Cara y sello
Foro de Análisis Político de la FES: “La oposición en tiempos de la pandemia del Covid-19”
La política en Bolivia está fuertemente marcada por la dinámica y la acción de la sociedad civil en el campo político. Los cambios en los ciclos políticos democráticos o sus mutaciones no se explican por el triunfo electoral de un partido o por la voluntad de un líder en función de gobierno, sino por procesos de acumulación y acción social organizada —o desorganizada— en las calles. No se puede explicar la llegada del MAS al poder en 2005 sin el proceso social y político previo de descomposición del orden dominante y la acción de los movimientos sociales. En distinta dimensión y con diferentes matices, tampoco se entiende la crisis política de 2019 y 2020 sin las movilizaciones sociales que se iniciaron después del referéndum de 2016 pidiendo el respeto al voto y en rechazo a la reelección inconstitucional del entonces presidente Evo Morales, que se agudizaron en el contexto de las elecciones de 2019.
Crisis y debilidades confirmadas. La hipótesis es que el estallido social de 2019, si bien tuvo un impacto muy importante en el sistema institucional, porque implicó la salida de Morales del poder, el cambio del Órgano Electoral, nuevas elecciones y las derivas de un accidentado y devastador gobierno transitorio, tuvo efectos diferenciados en el sistema de partidos. En el MAS, el impacto fue significativo porque implicó un reacomodo en las relaciones de poder internas, que se expresa en la actual distancia del gobierno de Arce y Choquehuanca respecto del expresidente Morales y su entorno, pero sobre todo en la manifestación de voces cuestionadoras y democratizadoras desde las bases sociales a la dirección del instrumento político.
En los partidos opositores, esta crisis política confirmó sus debilidades. No hubo cambio en el comportamiento electoral (al igual que desde 2005, la votación por el principal partido opositor alcanzó alrededor del 30%). Tampoco marcó la esperada reconfiguración del sistema de partidos, que se mantiene con el formato del partido predominante.
Una radiografía de los partidos opositores y su desempeño durante los 14 años de gobierno del MAS muestra tendencias generales que hoy se mantienen y agravan: presencia y actuación minoritaria, dividida y sin coherencia política en la Asamblea Legislativa Plurinacional; ausencia de nuevas alternativas y líderes con capacidad de articulación social; progresivo desgaste y vaciamiento de militancia; pragmatismo que derivó en un mercado negro de siglas políticas que buscan sobrevivir atadas a circunstanciales candidatos sin partido. A ello se añade la pérdida de identidad ideológica y su eventual unificación centrada básicamente en contrarrestar al partido de gobierno. Cabe señalar que durante el gobierno del MAS se produjeron condiciones adversas para su fortalecimiento por la actuación sistemática, política y judicial contra potenciales líderes y organizaciones opositoras.
La cuestionable actuación del TSE en las elecciones de 2019, pero sobre todo el paso del gobierno transitorio de Añez, perjudicaron enormemente a todos los partidos opositores. El MAS instaló con éxito en el imaginario social la asociación directa de esta época nefasta marcada por la pandemia, la crisis económica, el racismo, la corrupción y otros males, con toda la oposición política sin distinción. Así, el discurso masista dividió de forma maniquea al país en dos opciones e invisibilizó las diferencias y matices existentes tanto al interior del MAS como en las distintas oposiciones políticas y ciudadanas.
7M: Nuevas posibilidades. Las características a nivel regional son distintas. Si bien la política es afectada por la disputa nacional, responde a particularidades marcadas por el peso de liderazgos con trayectoria local, gestiones públicas o querellas domésticas. Por tanto, los resultados también muestran incongruencias multinivel en la votación. Recordemos que en las elecciones generales de 2014 el MAS ganó con 61% de los votos, pero en los comicios subnacionales de 2015 la oposición se impuso en ocho ciudades capitales más El Alto, además de cuatro gobernaciones (La Paz, Tarija, Santa Cruz y Beni). El MAS amplió su primera mayoría en el 67,5% de las alcaldías, la mayoría de corte rural.
El escenario de las elecciones 2021 abre nuevamente posibilidades para la oposición. Para estos comicios se inscribieron 122 organizaciones políticas y alianzas. Un total de 11 partidos, 4 con presencia nacional (excepto el MAS, se trata de siglas pequeñas o de reciente creación: PAN-BOL, FPV y MTS). Los partidos con mayor trayectoria como CC, UCS, Demócratas, MNR, UN y PDC tienen presencia en algunos departamentos. En general, la totalidad de los partidos, incluido el MAS, actúa mediante alianzas con agrupaciones o personajes locales como “invitados”, que son en realidad la razón del éxito. A pesar de esta gran dispersión en la oferta, los votantes concentran su voto entre una a tres candidaturas en cada región.
Las plazas históricas de la oposición se mantienen en las gobernaciones de Santa Cruz, Beni y Tarija, donde el primer lugar se disputa entre candidatos opositores al MAS; en Pando, Chuquisaca y La Paz, hay una disputa que parece conducir a una segunda vuelta entre el MAS y el opositor; y, finalmente, el triunfo del MAS es incontrastable en Oruro, Potosí y Cochabamba. Respecto a las alcaldías, en las tres ciudades capital principales y El Alto, según encuestas de intención de voto, el triunfo será de la oposición.
La (re)democratización del MAS por tracción de las bases sociales es una señal saludable para el pluralismo democrático y la expresión política de la diversidad. Del otro lado, la presencia opositora en las regiones no significa el fortalecimiento de los partidos o su proyección nacional; es más, varios de ellos, que gozaron de apoyo ciudadano en el anterior periodo, hoy están prácticamente extinguidos. Las tareas siguen pendientes.
(*) María Teresa Zegada es socióloga cochabambina, con maestría en Ciencias Políticas y doctorado en Procesos Sociales y Políticos en América Latina






