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Pandemia

El coronavirus evaporó la seguridad, de la noche a la mañana

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Por Boaventura de Sousa Santos
La Paz / marzo 22, 2020
en Animal Político

La normalidad de la excepción. La pandemia actual no es una situación de crisis claramente opuesta a una situación de normalidad. Desde la década de 1980 (a medida que el neoliberalismo se fue imponiendo como la versión dominante del capitalismo y este se fue sometiendo cada vez más a la lógica del sector financiero), el mundo ha vivido en un estado permanente de crisis.

Una situación doblemente anómala. Por un lado, la idea de crisis permanente es un oxímoron, ya que, en el sentido etimológico, la crisis es por naturaleza excepcional y pasajera y constituye una oportunidad para superarla y dar lugar a un estado de cosas mejor. Por otro, cuando la crisis es transitoria, debe ser explicada por los factores que la provocan. Sin embargo, cuando se vuelve permanente, la crisis se convierte en la causa que explica todo.

Por ejemplo, la crisis financiera permanente se utiliza para explicar los recortes en las políticas sociales (salud, educación, bienestar social) o el deterioro de las condiciones salariales. Se impide, así, preguntar por las verdaderas causas de la crisis. El objetivo de la crisis permanente es que esta no se resuelva.

Ahora bien, ¿cuál es el objetivo de este objetivo? Básicamente, hay dos: legitimar la escandalosa concentración de riqueza e impedir que se tomen medidas eficaces para evitar la inminente catástrofe ecológica. Así hemos vivido durante los últimos 40 años.

Por esto, la pandemia solo está empeorando una situación de crisis a la que la población mundial ha estado sometida. De ahí su peligrosidad específica. En muchos países, los servicios de salud pública estaban hace 10 o 20 años mejor preparados para hacer frente a la pandemia que en la actualidad. La elasticidad de lo social.

En cada época histórica, las formas dominantes de vida (trabajo, consumo, ocio, convivencia) y de anticipación o postergación de la muerte son relativamente rígidas y parecen derivar de reglas escritas en la piedra de la naturaleza humana. Es cierto que cambian gradualmente, pero las alteraciones casi siempre pasan desapercibidas.

La erupción de una pandemia no se compagina con este tipo de cambios. Exige cambios drásticos. Y de repente, estos se vuelven posibles, como si siempre lo hubiesen sido.

Vuelve a ser posible quedarse en casa y tener tiempo para leer un libro y pasar más tiempo con la familia, consumir menos, prescindir de la adicción de pasar el tiempo en los centros comerciales, mirando lo que está en venta y olvidando todo lo que se quiera, pero solo se puede obtener por medios que no sean la compra. La idea conservadora de que no hay alternativa al modo de vida impuesto por el hipercapitalismo se desmorona.

Se evidencia que no hay alternativas porque el sistema político democrático se vio obligado a dejar de discutir las alternativas. Como fueron expulsadas del sistema político, las alternativas entrarán en la vida de la gente cada vez más por la puerta trasera de las crisis pandémicas, los desastres ambientales y los colapsos financieros. Es decir, las alternativas volverán de la peor manera posible.

La fragilidad de lo humano. La aparente rigidez de las soluciones sociales crea en las clases que más se aprovechan de ellas una extraña sensación de seguridad.

Siempre hay cierta inseguridad, pero hay recursos para minimizarla: atención médica, pólizas de seguros, servicios de empresas de seguridad, terapia psicológica, gimnasios. Este sentimiento de seguridad se combina con el de arrogancia e incluso de condena respecto a aquellos que se sienten victimizados por las mismas soluciones sociales.

El brote viral interrumpe este sentido común y evapora la seguridad de la noche a la mañana. La pandemia no es ciega y tiene objetivos privilegiados, pero aun así crea una conciencia de comunión planetaria, de alguna forma democrática. La etimología del término pandemia dice eso: el pueblo entero.

