Una de las premisas equivocadas fue sostener que las plataformas ciudadanas eran equivalentes a los movimientos sociales que emergieron como actor principal de la política a finales del siglo pasado. La necesidad de “encontrar al sujeto político” y el entusiasmo por el resultado del referéndum hicieron que un buen número de actores político-mediáticos del espectro opositor pecaran de entusiasmo y cierta ligereza sociológica. Las plataformas estaban lejos de representar lo que los movimientos sociales, no hace falta más que analizar el pasado 21 de febrero, el 10 de octubre y el 6 de diciembre pasado para certificar el creciente agotamiento de esta “novedad”.
Menos gente en las calles, una menor transversalidad entre los manifestantes, un paulatino restablecimiento de los actores tradicionales como los Comites Cívicos y los partidos, una carrera por buscar el escaño con algunos candidatos, etc.
Una segunda premisa errónea, vinculada a la anterior, fue creerse el cuento de que estamos ante una crisis terminal de los partidos políticos similar a la experimentada al inicio de siglo. Hay convicciones que crean evidencias, decia Marcel Proust, y hubo una tenaz voluntad publicada que sostenía dicha crisis cuando no existía evidencia de la misma: no hay una fragmentación intensa de las opciones políticas, no tenemos registro de la emergencia exitosa de ningún outsider ni siquiera a nivel municipal de grandes capitales, etc. Confundir una crisis coyuntural y un relativo declive de la confianza ciudadana con una crisis estructural de las organizaciones políticas es un error.
Es muy difícil sostener, por ejemplo, que el partido Demócratas de Rubén Costas no es una opción partidaria consolidada en el departamento más grande de nuestro país. Tienen militancia organizada, son el segundo partido en número de militantes, gobiernan 15 años Santa Cruz y las encuestas de manera sostenida le dan a Costas alrededor del 70% de apoyo.
Encuestas, elecciones y número de militantes son criterios que al menos deberían tomarse medianamente en cuenta a la hora de apuntar el funeral de los partidos hoy.
Algo similar ocurre con el MAS, organización que cuenta con un millón de militantes, más de dos centenares de municipios, fuerte presencia territorial, etc. Sería equivocado negar que nuestro proyecto atraviesa turbulencias, que la organización debe pensarse mejor en una Bolivia más urbana, etc., pero volver esta situación sinónimo de que el MAS está liquidado es una apreciación cuando menos exagerada.
Sobrevaloración de las plataformas ciudadanas y subestimación de las organizaciones político-partidarias han llevado a distintos errores en las decisiones de algunos actores políticos opositores. Habían generado un marco de excepcionalidad: Bolivia vive en una dictadura y, por lo tanto, la unidad opositora no es una opción, es una obligación. Pero esto, como sabemos, no ocurrió cuando debía ocurrir. Algunos colegas, en los días previos al registro de alianzas y binomios, utilizaban el ejemplo de la Concertación chilena, aunque matizaban que “todavía” Evo no era Pinochet. Un error lógico, ya que para que la Concertación fuera posible debió existir un Pinochet. La no existencia de una candidatura única no se explica por cuestiones psicológicas de los líderes opositores, sino por un motivo estructural: Bolivia no vive una situación de excepcionalidad democrática y es por ello que los distintos líderes y proyectos no encuentran incentivos reales para guardar sus demandas y aspiraciones políticamente diferentes entre sí.
Esto se corrobora al ver el mensaje que se envía a la ciudadanía cuando Samuel y Rubén Costas no son capaces de ponerse de acuerdo para gestionar su recién nacida alianza: si no pueden ponerse de acuerdo para dar los primeros pasos de una alianza electoral resulta difícil imaginar que podrían gobernar juntos el país. Lo más relevante de este divorcio, y la razón profunda de su ruptura, es que el proyecto hegemónico que gobierna Santa Cruz tiene una necesidad mayor que la unidad con fórceps, presentar por primera vez un proyecto propio al resto del país.
La oposición ha procurado ocultar estas diferencias y la latente pugna por el liderazgo de ese espacio reduciendo toda la discusión pública a un solo tema: el referéndum. Esto va mostrando sus costuras endebles. Una larga campaña hará que los ciudadanos, los molestos con la habilitación del presidente Evo y los que no lo están tanto, les vayan preguntando a los opositores qué piensan hacer con el país más allá de lo que todos ya sabemos: criticar que Evo Morales esté en carrera.
Cuando tengan que pasar de esas primeras palabras del guión repetido la cosa se complicará: unos defenderán el federalismo, otros ocultan la wiphala, otros nos enseñan que aprenden aymara, otros dicen que quitarán los supuestos vigentes del aborto hace 40 años, etc.






