clase (dicha conciencia de clase ya no asociada a la función del trabajo y las fuerzas productivas, sino asociada a la función posmoderna del consumo y consumismo). Lo afirmado aquí no quiere decir que podemos —como Estado, como economía, como sociedad, como configuración histórica, como seres humanos— abstraernos de manera absoluta del consumo; sin embargo, el punto central a analizar aquí  —en este momento histórico en el que se encuentra el proceso de cambio en el país— es detenernos a reflexionar hacia dónde se dirigen los excedentes de nuestra economía plural (estatal, privada, cooperativa, comunitaria, mixta) y qué actitudes o comportamientos estamos asumiendo como bolivianos frente a esta renovada prosperidad.

En el caso boliviano, la problemática actual del consumo se presenta desde diferentes aristas, como por ejemplo, consumo versus Vivir Bien: el consumo y el “derecho a consumir”, las libertades individuales y los derechos humanos enfrentados drásticamente al Vivir Bien y los derechos de nuevos sujetos políticos no humanos como la Madre Naturaleza. Dicho enfrentamiento entre el consumismo y el Vivir Bien abarca la reflexión y el debate sobre los desenfrenados apetitos y apegos materiales de los seres humanos, indistintamente de su clase, condición étnica o racial y cultural frente a la capacidad reproducción de la vida en el planeta Tierra. En el actual momento histórico y debido al acceso de productos chinos al mercado nacional, adicionalmente a los demás productos que tradicionalmente se importaban a Bolivia, existe la disponibilidad de adquirir una inmensa variedad de productos de toda calidad, precio y modelos, adaptados para todas las clases sociales y bolsillos o capacidad adquisitiva, fomentando el consumo no solo de productos de primera necesidad, sino suntuarios y vinculados a la estructura del deseo.

Irónicamente, las universales conquistas en torno a las libertades individuales y los derechos humanos de los siglos XIX y XX se han convertido actualmente en territorios estériles de cooptación y vaciamiento de contenido político histórico a manos del capitalismo mundial y del consumismo, ya que actualmente se consume a nombre de la libertad individual y de los derechos humanos de manera absoluta e irrestricta  —yo tengo el derecho a comprar—  ya que nadie está dispuesto a ceder un milímetro en sus hábitos de consumo a favor de la recuperación del equilibrio y sostenibilidad armoniosa del planeta. Al contrario, con la progresiva complejización y sofisticación del proceso de consumo que ofrece productos de toda calidad y a todo precio para el amplio abanico socio económico (productos verdes, ecológicos, light, edulcorados, deslactosados y desgrasados para paliar la conciencia de culpa judeocristiana frente al consumismo) nadie se queda sin comprar y sin gastar; por lo que en lugar de que el acceso o la democratización del consumo se mantenga como una conquista histórica y social, se vuelve más bien la tumba del propio proceso de cambio y
la antípoda del Vivir Bien.

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