La tragedia es que, en este caso, la mejor manera de mostrar solidaridad es aislarnos unos de otros y ni siquiera tocarnos. Extraña comunión de destinos. ¿No será posibles otros? Los fines no justifican los medios. La desaceleración de la economía, especialmente en el país más grande y dinámico del mundo, tiene obvias consecuencias negativas.

Pero, también, algunas positivas, la disminución de la contaminación atmosférica, por ejemplo. La agencia espacial de EEUU (NASA) afirmó que nunca se vio una caída tan dramática de la contaminación en un área tan vasta.

¿Significa que, a principios del siglo XXI, la única forma de evitar la cada vez más inminente catástrofe ecológica es a través de la destrucción masiva de la vida humana? ¿Hemos perdido la imaginación preventiva y la capacidad política para ponerla en práctica? Se sabe que, para controlar la pandemia, China implementó métodos estrictos de represión y vigilancia. Cada vez es más evidente que las medidas fueron eficaces.

Resulta que China, a pesar de todos sus méritos, no tiene el de ser un país democrático. Es cuestionable que tales medidas puedan implementarse, o hacerlo de manera igual eficaz, en un país democrático.

¿Significa que la democracia carece de capacidad política para responder a emergencias? Al contrario, The Economist mostró a principios de año que las epidemias tienden a ser menos letales en países democráticos debido al libre flujo de información.

Pero como las democracias son cada vez más vulnerables a las fake news, tendremos que imaginar soluciones democráticas basadas en la democracia participativa a nivel de barrios y comunidades, y en educación cívica orientada hacia la solidaridad y la cooperación, y no hacia el emprendimiento y la competitividad a toda costa. La guerra de la que se hace la paz.

La forma en que se construyó inicialmente la narrativa de la pandemia en los medios occidentales evidenció el deseo de demonizar a China. Las malas condiciones higiénicas en los mercados chinos y sus extraños hábitos alimenticios (primitivismo insinuado) estaban en el origen del mal. Subliminalmente, el público mundial fue alertado sobre el peligro de que China, la segunda economía mundial, domine al mundo.

Si China no pudo evitar semejante daño a la salud mundial y, además, no pudo superarlo de manera eficaz, ¿cómo podemos confiar en la tecnología del futuro propuesta por China? ¿Acaso el virus nació en China? La verdad es que, según la Organización Mundial de la Salud, el origen del virus aún no se ha determinado.

Por tanto, es irresponsable que los medios oficiales en Estados Unidos hablen del “virus extranjero” o incluso del “coronavirus chino”, sobre todo porque solo en países con buenos sistemas de salud pública (Estados Unidos no es uno de ellos) es posible hacer pruebas gratuitas y determinar con precisión los tipos de gripe que se han dado en los últimos meses.

Lo que sabemos con certeza es que, más allá del coronavirus, hay una guerra comercial entre China y Estados Unidos. Una guerra sin cuartel que, como todo lleva a creer, tendrá que terminar con un vencedor y un vencido.

Desde el punto de vista de Estados Unidos, es urgente neutralizar el liderazgo de China en cuatro áreas: la fabricación de teléfonos móviles, las telecomunicaciones de quinta generación (inteligencia artificial), los automóviles eléctricos y las energías renovables.

La sociología de las ausencias. Una pandemia de esta dimensión causa justificada conmoción en todo el mundo. Aunque el drama está justificado, es bueno tener en cuenta las sombras que crea la visibilidad.

Médicos sin Fronteras advierte sobre la extrema vulnerabilidad al virus en miles de refugiados e inmigrantes detenidos en los campos de internamiento en Grecia. En uno de estos (Moria) hay un grifo de agua para 1.300 personas y falta jabón. Los internos solo pueden vivir cerca uno del otro. Familias de 5 o 6 personas duermen en un espacio de menos de tres metros cuadrados. Esto también es Europa, la Europa invisible. () Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez.

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