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Aprender del populismo

Hoy los jóvenes indígenas crecen sin los complejos de sus padres, que ocultaban su origen  para sobrevivir.

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Por Gonzalo Colque es director de Fundación Tierra
/ noviembre 7, 2018
en Animal Político

Para muchos, el gobierno de Evo Morales encarna el “populismo autoritario” que carcome los pilares de la democracia. Entre los adversarios políticos del Movimiento Al Socialismo (MAS) crece el rechazo al régimen evista, calificado de arbitrario, corrupto y manipulador. Pero al desacreditar de esta manera al MAS también alimentan el deseo de culpar de los males del populismo a los sectores pobres y populares; es decir, a quienes seguirán siendo decisivos para inclinar a un lado u otro la correlación de las fuerzas políticas. Carlos Mesa no escapa a esta forma de pensar con su propuesta de un “gobierno de ciudadanos” que parece reducirse a la defensa de la democracia liberal.

Pero, de muchas maneras, el “populismo” boliviano tiene ciertas cualidades que apuntan a compensar las insuficiencias y los vacíos que tiene la democracia liberal. No por nada los sectores populares valoran positivamente ciertos atributos del gobierno del MAS, que pasan desapercibidos para quienes se refieren a los masistas de forma peyorativa. Desentrañar y entender esta faceta del gobierno de Evo no solo debiera interesar a los que buscan el voto popular sino que es central para evitar encaminarnos en una dirección fascista, que fácilmente podría alentar una confrontación social interna.

Primero, el “populismo” puede tener un impacto positivo cuando ayuda a integrar los intereses de los sectores marginalizados dentro de la agenda política. La inclusión política de los sectores populares es un logro del MAS, aunque ya existían avances desde 1997. Sobran historias de hombres y mujeres que nunca se imaginaron circulando por los pasillos del poder, convertidos luego en senadores, parlamentarios o ministros de Estado. Su simple presencia puso en agenda en el debate nacional temas históricamente irresueltos como el racismo y la discriminación en razón del color de la piel, apellido o idioma. Existen avances aunque insuficientes. Hoy, cientos de miles de jóvenes indígenas, en mayor o menor medida, crecen liberados de los complejos de sus padres, habituados a mimetizar su origen étnico para sobrevivir. Si bien esta inclusión política acabó siendo simbólica, con políticos de rasgos indígenas cumpliendo un papel casi decorativo, los temas como el racismo siguen pendientes e importan a la gente.

Segundo, el gobierno populista del MAS acercó el Estado al pueblo. Para las mayorías rurales y populares el Estado ha sido por definición un poder ajeno y en manos de la élite blanca. Pero Evo Morales propagó la presencia estatal no solo jugando fútbol en los rincones más olvidados de nuestra geografía o inaugurando obras ordinarias, sino llevando programas sociales concretos en forma de bonos y transferencias monetarias. La gente acrecentó su sentido de pertenencia e integración a la nación boliviana y con ello devino una estabilidad política que no veíamos desde los gobiernos anteriores. Por supuesto que esto trae consigo peligros reales como el caudillismo, donde el líder político se asume como un emancipador, el que en sí mismo encarna tanto al Estado como al pueblo. El punto es que Bolivia necesita seguir construyendo una relación de confianza entre el Estado, los gobernantes y la población, pero prescindiendo de la personificación del poder en una sola figura política.

Tercero, el populismo del MAS tuvo el acierto de mostrar un norte a seguir después de la desilusión de la gente con el neoliberalismo. La propuesta bandera fue la nacionalización de los recursos naturales que además de sumar, acalló las voces descontentas con la globalización neoliberal. El boom económico —cuyo auge coincidió con la llegada del MAS al poder— fue socializado como un logro material palpable de la nacionalización y una prueba irrefutable de que el “gobierno de los movimientos sociales” había recuperado la riqueza que acaparaban la “derecha” y las empresas transnacionales. Todos sabemos que el boom en realidad tuvo su origen en el superciclo del precio de las materias primas, más que en la renegociación de los contratos con las transnacionales, pero el MAS supo jugar con la información, los miedos, los intereses sectoriales y las tensiones existentes.

Apeló a la aversión de la gente por la clase política para deshacerse de los partidos políticos de oposición. Transmitió la sensación (ilusoria) de que los complejos problemas socioeconómicos tienen soluciones fáciles. Para muchos, el hecho de que el crecimiento económico fuera posible a pesar de un Presidente sin educación secundaria completada, era la prueba concluyente de que el saqueo neoliberal era la verdadera causa de las penurias económicas de las mayorías.

Por eso todavía las consignas populares como “la derecha quiere retornar para volver a robar al pueblo” tienen un efecto demoledor. Pero más allá de todo esto, lo cierto es que el populismo boliviano supo prestar atención a lo que le importa a la gente: la economía. Por eso, el solo ofrecer discursos de “recuperación de la democracia” aburren a los sectores populares, políticamente son casi inofensivos y, al final de cuentas, la gente que vive en situación de precariedad dirá que “la democracia no se come”.

Lo que tenemos al frente, Evo-Mesa, se asemeja al escenario Fujimori-Vargas Llosa de los años 90 de Perú. El escritor con discursos perfectamente elaborados en defensa de la democracia liberal y el libre mercado fue arrasado y vilipendiado por su rival populista, quien luego acabó encabezando un régimen autocrático y, desde 2007, purga en la cárcel los excesos de su adicción al poder.

En parte, el gobierno populista del MAS es consecuencia de la persistencia de los problemas históricamente irresueltos como la discriminación racial, la fragilidad del Estado o nuestra dependencia de la economía extractiva, que distribuye la renta vía corrupción, cooptación, cuoteo y un sinnúmero de relaciones prebendales. El desafío es grande: aprender del populismo y a la vez retomar los temas de fondo que importan a la gente, pero sin caer en la retórica y manipulación populista ni en la tentación de moralizar la política desde posturas liberales inocuas.

en tendencia: AnimalAprenderpoliticopopulismo

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