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Sí y No: la conjura de los electores

Los procesos electorales son una toma de decisiones. Hay que pensar y sentir antes de elegir. No obstante entre el pensar y sentir nos encontramos con los medios de comunicación, la propaganda y las pasiones y emociones de nosotros los electores mismos.

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Por Óscar Heredia Vargas es administrador de empresas, docente universitario
/ marzo 26, 2017
en Animal Político

Como efecto de los resultados obtenidos en el referéndum del Sí y del No —para unos y otros a través de mentiras o verdades— emergieron cuestionamientos y defensa de los logrados porcentajes —“increíbles, magníficos, buenos, aceptables, pobres, terribles o catastróficos”— generando movilizaciones y debates políticos convertidos en una especie de antologías de comportamientos psicológicos, sociológicos, políticos y sociales, lo que indujo a muchos electores a recelar de nuestra democracia, con la que convivimos y que suponemos que es real, haciéndola parecer una especie de ensueño —el Velo de Maya, o el Velo de la Ilusión—.

Ante las dudas, causadas líneas arriba, apelamos “desconcertados” a P. Gonzales para que nos ponga en mente a Arthur Schopenhauer quien “sostuvo que la realidad, tal como aparece ante nosotros, no es la auténtica realidad en sí, sino una simple representación que se produce en nuestra mente, un velo que cubre nuestros ojos y nos hace ver espejismos”. De alguna manera, bajo ese argumento, se reafirmaría que el resultado objetivo del referéndum es solo un espejismo, generado por la falta de la verdad o por la verdad misma.

Ante tan contundente reafirmación, lo único que nos queda es hacernos las siguientes preguntas: ¿Los electores en el último referéndum fuimos engañados de manera inevitable? ¿Los electores fuimos timados? ¿Los electores nos sentimos expoliados?

Si la respuesta fuera positiva, los ciudadanos de a pie habríamos perdido nuestra libertad de pensar. Ante tal contestación, acudimos a un escrito sobre el comportamiento electoral de J. Kafka y A. Yujra, donde se hacen la siguiente pregunta: “¿Cómo llega el ciudadano a decidir el sentido de su voto?” y, al mismo tiempo, concluyen que “es la pregunta central alrededor de la cual se trazan las estrategias y tácticas de campaña para de alguna manera injerir en la orientación del voto” en los procesos electorales.

Los procesos electorales son una toma de decisiones. Como precisan Y. Gramajo y G. Aguirrezabala, “son los momentos históricos en los que se terminan las deliberaciones y comienza la acción, aceptando que decidir es elegir (deliberadamente) entre alternativas, en condiciones inciertas (corriendo riesgos)”. Por eso hay que pensar y sentir antes de elegir. No obstante entre el pensar y sentir nos encontramos con los medios de comunicación, la propaganda y las pasiones y emociones de nosotros los electores mismos.

Algunos se jactan o se lamentan de la influencia de los medios de comunicación; sin embargo, como asevera Dupré: “el grado de influir de los medios de comunicación en el comportamiento electoral —de todos— es discutible. De lo que no hay que dudar es del gran impacto que tienen en la práctica de la política y en el comportamiento de los políticos”. En función de los criterios fundamentados creemos que su impacto difícilmente podría haber cambiado la votación y por ende su resultado.

Dupré también nos comenta que la propaganda “es un proceso de persuasión que utiliza la información, que no solo promueve una ideología o una causa política, sino que es más amplia al ser varias actividades que buscan cambiar la opinión pública”. La realidad electoral nos confirma que todos en la contienda electoral —sin falta—  utilizan la persuasión para atraer a la opinión pública hacia su meta electoral, apoyándose en el uso selectivo de la información. 

Entre medios de comunicación y la propaganda, no podemos pecar de insensatos. Para evitar ello, nos ponemos nuevamente a disposición de  Y. Gramajo y G. Aguirrezabala, quienes nos precisan que cuando se ejecuta el proceso de decisión electoral no confiamos solo en la lógica y la persuasión, sino que priman el contexto, la razón, el corazón y el orgullo y prejuicio. Contexto: tener buena información y no solo datos, saber que puede cambiar y que depende de quien lo mire y de lo que conocemos; la razón: determina y define a quién queremos y qué queremos como país y etcétera, hasta dar con el nudo gordiano a desenlazar, etapa que requiere la introspección, el análisis, la elección y el acto de votar; el corazón: intuición —preparación, incubación, iluminación, verificación—; espontaneidad, proceso impulsivo, simplemente actuamos —luego razonamos y luego validamos o no la elección—; y, el orgullo y prejuicio: la información que me pega primero, me pega más fuerte; quiero que todo cambie para que todo quede como está; si siempre elegí así y ahora elijo asá, los demás van a pensar que antes estaba equivocado, mejor elijo así de nuevo o solo presto atención a lo que coincide con mi forma de pensar, el resto lo descarto.  

Ante la teorización y lo fáctico, nos preguntamos: ¿Quiénes son esos ciudadanos que no hacen más que votar sin ton ni son y se afligen o se indignan por haberlo hecho de la manera que lo hicieron? ¿Hay gobernantes que están subestimando a los ciudadanos electores? ¿Hay desesperación y sinsabor en los que nos gobiernan, por una situación ya fuera de su alcance?

Para revelar las cuestionantes anteriores nos permitimos recordar afirmaciones de importancia que podrían ayudar. G. K Chersterton afirmó que “la verdadera confusión de este mundo en que hemos nacido no le viene de que sea un mundo racional, ni aun de que sea un mundo irracional”. Schopenhauer indica: “Estoy convencido de que la esencia del mundo, lo que el mundo es más allá de nuestras representaciones, no es otra cosa que la ciega voluntad, impulso incesante y la fuerza irracional. Afirmaba que la representación es el mundo que aparece poblado por multitud de seres individuales; la voluntad —el auténtico mundo—, el mundo es uno solo, pues la voluntad es la misma aunque se manifieste con diferentes formas y ropajes ante nosotros”.

Luego de las afirmaciones anteriores, quienes participamos en el referéndum y votamos por el Sí o por el No, podemos responder a las anteriores preguntas de la manera siguiente:

Que estamos conscientes de que los medios de comunicación marcan la agenda pública circunscribiendo los tópicos de manera prefijada. Que la propaganda “no engaña al ciudadano, sencillamente le ayuda a engañarse a sí mismo” (E. Hoffer). Que el contexto, la razón y el corazón son los que equilibran la sensatez y los sentimientos. Que el orgullo y el prejuicio son trampas que algunas veces son invisibles. Que la racionalidad y la irracionalidad están presentes en el  momento del voto. Aclarando que todos estos elementos, hechos y actos son inclusivos, que no hacen discriminación alguna, toman en cuenta a todos los ciudadanos que tenemos derechos civiles y políticos, que son como la lluvia, cuando llueve moja a todos, que son como el aire, no discrimina a nadie dispuesto a respirar. Es decir que ningún elector se salvó. Como consecuencia de lo expresado nos atrevemos a afirmar que el individuo tomó la decisión electoral con representatividad y voluntad, como un mundo en su totalidad y que el resultado del referéndum es cognoscible y válido.

Ante las respuestas anteriores, nace pues de nuevo la duda fértil. ¿Qué se busca con el debate, después de un año? ¿Se está recurriendo de manera inducida e intencionada al Síndrome de Vietnam para socavar la decisión del supremo? ¿Manipular —“objetivos ocultos y orientados a uno mismo”— o influenciar  —“objetivos claros y orientados hacia la persona a la que se dirige”—?

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