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Con cabeza y corazón

Joven que no es revolucionario, no tiene corazón; adulto que lo sigue siendo, no tiene cabeza. ¿Es cierto?.

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Por Luis Fernando Camacho R. es psicólogo
/ abril 10, 2019
en Animal Político

Se dice con frecuencia que “joven que no es revolucionario, no tiene corazón” y “adulto que lo sigue siendo, no tiene cabeza”. Particularmente no creo que las formas de organización social de los seres humanos (lo que tratan de cambiar los revolucionarios) se reduzcan a problemas de psicología evolutiva (los jóvenes son progresistas y los viejos, conservadores). Cabe recordar que los humanos que formularon las tesis que fueron sostén de los principales movimientos revolucionarios en la historia de la humanidad generalmente lo hicieron a edad ya avanzada ¿No tenían cabeza? ¿Lo hicieron por inmadurez? Seguro que no.

La sensibilidad social es una de las manifestaciones más claras y certeras de la inteligencia humana. La mejor definición de inteligencia que yo conozco es “la capacidad para resolver problemas” y los problemas humanos más complejos, acuciantes y fundamentales no se pueden resolver sin apelar para ello a la más profunda y sincera sensibilidad. De lo contrario “las soluciones” son paliativos, o postergaciones. A la inversa también: la pura sensibilidad sin racionalidad suele agravar los problemas antes que darles solución.

El fin de la esclavitud no se dio porque a algunas personas les dieran pena los esclavos, “les rompieron el corazón”. No fue así. Fue, con seguridad, porque ese sistema, esa sociedad ya no podía funcionar de esa manera. No era inteligente ni racional perseverar en la insensibilidad. Es obvio (anatómica y fisiológicamente hablando) que el corazón sin cabeza no funciona y a la inversa tampoco. Política o filosóficamente hablando es igual (la razón sin sensibilidad no sirve y a la inversa tampoco).

La inteligencia sensible o emocional hizo posible la supervivencia de la especie porque el ser humano privilegió la cooperación a la competencia, lo cual no quiere decir que privilegió el corazón a la cabeza, sino que comprendió rápidamente el apoyo mutuo como una expresión natural y primaria del instinto gregario, por lo tanto más emocional que racional, o sea más del corazón que de la cabeza, era la respuesta más inteligente (inteligencia emocional) a las necesidades humanas.

Podemos decir, metafóricamente por supuesto, que desde el corazón nos llama nuestra esencia animal para no olvidar, estúpida y soberbiamente, nuestros orígenes, pues como especie no somos los fundadores de un cuarto reino. Solo hay tres: el mineral, el vegetal y el animal, al que indefectiblemente y a mucha honra pertenecemos los humanos. Sin embargo, es prudente reconocer que si bien compartimos una infinidad de similitudes con las otras especies de nuestro reino, una particularidad nos distingue de ellas: la olítica. Somos el animal político por excelencia.

El año que empezó hace algo más de tres meses, para los bolivianos será un año electoral y como tal un año muy político y deberemos responder a la altura de nuestros antecedentes, con el corazón y con la cabeza. La política se define como la ciencia que trata del gobierno y la organización de las sociedades humanas, especialmente de los Estados. En otras palabras y acomodando la definición a nuestra realidad boliviana actual, la política es cómo pensamos o creemos, individual y colectivamente, que se debería gobernar nuestro Estado plurinacional. Sea desde la derecha o la izquierda coincidiremos en que se debe gobernar con ética, pues la política sin ética se desnaturaliza o se vulgariza. Es solo politiquería y lo que originalmente era un halago, se transforma en insulto.

¿Dónde reside la ética? Con seguridad en todas las relaciones humanas, como parte de la filosofía reside en la inteligencia, en la cabeza, pero nace en el corazón. Nace en el amor al prójimo, en el respeto.

Los conquistadores europeos justificaban sus invasiones con el argumento de la difusión de la verdadera fe; sin embargo su trato, ni aun entre ellos, expresaba el amor que sus prédicas ponderaban como el valor más elevado. Han tenido que pasar más de 500 años para esa condición ética: el trato igualitario a los humanos étnicamente distintos comenzó a tener significación y aceptación política. En otras palabras, algo que parecía ser un mandato del corazón, comenzó a ocupar todos los resquicios de la cabeza. No es posible comprender ahora nuestra realidad política sin reconocer el peso de la interculturalidad como única forma posible de convivencia humana.

En consecuencia, al elegir nuestro destino, los bolivianos deberemos hacerlo con una mano en el corazón, pues la interculturalidad es un concepto que habita principalmente en la esfera emocional, pero que debe ser conducido por la razón y la ciencia.

Más allá de las ofertas electorales, no debemos olvidar el camino recorrido hacia el reconocimiento y el respeto a la diversidad. Nuestro crecimiento en sensibilidad y en racionalidad. En el corazón y en la cabeza.

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