Este 1 de mayo tendrá su sabor especial. Todo lo festivo que iba a ser, o que tal vez seguirá siendo, ciertamente se está viendo empañado por dos hechos recientes que le precedieron: por un lado, el insólito aumento salarial ofrecido por el Gobierno a la Central Obrera Boliviana (COB), de apenas 4%, tanto al salario mínimo nacional (SMN), como al haber básico; y, por otro, la sorpresiva declaración de algunos empresarios que dijeron que por lo menos este año de plano no debería haber ningún aumento salarial, debido a que el denominado “costo laboral”, el destinado al salario, era muy elevado en las cuentas empresariales.
Como se sabe, en ambas cosas solo cambió la forma: el presidente Evo Morales y la dirigencia de la COB, literalmente los dos, acordaron subir en 9% el salario mínimo nacional, que pasará de Bs 1.656 a Bs 1.805, y en 6% el haber básico.
Como no podía ser de otra manera, también a los trabajadores debían llegarles los efectos del fin de la “década dorada”, aquella de los altos precios de las materias primas, un hecho especialmente ocasionado por el auge chino, hoy en una relativa contracción: China estornuda y…
El tema —se lo ofrece este suplemento— es aprovechar las dos mencionadas sorpresas para volver a mirar, en este 1 de mayo, hacia nuestra clase obrera: cómo está o cómo llega a este Día Internacional de los Trabajadores, el décimo de la Era Evo, y, por tanto, qué se puede prever en lo inmediato.
Para el trabajador, en lo cotidiano parece persistir la vivencia de la contradicción entre la llamada “flexibilización laboral” y la “estabilidad laboral”; entre la precarización del empleo, por la vía que fuere (faltas a la ley, penalización de la protesta, irrespeto a ciertos derechos, entre otros), y la protección legal y material que tendría el trabajo asalariado. Hoy, 1 de mayo, no deja de ser oportuna la reflexión, pues el destino de la fuerza de trabajo siempre será de interés nacional.
El editor






