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Macron, el cambio sin riesgo

En cualquier caso, la elección de Emmanuel Macron es esperanzadora. Mediante la renovación, puede aportar una parte de la respuesta a la crisis
de representación que sufre el país.

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Por Jean-Marie Colombani es periodista, fue director de Le Monde. El País de España
/ mayo 28, 2017
en Animal Político

He aquí pues al octavo presidente de la Quinta República al pie del cañón. Evaluemos en primer lugar la proeza de aquel que, en opinión de algunos de los que lo han apoyado, no deja de ser un “desconocido” en el mundo de la política. Para unos, es el heredero de François Hollande, es decir, una figura de la izquierda reformista. Para otros, es la encarnación del capitalismo “oligárquico”, es decir, una figura de la derecha más antisocial.

Un bicho raro, en cualquier caso, que no obstante asegura ser capaz de arrastrar a “lo mejor de la izquierda y lo mejor de la derecha”. En este sentido, puede ser visto como el hombre que encarna por fin el viejo sueño centrista (superar la división izquierda-derecha). Antes que él, ya lo habían encarnado Valéry Giscard d’Estaing y Raymond Barre, en la centroderecha, y Jacques Delors, en la centroizquierda. Este último renunció tras reconocerse incapaz de conformar una nueva mayoría más allá de la izquierda. Sin embargo, Macron se distingue de sus ilustres predecesores en lo fulgurante de su trayectoria: fundó un movimiento partiendo de cero y un año más tarde es investido presidente.

Entre una cosa y otra, abandonó el Gobierno, aunque no sin antes marcar su territorio (ley Macron). Su análisis era correcto: la vida política sigue a la economía schumpeteriana de nuestros días; en efecto, estamos viviendo una fase de deconstrucción/reconstrucción. Ahora bien, lo que enseguida le granjeó la simpatía de la opinión pública fue la poderosa aspiración a la renovación que ha marcado la campaña electoral. Macron ha sabido encarnarla, ayudado, eso sí, por un increíble concurso de circunstancias; a saber: el fracaso de Alain Juppé, la retirada del presidente saliente (a la que él mismo contribuyó), el fracaso de Manuel Valls y los “accidentes” que fueron, cada uno a su manera, François Fillon y Benoît Hamon.

Pregunta: ¿la loca apuesta que representa su planteamiento terminará llegando a buen puerto? Así lo cree Macron basándose en las elecciones precedentes. Los franceses no suelen retractarse a solo unas semanas del intervalo; por el contrario, dan a aquel que han elegido los medios para gobernar: una mayoría en la Asamblea Nacional. Solo existe un contraejemplo: el de la reelección de François Mitterrand en 1988, que vino precedida de la célebre consigna según la cual “no es bueno que gobierne un solo partido”.

Y así fue como Michel Rocard se convirtió en el plusmarquista absoluto de la utilización del artículo 49-3. Si ocurriera algo similar, y ante una Asamblea heterogénea, Macron tendría que organizar una coalición o asumir una cohabitación.

Es la hipótesis que maneja la derecha de gobierno. El resultado de esta formación en la primera vuelta de las elecciones presidenciales ha sido más una consecuencia de la imagen de Fillon y del impacto de su programa —ha sido el primer político de derechas que ha pretendido cuestionar frontalmente el nivel del Estado de bienestar— que el reflejo del verdadero peso de la derecha en el país. En este supuesto, Macron sufriría las consecuencias de la desorganización de la izquierda reformista, gran ausente de esta campaña desde la retirada de Hollande.

En todo caso, las elecciones legislativas van a permitir aclarar el sentido del mandato que ha recibido Macron, más allá del dique contra la extrema derecha que ha desviado hacia él un voto obligado. Él mismo se ha comprometido a llevar a cabo una alternancia profunda y verdadera. En realidad, el nuevo presidente encarna más bien una promesa de “cambio dentro de la continuidad”, como habría dicho Georges Pompidou. Es la esperanza de un cambio sin riesgo. Y este es precisamente su mérito: no haber prometido poner Francia patas arriba, sino trabajar a partir de la base preexistente, consolidada sobre todo por Hollande, y aportarle los cambios y mejoras necesarios.

Así, en materia de economía, podrá apoyarse en los primeros resultados de la política de su predecesor y acelerarlos con ayuda de un semiplán de reactivación (reducción de 10.000 millones en impuestos para las empresas y otros 10.000 millones para los particulares). Y su reforma del Código Laboral no va mucho más lejos que la ley El Khomri. A modo de compensación, Macron aportará una ayuda significativa a todas las profesiones que, todavía hoy, no están cubiertas por el seguro de desempleo.

En cambio, frente a este programa moderado —liberal, social y europeo—, sin duda debemos esperarnos una oposición radical y, sobre todo, una demagogia virulenta por parte de los extremos del arco parlamentario. ¿Pues qué otro significado político podemos darle al brutal comportamiento de Marine Le Pen durante el cara a cara televisado, sino el de intentar disputarle a Jean-Luc Mélenchon el monopolio de la ira? Ira que los extremos, en lugar de canalizar, no han tardado en transformar en odio. Por tanto, el riesgo de escalada es patente, también en la calle.

El ejercicio del poder es hoy más peligroso que nunca. Porque la demanda política por parte de los ciudadanos-consumidores ha dejado de ser unívoca. A derecha y a izquierda. De hecho, toma prestados elementos de la una y de la otra. Es compleja, diversificada, corporativizada. Y no hay una Francia acomodada y abierta, por un lado, que se opondría a una Francia precarizada y cerrada, por el otro. Hay múltiples fracturas que se entrecruzan y se entrechocan: territorial, cultural, categorial, identitaria…

En cualquier caso, la elección de Emmanuel Macron es esperanzadora. Mediante la renovación, puede aportar una parte de la respuesta a la crisis de representación que sufre el país. Mediante su optimismo, puede permitir que Francia dé carpetazo al declivismo que la corroe, restaurando así una confianza que es el mejor estímulo para el crecimiento. Mediante una ambición europeísta renovada, puede ser el hombre de la reconciliación con ese gran proyecto histórico. Pero deberá guardarse mucho de olvidar esto: en vísperas del quinquenio de Hollande, la preocupación principal de los franceses era el paro. En el umbral de este nuevo quinquenio, sigue siendo la misma: el paro. Solo el resultado contará.

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