DIBUJO LIBRE
Con más de 3.800 casos por día, Bolivia está atravesando el pico más alto de la tercera ola y uno de los peores momentos desde el inicio de la pandemia. La difícil situación en salud ha reabierto el dilema entre la salud y la economía. Varias regiones del país han retomado restricciones de horario, circulación, etc. La pregunta es si es necesario masificar las cuarentenas en el país. Mi posición tajante es que no.
Tras las dos primeras olas, algunas lecciones aprendidas sobre la cuarentena son: 1) es una medida extrema y solo temporal ante un potencial descontrol de la pandemia; 2) ya que solo retrasa el pico, no aplana la curva, como hipotéticamente se afirmaba; 3) perjudica más a la economía que el propio desarrollo de la pandemia; 4) el confinamiento es desigual entre los habitantes; y, 5) su efectividad se reduce mientras más prolongada sea la cuarentena.
Durante 2020, los sectores más perjudicados por las medidas restrictivas fueron el minero, la construcción, el transporte, el comercio y los servicios de empresas y a consumidores. Junto al colapso de la actividad se disparó el desempleo, se hundió el comercio exterior y las recaudaciones tributarias.
De masificarse hoy las cuarentenas en el país, se afectaría a la producción y al empleo, en un momento en el que la economía se encuentra en sala de recuperación. Los establecimientos productivos que lograron resistir hasta la fecha podrían encontrar en ésta la estocada final para su cierre definitivo.
En estos momentos, cuando el sector productivo muestra francas señales de reactivación, la implementación de las cuarentenas podría resultar contraproducente. La minería muestra un buen desempeño, avivado por los mejores precios internacionales. En el sector agropecuario se requiere más mano de obra para labores de cosecha y siembra, que son mayoritariamente manuales. La ausencia de lluvias en invierno facilita las actividades de construcción, silvicultura y otros que podrían verse perjudicadas. Las medidas de estímulo al consumo con efectos multiplicadores en el comercio, transporte y servicios también estarían socavadas. En fin, retornar a la cuarentena produciría un gran daño económico con el riesgo de perder todo lo avanzado.
Tampoco se debe olvidar que el confinamiento no es igual para todos. El sustento de muchos hogares con actividades informales depende del ingreso diario, el cual no podría ser restringido porque sería como negar el derecho al trabajo.
La primera cuarentena rígida de poco más de 60 días no evitó que los hospitales colapsen ni tampoco suavizó la curva de infecciones (por falta de pruebas y el poco hábito de uso del barbijo) cuyo pico se produjo finalmente en julio de 2020. El confinamiento solo sirvió al gobierno transitorio para ganar tiempo ante la deficiente gestión de la pandemia, pero a un costo elevado, pues enfrió súbitamente la economía y desencadenó la crisis económica y la pérdida de la mayor parte de puestos de trabajo. En la segunda ola esta tarea ya estaba descentralizada y endilgada a los gobiernos subnacionales con incluso una menor capacidad de control y gestión.
La intensidad de la tercera ola llega en un momento en el que muchas nuevas autoridades locales recién se van afianzando en sus funciones, lo que genera retrasos en la entrega de vacunas y una deficiente coordinación con el Gobierno central que se ha tratado de disimular con el argumento de la falta de recursos. Es un contrasentido que se quejen siendo que son sus propias acciones restrictivas las que dañan la economía y afectan la generación de ingresos fiscales. Parte del descontrol de esta tercera ola se debe a la dispersión de algunas decisiones en salud a los niveles territoriales, en lugar de ser asumidos por el Gobierno central.
La Paz no necesita más cuarentenas. Para superar ambas crisis se requiere una gestión más eficiente, de estrecha coordinación entre niveles de gobierno, una vacunación masiva en las áreas urbanas más pobladas sin restricción de edad, enfocada en grandes grupos de trabajadores y ya no en grupos de riesgo. Finalmente, es importante entender que la vacunación es una medida preventiva de efecto de mediano término y no una plena solución inmediata.
(*) Omar Velasco Portillo es economista






