La primera foto es de hace poco más de doce años, del 15 de diciembre de 2005. Evoca el momento en que ese hombre de pelo entrecano y extraño mirar, vestido con saco azul marino, camisa blanca y corbata roja, cerraba fuerte el puño y decía: “en la fecha hemos tomado las decisiones institucionales que nos permitirán destinar nuestras reservas de libre disponibilidad al pago de la deuda total con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Hace cincuenta años que viene siendo motivo de nuestros desvelos; la Argentina abonará anticipadamente al FMI a fin de año la suma total adeudada de 9.810 millones de dólares”. Era el expresidente Néstor Kirchner que el 3 de enero de 2006 cumplió su anuncio pagando la totalidad de la deuda argentina, cerrándole desde entonces las puertas al Fondo.
La segunda fotografía es de marzo reciente. Muestra, a la derecha, al presidente argentino Mauricio Macri, anfitrión en esa circunstancia. A la izquierda, está Christine Lagard, directora general del FMI. Se los observa estrechando sus manos y mirándose a los ojos. A juzgar por las expresiones faciales de ambos, ella pareciera decirle “qué gusto, amigo argentino, ¡de tanto tiempo!”. Y él responderle “de acuerdo, son doce años, pero por favor, no me apriete tan fuerte”.
La tercera foto está aún por tomarse, pero se hará, no quepa duda. Es cuestión de días, quizá semanas. Los fotógrafos ya están preparados. Resta apenas definir la fecha y los protagonistas que deberán hacer la mueca de rigor ante decenas de cámaras. Lo demás es parte de una consabida historia de ajuste, con predecible final… triste final, convengamos. Es que la mayoría de los hermanos argentinos ya conoce este cuento y aunque lo tienen tatuado en la piel, hace un par de años un lamentable descuido hizo que algunos de ellos, muchos, los suficientes, extraviaran o escondieran la primera foto que refiere este escrito, vaya uno a saber para buscar qué cambio. ¿Acaso volver a los brazos del FMI haya sido el cambio por el que apostaron la mayoría de los votantes del vecino país? Los tiempos que se avecinan raudos nos dejarán oír su respuesta.
Volviendo a la foto tres. Unos y otros, los nuevos “gobernantes” y los gobernantes gobernados, harán denodados esfuerzos para que la flamante fotografía logre trasuntar a los ciudadanos mensajes y sensaciones del tipo “este esfuercito más y salimos de la crisis” o “estas medidas solucionarán todos nuestros problemas y empezaremos a crecer”. Y, desde arriba, dirán “nosotros volvimos para ayudarlos, queremos lo mejor para ustedes”. Cuando la humareda de tanta pirotecnia se diluya, dará paso a la letra chica, a ese elemento perverso que jamás aparece cuando se retratan momentos felices. Habrá llegado entonces el tiempo en que esa supuesta mesiánica cifra con tantos ceros vuelva a ser trasladada a las mismas espaldas de antes, a las que parecen condenadas a llevar carga eternamente.
El grueso de la prensa argentina, tan mimosa e indulgente con el presidente Macri, ha extraviado aquello de la letra chica en el inminente acuerdo de su país con el Fondo y optó por empapar sus espacios informativos con el bicampeonato de Boca, el futuro de Gallardo en River y la ilusión de ganar el Mundial con Messi, además de las consabidas historias policiales y sainetes ligados a su farándula. Los medios de mayor alcance no están diciéndoles en voz alta a argentinas y argentinos que el FMI le otorgará al Gobierno de su país varios miles de millones a cambio de que éste le permita ejercer una suerte de tutelaje, esto es, imponerle al país qué debe y qué puede hacer en términos de su manejo económico. En fin, entregarle al Fondo las riendas del país. ¿Y la soberanía del Estado argentino? Bien, gracias.
En la fase preparatoria de este nuevo desembarco del FMI en suelo rioplatense, una misión del organismo adelantó hace pocas semanas y sin cotillón, parte de la receta que deberá aplicar con carácter de urgencia la administración Macri para que fluyan los primeros millones de norte a sur. A saber: acelerar el ajuste fiscal, lo que equivale a decir rebajar los salarios, rebajar las jubilaciones, despedir masivamente a empleados públicos, flexibilizar el ámbito laboral, eliminar los subsidios a las tarifas y recortar los programas sociales que atienden a los sectores más vulnerables y empobrecidos de la población, entre otras medidas de shock.
No se debe perder de vista que en los primeros años del actual gobierno se ajustó las tarifas por los servicios de agua, energía eléctrica y gas, que acumulan más del 1.000%, mientras que los precios de los combustibles fueron incrementados en alrededor del 60%, lo que arrastró a una suba generalizada en los precios de bienes y servicios, disminuyendo la capacidad adquisitiva de los salarios. Además, una devaluación del dólar superior al 120% y una inflación por ahora incontrolable, que generan un impacto negativo en los bolsillos de la mayoría de los ciudadanos, haciendo más pobres a los pobres y arrastrando hacia la pobreza a quienes hasta hace un par de años eran parte de la clase media.
Por el contrario, poco y nada se dice respecto a cómo se garantizará desde la administración Macri que esos miles de millones de dólares que vayan a llegar vía crédito stand by del FMI sean encaminados de manera prioritaria hacia el sector productivo y no se fuguen del país, alimentando con eso el mercado especulativo que hoy impera, mismo que fue generado y robustecido tras la decisión de Macri de desregular el cepo cambiario, de aumentar la tasa de interés al 40% y de levantar las restricciones a los capitales especulativos que ingresen al mercado argentino, entre otras medidas que, por cierto, no fueron anticipadas en su campaña electoral que ofrecía al pueblo argentino la “revolución de la alegría”. Pocos habrán imaginado en ese momento que un par de años después la alegría terminaría siendo para el FMI y sus amigos.
Arrancando 2015, un analista económico se preguntaba: “¿por qué Argentina debería seguir los pasos que el FMI indica? En el pasado solo trajo crisis. Es como si un asesor financiero te hubiese mandado a la ruina, y ahora vuelve para darte consejos. ¿Debe Argentina escuchar?”, interrogaba. Hoy, tres años después de esa pregunta y a la luz de los resultados que dejó la política económica implementada por el actual gobierno, al verse ante un callejón sin salida, no duda en acudir por auxilio al FMI, ya no como una opción, sino más bien como un aparente imperativo ineludible. Ese camino que en breve comenzará a recorrer Argentina por decisión de Macri ya se hizo en los ochenta y noventa. Aquí en Bolivia y tantas veces en Argentina y América Latina quedó probado que la fórmula del ajuste, casi siempre fracasada, equivale a pan para hoy y hambre para mañana. Y si quedara alguna duda preguntémosle a los griegos cómo están sus bolsillos.
- José Domingo Olivera ciudadano boliviano






