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Los hijos no revolucionarios del proceso

Provocación sobre la burocracia que se formó bajo el ala del proceso de cambio.

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Por Jhonny Peralta Espinoza es exmilitante de las FAL Zárate Willka
/ julio 10, 2019
en Animal Político

El presente exige que la democracia se constituya en un flujo permanente de autocuestionamiento, para no dejar de ser una democracia viva; por ello, el proceso de cambio requiere de la crítica para seguir siendo democrático, y no tanto de la fidelidad facilona, si no quiere consumar su final.

Según una encuesta, el apoyo electoral a Evo Morales de parte de los movimientos indígenas constituye el voto duro; pero hay una franja de indecisos que cobija a esa clase media de “recién llegados” que ha mejorado sus niveles de consumo, educativo, habitacional, con mayor influencia en el Estado, que usa tecnologías como soporte de su relación consigo misma. Pero, como afirma Álvaro García: “su modo de unificación política es una incógnita”; es una clase media de la que, a pesar de todos estos elementos, no se puede hablar de un rediseño de sus identidades colectivas, sino más bien de “una sociedad cada vez más amorfa”, como alega la psicosocióloga Itxaso Arias.

Evo reclama: “Ayúdenme a seleccionar nuevos asambleístas… con capacidad de debate, porque es una batalla ideológica, una guerra de ideas”. Esto exige que en octubre el reto sea vencer con politización y para lograr ese objetivo es urgente preguntarnos: ¿estos pequeñoburgueses que no supieron qué hacer con las cosas del poder necesitarán formación política?

La clase media del MAS, que forma parte de la maquinaria estatal, tiene otra forma de entender y hacer política que poco o nada tiene que ver con los que no nos situamos en los límites institucionales. El tema de la formación política no es algo necesario, ya que ellos hacen política y toman decisiones políticas pero en un contexto totalmente diferente, institucional y que, lamentablemente, se ha ido caracterizando por una falta de pasión política tan necesaria. El Estado, como una maquinaria de normas y procedimientos, exige que la política deje de ser un atributo esencial del ser humano y se convierta en una actividad reservada a un grupo de políticos profesionales. Entonces, en esa institucionalidad, para tomar decisiones no hace falta formación político-ideológica, porque es más una gestión. Así, la gente de los movimientos juveniles que vive en el mundo de la gestión estatal cree que está sobrepolitizada por estar rodeada de política y de políticos, pero de otra pasta, porque está metida en los vericuetos de la administración pública.

Pero eso no es política, eso es gestión, y confundir política con gestión conlleva un vaciamiento ideológico; por ello, muchas veces esa gestión ni siquiera tiene criterios políticos, y los criterios están en función de si habrá o no presupuesto, o lo que haya dicho tal ministro o tal director. Así, la “política” se reduce a dar luz verde o no a tal proyecto. Claro que el tema de la formación política a alguno le puede interesar pero, quizás, lo ven como un extra a su trabajo; una necesidad personal y no colectiva. Pero cuanto más tiempo estén metidos en los laberintos de la gestión institucional menos la van a percibir como algo útil para su quehacer.

Así la dinámica los absorbe junto con el deseo de hacer de la política una profesión; verbigracia, tener una carrera política como diputados, directores, etc. Y si les decimos que hay que debatir sobre la radicalización de la democracia, las formas de entender el poder, etc., la respuesta es: “eso es para el mundo académico, teórico”, porque en su realidad esas cuestiones no les afectan en nada, cuando más bien es la base para una acción política con sentido.

También hay gente hipócrita que dice: “estos jóvenes solo buscan la pega, su sueldo”, pero se olvidan de que ese mundo institucional es el que los ha creado, y como no han sido capaces de crear una estructura institucional diferente, ni de descolonizar un Estado colonial, la gente que está ahí cumple el adagio: “la función crea al órgano” y se van convirtiendo en eso, en una pieza funcional para que esa maquinaria funcione.

Por todo ello, hablamos de dos realidades distintas: los que estamos en la calle defendiendo el proceso de cambio y la gente que convive con el burocratismo y donde la formación política no tiene ningún sentido. Si al menos hicieran una buena gestión, buenos proyectos en salud, educación, etc. (no me refiero a los grandes proyectos que están sacando al país del atraso); pero no lo hacen, porque precisamente la falta de visión política se los impide.

Y es a esta gente que no se le ha exigido nada en relación a lo político-ideológico y solo pedido lo técnico; que se caracteriza por tener una mentalidad de empresa y expectativas de lograr deseos individuales, en lugar de politizarse dentro de un proyecto político que, si no quiere morir, debería mantener su esencia colectiva. Esos son los hijos del proceso de cambio y el buen diagnóstico es: estos son tus hijos, esto es lo que tienes; entonces, cuestiónate, no tienes cuadros políticos que están pensando cómo cambiar el país.

en tendencia: AnimalhijospolíticoProcesorevolucionarios

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