Cuando Chile presente su dúplica, antes del 21 de septiembre a la Corte Internacional de Justicia (CIJ) en La Haya, comenzará la cuenta regresiva acerca de la decisión que adopte ese alto cuerpo sobre la demanda interpuesta por Bolivia reclamando una negociación seria y de buena fe, que ¡por fin! le conceda una salida al mar, directa, útil y soberana.
Los 15 alados miembros de la Corte, luego de un debate interno, al cabo de pocas semanas, invitarán a las partes a intervenir en la fase oral, cuando cada agente apoyado por sendos equipos de abogados internacionales expondrá sus puntos de vista y, si cabe, responderá a las dudas o precisiones que requieran los jueces. Ahí terminarán los alegatos y la Corte, siguiendo peculiar modalidad (ver mi reseña Cómo se cocinan las decisiones en La Haya) en corto término, probablemente unos seis meses, dictará su veredicto inapelable y obligatorio. Sumando uno y otro plazo, se calcula que éste se conocerá a fines de 2018. Es relevante anotar que el 6 de febrero de ese año se renovará un tercio de los magistrados de la CIJ.
Previsiblemente, aunque no se puede asegurar, adosado de considerandos de índole histórica, geográfica y esencialmente de doctrina jurídica, la CIJ invoque a las partes a sentarse a la mesa de negociaciones para discutir la demanda boliviana, quizá sin fijar límite de tiempo ni aludiendo a conclusiones acerca de la misma, por cuanto ese “no es el rol de la Corte”. Ese proceso podría durar meses o años ad-infinitum. En tal sentido, es el momento en el que se impondrá un agitado ballet diplomático animado por ambos contrincantes, con objeto de atraer la simpatía internacional a sus respectivos intereses o para ejercitar presiones que inclinen el resultado a su favor. Habrá llegado el tiempo de presentar a consideración de Chile las diversas opciones para su examen y posterior respuesta. Ellas deberán estar acompañadas de carpetas meticulosamente elaboradas.
Para el uso de ese material, necesariamente, deberá contarse con operadores diplomáticos, muy calificados, aptos para convencer y seducir a favor de la causa nacional a sus variados interlocutores en la diplomacia bilateral y multilateral. Atrás quedará la noción de “diplomacia de los pueblos” o las movilizaciones de masas, porque las graves determinaciones diplomáticas son impermeables a las presiones estridentes. Tampoco influirán las afinidades ideológicas o de política circunstancial, toda vez que se conoce ad-nauseam, que los Estados “no tienen amigos, sino intereses”. Para entonces, habría que recomponer los vínculos con los países de la región, en primer lugar, con objeto de alcanzar un clima de consenso que pueda proyectarse al resto del mundo. Pieza primordial en esa estrategia es indudablemente Perú, cuyo seguimiento del punto 25 de la reciente Declaración de Lima es altamente recomendable. Razón demás para coordinar con Torre Tagle la propuesta boliviana para evitar un desaire ulterior (como aconteció en 1975).
Paralelamente, es condición de elemental cálculo mejorar el relacionamiento con Estados Unidos, aprovechando quizá la presencia nacional en el Consejo de Seguridad. Igualmente, tratar de obtener la simpatía de la Unión Europea es de obvia importancia. Tampoco estaría demás tocar las teclas de la diplomacia multilateral, no solo en el marco de la OEA y de los múltiples organismos regionales, sino además de la plataforma de Países sin litoral, ya auspiciosamente cultivadas. Para cualquier eventualidad posterior es preciso ganar el apoyo o asegurar la neutralidad de todos y cada uno de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Proseguir la gestión papal como garante de la buena fe en las conversaciones sería un paso promisorio.
Acápite especial merece la ocupación de espacios en los medios de comunicación y en las redes sociales, saludando el inicio de negociaciones bilaterales que podrían cerrar mediante un acuerdo ese pleito centenario entre dos naciones hermanas.
Finalmente, siendo una fatalidad el hecho de negociar frente a frente con los dignatarios del vecino país, sería supremamente racional evitar recriminaciones y descalificaciones que, humanamente hablando, quedan como heridas difíciles de cicatrizar. Sin embargo, de nada serviría contar con una sólida propuesta nacional si los encargados de presentarla y defenderla carecieran de la experiencia requerida para esas jornadas complejas.
- Carlos antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y exembajador de la República






