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Las redes, la nueva vigilancia

Exhibirse en la red es existir. Hemos donado nuestros íntimos datos de vida a los creadores de las redes

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Por Wilbert Villca López
La Paz / marzo 3, 2021
en Animal Político

Sala de prensa

Un niño de unos cuatro años, que vestía una polera negra con estampa de Spider-Man, pasó horas echado en el asiento del bus con la mirada firme en el celular, cuyo brillo era el único en el interior del bus. Ni la oscuridad, ni el frío y menos el traqueteo le impidió digitar al dispositivo mientras su madre y otro menor dormían cubiertos con frazadas. Él erguía sus labios como si derribara a cada obstáculo a gran velocidad, y a momentos rozaba con las manos su peinado mohicano, dando a entender que su aplicativo favorito le derrotó. Percibí que combatía como el mayor héroe en el mundo del juego. Antes de partir de viaje, él y su madre revelaban los millares de megas que disponían. La afición de aquel menor me causó asombro.

En comunidades campesinas, con serpenteados ríos y montañas, los rurales solo alcanzan a mensajear en las redes sociales y se abstienen a hacer llamadas de audio y video, por las interferencias de la señal 3G. Allí, observé a los labradores inseparables de sus móviles. Con ingenio ojeaban, incluso mientras hundían al arado con una mano, mensajeaban mientras cosechaban la vid trepados en los árboles, deslizaban sus pantallas entretanto sostenían el plato de comida en sus faenas agrarias.

Estaban familiarizados con el Facebook.  Publicaban fotografías de su entorno. Daban un “me gusta” a sus favoritos, artistas, actores, líderes, marcas deportivas, lugares turísticos y a todo el inmenso atractivo que la red ofrecía pese al lento flujo de internet. Algunos identificaron un punto en los cerros para captar mejor señal. ¡Vaya!, al parecer se transformaron en talentosos adictos.

Hasta hace poco, las autoridades originarias recorrían, antes del alba, casa por casa notificando a los vecinos para asistir a sus reuniones. Ahora, solo recurren a las redes. Los adultos mayores, que desconocían el uso de móviles, también contaban con sus perfiles en la red: lo administraban los nietos. Los adolescentes ejercían libertades para “wasapear” y “feisbuquear” como si fuera un derecho universalizado.

Mi colega de posgrado, en São Paulo, solía publicar cada detalle de su rutina en el Facebook. Fotografiaba a su grupo de aula para resaltar dónde y con quiénes se encontraba. Compartía su localización online estando en lugares atractivos. Mencionaba a los presentes si confraternizaba en un bar. Citaba la marca de las bebidas que consumían. Destacaba el nombre del local difundiendo fotografías, pulsando símbolos prefijados de emoción, apetencia, felicidad, satisfacción y otros afectos. En tiempo real, sus contactos le escribían comentarios de elogio sobre sus publicaciones. Aquella vez, Facebook ya facilitaba teclear nombres con precisión, ofreciendo por anticipado (el nombre) mientras digitábamos dos caracteres.

Exhibirse en la red significa existir. Cuando observé en São Paulo a miles de transeúntes desconocidos, de hecho, imposibles de verlos de nuevo, me convencí de que tenía sentido publicar en Facebook: aparecer online los convertía en personas vivas, admiradas, apreciadas y recordadas en medio del anonimato descomunal de la metrópolis.

Sin presión alguna, hemos optado por donar nuestros íntimos datos de vida, sin darnos cuenta de su magnitud, a los creadores de Facebook, Google, Twitter y otras redes sociales como ingenuos fanáticos. Estos señores de la revolución digital saben qué hacemos, quiénes son nuestros amigos, qué páginas visitamos, dónde estamos y estuvimos, con quién hablamos. Según la filósofa Carissa Véliz, incluso antes que saltemos de la cama para apagar el despertador del celular, un montón de organizaciones ya saben a qué hora nos levantaremos, dónde dormimos y con quién. También, cuando despertemos y cojamos el celular, conocerán más sobre nuestra privacidad. Así deducirán, como clarividentes, sobre nuestro estado de ánimo para mostrarnos qué nos interesa ajustado a nuestra personalidad. De este modo, influyen, deciden y juguetean con nuestros sentimientos y sobre todo, nos vigilan. También esos datos lo venden para publicidad en fabulosos negocios. En 2016, Facebook percibió por contratos de publicidad diecisiete dólares por cada cuenta y en poco tiempo llegará a 3.000 millones de usuarios en el mundo, según las estimaciones de Lanier Jaron, investigador norteamericano.

Además, tienen la llave del poder. En Bolivia, las falsas noticias y los memes con incendiarias leyendas racistas se expanden con rapidez cuyos impulsores consiguen polarizarnos: el golpe de 2019 ha sido promovido y aplaudido en las redes. ¿Cuánto más nos sorprenderán los dueños de las redes sociales?

(*) Wilbert Villca L. es sociólogo

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