SALA DE PRENSA
La historicidad de ciertos hechos contemporáneos es evidente en el momento mismo en el que ocurren. Así pasa por ejemplo con los sucesos de octubre y noviembre de 2019. Todos los bolivianos hemos observado y protagonizado estos sucesos, no importa en qué bando, con la sensación clara de que estábamos atravesando por “momentos históricos”. Esto que se dice a menudo por pura hipérbole —que tal o cual cosa es “histórica”— en este caso fue rigurosamente cierto.
La historicidad de octubre-noviembre de 2019 emergió, en ese mismo instante, ante nuestros ojos, gracias a que teníamos una visión colectiva de la historia como la sucesión de momentos en que la cotidianidad se rompe o acelera; de la historia como sucesión de “hechos de masas” y, simultáneamente, de eventos estatales o que comprometen fuertemente al Estado. Este “sentido común” boliviano no debería extrañarnos. La conciencia que se despierta en cada pueblo sobre su historia corresponde con el modo en que este pueblo hace esta misma historia.
El libro Nuevo mapa de actores en Bolivia, que han compilado Jan Souverein y José Luis Exeni Rodríguez desde la Fundación Friedrich Ebert (FES), surge de esta interpretación histórica que, como digo, es colectiva y “de sentido común”. El libro atribuye a los hechos de octubre-noviembre la condición de bisagra entre dos etapas sucesivas o, para usar la metáfora que maneja, de sustitución de un elenco de actores sociales y políticos por otro.
La obra no es propiamente historiográfica, pero se aproxima más a la historiografía que a la sociología estructural. Presenta una serie de recreaciones de lo sucedido durante la salida de un gobierno nacional-popular y el arribo de un otro gobierno que buscaba ubicarse en las antípodas del primero. Digamos que cumple la primera fase del trabajo historiográfico, esto es, colecciona los datos relevantes para las diversas interpretaciones históricas de los autores, y hace su primera articulación hermenéutica.
Como siempre ocurre, los autores leen el pasado desde el presente. Pero su presente no es el actual, en el que varios de los procesos desencadenados por las elecciones del 20 de octubre de 2019 han encontrado un desenlace, sino un tiempo previo, en el que esto aún no había sucedido. Tal cosa les quita a las monografías reunidas en el libro “profundidad de campo”, por así decirlo, pero en cambio les dota de vivacidad y, a aquellas que son críticas con el proceso que estaba en marcha y aún no había abortado, las reviste también de clarividencia y honorabilidad.
No se infiera de lo que acabo de decir que los artículos de Nuevo mapa de actores en Bolivia estén cortados con la misma tijera ideológica o política. No, más bien se trata de una colección plural de análisis de los actores y los cambios sociales emergentes de la crisis. Fernando Mayorga analiza al Movimiento Al Socialismo, la secuencia de las reacciones de este partido a la derrota sufrida el 10 de noviembre y su preparación para actuar en las siguientes elecciones. María Teresa Zegada confirma la incapacidad crónica de los partidos de oposición para dirigir y encauzar la lucha contra el evismo. Yuri Tórrez pasa revista a los principales actores de la sedición contra el gobierno: los movimientos de las clases medias educadas. Jonas Wolff explica la lógica escondida del comportamiento aparentemente errático de las élites económicas respecto del capitalismo de Estado. Susana Bejarano y yo establecemos las razones y características de la “hegemonía instantánea” del relato comunicacional antievista en el campo mediático. Gabriela Reyes retrata las dinámicas del motín policial, que como se sabe dio el tiro de gracia al gobierno de Morales, en un artículo que proporciona claves importantes a quienes sigan buscando definir qué fue lo que pasó, si un “golpe de Estado” o una “insurrección burguesa”. Gustavo Fernández informa de los alineamientos de los organismos y las potencias internacionales frente a la crisis boliviana. Eduardo Paz explora las relaciones elusivas y polémicas entre religión y proceso de cambio. Finalmente, Eliana Quiroz y Wilmer Machaca nos hablan del papel de las redes sociales en los sucesos.
Algunos autores enfatizan los errores precedentes, las decisiones de Evo Morales que dieron lugar a la crisis. Otros, el carácter reaccionario de las fuerzas que ascendieron durante esta crisis y trataron de formar un nuevo bloque de poder. Ciertos artículos destacan por su acopio de materiales y otros por su atrevimiento ensayístico. Lo que todos tienen en común es que procuran alcanzar cierto nivel científico en lugar de parapetarse en la opinión política, si entendemos ésta como “creencia injustificada”. En otras palabras, detrás de los artículos asoma una misma actitud: una actitud cognoscitiva antes que instrumental. Es decir, se busca conocer, no cambiar el mundo.
Gracias a esto, este libro está en general un poco más allá de la polarización que desde hace años divide y tensiona a la sociedad boliviana. Puede trascenderla. Su lectura cuestiona algunos supuestos de las narrativas polarizantes. Es verdad que su propósito no es refutar estos relatos ni mucho menos eliminar uno en desmedro del otro. Sin embargo, al buscar un conocimiento sin error —que es la búsqueda asociada a la mencionada actitud cognoscitiva— llega a resultados que no se adaptan a las simplificaciones políticas de la historia.
(*) Fernando Molina es escritor y periodista






