Tiempos aciagos tocan vivir; realidades en constante mutación, desconcierto y temor convergen; definitivamente, el mundo ya no será el mismo. La humanidad ha experimentado muchos sucesos dramáticos en diferentes periodos de la historia: guerras, catástrofes naturales y pandemias. Desde la peste negra (1347-1351) que se llevó 200 millones de habitantes (30% población europea), hasta el coronavirus, que registra cerca de 9 millones de contagios confirmados y más de 465 mil fallecidos, hemos sobrevivido a 20 pandemias. Está claro que no es la primera vez que sucede un hecho letal con devastadoras consecuencias, y no será el último.
El COVID-19 se propagó aceleradamente por casi todos los rincones del mundo, propio de la dinámica de la modernidad y la movilización constante de las personas, vector principal para su propagación. A veces, vemos lejana la posibilidad de que nos afecte, nos desentendemos deliberadamente o la dimensión del peligro no cala en nuestra mente. Y sí, llegó, y se quedará mucho tiempo; estamos rodeados de un peligro invisible y desconocido, nos encontró en un mal momento. En medio de una severa crisis política, social y económica, de “yapa” nos cayó el invisible coronavirus, modificando drásticamente nuestra cotidianidad.
El fenómeno sanitario desnudó las distintas realidades que, en comparación, revelan las asimetrías de los sistemas de salud, capacidades de gestión, liderazgo en la toma de decisiones, credibilidad de las autoridades y sobre todo capacidades de reacción. Como era de esperar, son aspectos estructurales que no se pueden ocultar. Las diversas experiencias y lecciones aprendidas deberían permitirnos emular los casos exitosos en materia de salud y, por lo pronto, también en asuntos políticos: elecciones.
En nuestro país, la determinación de entrar en cuarentena total (21 de marzo), con relativo sentido de oportunidad, quizás haya evitado que la situación se torne catastrófica, pero ¿cuánto tiempo podremos resistir? Las dudas rondan, el escepticismo y cansancio están al límite. En un contexto de elevada pobreza, precario sistema de salud, déficit de institucionalidad, economía recesiva y tensión política latente, las medidas restrictivas suelen ser lacerantes e insostenibles. Quédate en casa, ha sido la recomendación; y claro, quedarnos en casa indefinidamente, cuando no se cuentan con ingresos y tampoco ahorros, es materialmente imposible.
Llegó la hora de salir, para bien o para mal, ahora dependemos de nosotros mismos. La asistencia social vía bonos es limitada, de hecho, nos estamos comiendo nuestros ahorros (reservas), los hospitales están a punto de colapsar, las fuerzas del orden casi rebasadas, no conocemos el universo real de contagiados por la ínfima cantidad de testeos que se realizan; en definitiva, el panorama es preocupante, pero el encierro peor. Destrucción de empleo, quiebre de empresas, reducción de los ingresos y escasas perspectivas de recuperación en el corto y mediano plazo, avivan las tensiones de un momento que podría denominarse “crisis de crisis”.
Este complejo escenario multifactorial, indudablemente requiere certidumbre; no obstante, al encontrarnos en una lucha colectiva ante un enemigo común, los tiempos políticos, relegados de las prioridades y preocupaciones ciudadanas, nuevamente se colocan en el foco de atención. De aquí en adelante, de forma paralela, las agendas política y sanitaria irán de la mano. Estamos en elecciones, la pausa de los tiempos políticos terminó, al margen de los deseos e intereses corporativos, regionales y personales, no podremos evitar sumirnos en la dinámica propia de la lucha por el poder.
Antes de la era del COVID-19, atravesamos por un tórrido proceso electoral, que terminó con la anulación de las elecciones, y la posterior renuncia, después de cerca de 14 años, del expresidente Evo Morales. La polémica está servida, las interpretaciones del episodio del 20 de octubre de 2019 son antagónicas, la controversia de si hubo fraude, golpe de Estado o quiebre del sistema democrático, no estarán exentas de la tensión dinámica que viviremos.
Iremos a las elecciones en tiempos de pandemia inevitablemente. En el mundo se han postergado más de 60 comicios, pero se han realizado más de 30 (IDEA Internacional). Las maquinarias electorales están en apronte, la polarización política “in crescendo”, el TSE bajo fuego cruzado, y el Gobierno nacional, que decidió entrar a competir, está secuestrado por la Asamblea Legislativa Plurinacional. Así está la lucha, polarizada entre los que pretenden restaurar su proyecto político (MAS), y los que anhelan arrebatarlo.
Hacia adelante, la ciudadanía vivirá tiempos de campaña inéditos, los convencionales ritos de proselitismo (marchas, concentraciones, mítines, etc.) están prohibidos, el campo de batalla al margen de los medios de comunicación ya se trasladó al espacio virtual, donde la creatividad y confrontación dialéctica será un reto imprescindible para los estrategas políticos.
En definitiva, la crisis política estuvo subyacente todo este tiempo, pero no ausente, y el supuesto punto de inflexión, a la deriva. En consecuencia, es necesario reflexionar en el desarrollo del proceso, porque las elecciones, gusten o no, son un imperativo. Idealmente, se debería contemplar algunos puntos de convergencia para llegar al día “D”: 1) un acuerdo político de acatamiento a los resultados, 2) tregua de los órganos del Estado en disputa, 3) regulación para la campaña electoral en medios, en base a criterio técnicos de equidad en la competencia, para evitar principalmente que el Gobierno produzca un desbalance en la exposición e información a la población, haciendo uso de los recursos estatales a título de gestión, 4) compromiso de los partidos políticos de jugar limpio, 5) debate obligatorio y 6) distribución equitativa de recursos económicos para las fuerzas políticas en competencia.
Más allá del bien y del mal, está la realidad. Ahora toca vivirla en tiempos pandémicos turbulentos.
Franklin Pareja es politólogo






