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El Che en la cabaña: ni santo ni verdugo

Reflexión acerca del momento de ‘venganza popular’ que siguió al triunfo de la Revolución Cubana del 59.

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Por Carlos Soria Galvarro es periodista
/ junio 20, 2018
en Animal Político

Con motivo del medio siglo del asesinato de Ernesto  Che Guevara en octubre de 2017 y estos días por los 90 años de su nacimiento, se ha incrementado la caudalosa emisión de artículos de prensa, libros, documentales y toda suerte de apariciones del Che en medios de difusión y redes sociales. Por lo general, el Che es visto en la actualidad como sinónimo de altruismo, abnegación y entrega al servicio de la causa de los oprimidos. En la imagen, a veces mitológica que proyecta, predominan la coherencia entre lo que dijo y lo que hizo, y otros trazos marcadamente positivos. Claro que tampoco ha faltado la reedición de viejas campañas de signo contrario, publicaciones que se empeñaron y se siguen empeñando en denigrar su figura, acusándolo de ser el implacable y principal ejecutor de los fusilamientos en los primeros tiempos de la Revolución Cubana. Se trata de muchísimas declaraciones que se citan unas a otras a falta de fuentes verificables.

En varios países latinoamericanos, a la caída de regímenes considerados dictatoriales solían desatarse acciones de “venganza popular”, como linchamientos, saqueos de domicilios y otras formas de violencia descontrolada. Ocurrió también en Bolivia, sin ir muy lejos, el 21 de julio de 1946 (colgamiento de Villarroel y de varios de sus seguidores), el 9 de abril de 1952 (triunfo de la revolución nacional), el 4 de noviembre de 1964 (caída del MNR) y el 21 de agosto de 1971 (golpe de Banzer).

“Hacer leña del árbol caído” era una mala costumbre del comportamiento político que al parecer no se ha erradicado completamente, pero tiende a desaparecer en la medida en que se abren paso en nuestros países la madurez democrática y la toma de conciencia sobre los Derechos Humanos.
La dictadura de Fulgencio Batista en Cuba era responsable de alrededor de 20.000 asesinatos, practicaba formas aberrantes de tortura y cometía acciones de corrupción en gran escala. Al acercarse a La Habana las tropas revolucionarias comandadas por Che Guevara de un lado y Camilo Cienfuegos del otro, al amanecer del 1 de enero de 1959 el dictador huyó hacia República Dominicana (gobernada por otro dictador, Leónidas Trujillo), cargando no menos de 100 millones de dólares mal habidos. El senador Masferrer huyó en su yate llevándose 17 millones. Según cálculos bastante moderados, los jerarcas del régimen batistiano se llevaron más de 400 millones de dólares que depositaron sin problemas en la banca estadounidense y a pesar de las reclamaciones ni un centavo fue devuelto a Cuba.

En ese contexto, es de imaginar la santa indignación que reinaba en las calles y la aprobación casi unánime del pueblo cubano para entablar juicios y castigar con dureza a los sicarios del régimen derrocado.

Mientras se acercaba a La Habana en una apoteósica caravana, Fidel Castro había advertido: “Serán castigados solo los criminales de guerra… como habrá justicia no habrá venganza ni habrá odio”.

El diario Revolución, dirigido entonces por Carlos Franqui, decía que los fusilamientos eran la respuesta a los “bárbaros” que cometieron atroces torturas y latrocinios, a quienes “sacaron los ojos, castraron, quemaron las carnes o arrancaron los testículos, destrozaron las uñas, introdujeron hierro en la vagina a las mujeres, quemaron los pies, cortaron los dedos, en fin, crearon ante Cuba un paisaje de los más espantosos”. También el periódico menciona la posición del Che frente a un grupo de milicianos que querían por su cuenta castigar a unos sicarios todavía sueltos: “Ustedes ni nadie pueden actuar a la libre. Existen tribunales revolucionarios. Si alguno actúa por sí ordenaré que lo encierren y formen juicio, también revolucionario”.

En la Fortaleza de la Cabaña, que el Che comandó en los primeros momentos, funcionaron dos tribunales de los varios que se instalaron en toda Cuba. El primero juzgaba a policías y militares y dictó varias sentencias de muerte; el segundo, que juzgaba a civiles, no mandó a nadie al paredón de fusilamientos. El Che no fue parte de dichos tribunales, pero en su calidad de comandante de la guarnición confirmaba las sentencias emitidas. Es obvio, el revolucionario argentino-cubano coincidía con el criterio generalizado de no otorgar clemencia a los verdugos que, de acuerdo con los sondeos de la prensa, llegaba hasta un 93% de la población. Además, el Che se hacía cargo de la fuerte presión popular, pues llovían denuncias y peticiones en tal sentido.

Frente a la andanada de sindicaciones que lo hacen responsable de “decenas”, “centenares” y hasta “millares” de fusilamientos, uno de los más afamados biógrafos del Che, Paco Ignacio Taibo II, se hace las preguntas y responde: “¿Fueron los tribunales excesivamente rigurosos? ¿Se fusiló a inocentes? Solo una revisión cuidadosa de la información y de cada uno de los juicios permitiría sacar conclusiones”. Lo que está claro es que no abunda ese tipo de investigaciones en los textos que se elaboran con la única finalidad de bajar al Che del pedestal en el que ha llegado al siglo XXI.

en tendencia: cabanaCheSantoverdugo

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