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Imaginario racial blanco

Sugestiva invitación al debate sobre lo que significaría el ‘ser blanco’ bajo un gobierno de los ‘indios’.

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Por Rafael Loayza B.
La Paz / enero 9, 2022
en Animal Político

DIBUJO LIBRE

En mayo de 2020, durante el gobierno interino de Jeanine Áñez, el ministro de Minería Fernando Vásquez dijo en una entrevista que no cumplía las especificaciones de identidad mínimas para ser militante del Movimiento Al Socialismo (MAS), pues tenía “los ojos verdes y la tez blanca”. El arrebatado comentario resultó de una pregunta periodística que le endosaba un pasado masista. Y es que el pasajero gobierno de Áñez pretendía diferenciarse del partido de Evo Morales incluso, o sobre todo, desde el imaginario racial.

Paradójicamente, el despropósito de las declaraciones del ministro le valió más críticas por “creerse blanco” —cuando en teoría no lo era— que por ser “políticamente incorrecto”. Y es que en Bolivia la personificación del q’ara (blanco o blanco-mestizo) es todavía certificada con mayor escrúpulo que la del t’ara (indio o indio mestizo), pues ser “blanco” involucra ventajas en el usufructo del ingreso, la educación, la salud, los servicios básicos e incluso la “facha”. Es cierto que sus prerrogativas en el campo político han menguado radicalmente desde la llegada del movimiento indígena al gobierno. Sin embargo, descontando este dominio, ser “blanco” sigue siendo, en cierto modo, un certificado de éxito que incluso funciona cuando la realidad contradice el prejuicio. Ciertamente, es obvio que el color de piel no es el factor causal de la segregación y discriminación bolivianos, y que la polarización étnico-racial es el resultado de la calidad poscolonial de la sociedad y de la incapacidad de la gestión pública de resolver los problemas de diferenciación.

El caso del ministro racista retrata la paradoja de que la “raza” del blanco deba ser sujeta a verificación por las ventajas que produce en quien se personifica como tal, y que el imaginario racial sea en Bolivia un alegato de estatus que estaciona a quienes pretenden descollar en el escalafón social. Es decir, es un mecanismo de control social para administrar o, eventualmente, mitigar el poder. Esta paradoja fue representada por la activista feminista María Galindo en un perfil desenfadado de la expresidenta Áñez, que prácticamente denunciaba que ella, como muchos mestizos en busca de ascenso social, había aprendido de niña “a odiar el color de su piel y sus cabellos”. La evidencia para aquella puntualización residía en que la mandataria tenía el cabello teñido de rubio: “Su rubificación no puede ocultar los pómulos y los ojos rasgados, de un origen que la ha colocado en la historia como enemiga de sí misma. Su odio a lo indio es de todos los odios el más doloroso, porque es un odio contra sí misma”. (Galindo, en Lavaca, 19/12/2019)

Así, para escalar en un país poscolonial, donde la diferencia étnica es marcada, el peldaño más recursivo del “blanqueamiento” femenino sería, en palabras de Galindo, la “rubificación”. En igual sentido, los varones poscoloniales indígenas y mestizos ascienden de la mano de la selección de parentesco mediante la búsqueda de relaciones interétnicas. Casi con la misma racionalidad de la presidenta, que impugnaría sus cataduras raciales por teñirse el cabello, los opositores a Evo Morales le adjudicaron la negación de “su gente” cuando se hizo pública su relación con Gabriela Zapata, una joven también “rubificada”. Los críticos tildaban de embustero al indígena más prominente del país por tener de pareja a una “rubia” y criticaban, con el mismo impulso, a la joven por “teñida”, en un esfuerzo paralelo por, precisamente, invalidar su blancura. Anne McClintock diría que, en el fondo, el cabello teñido de las mujeres de Bolivia alimenta el fetichismo poscolonial de ellas como objeto de sujeción y que, más allá de representar una elección personal, es la evidencia de un mecanismo de control tendiente a la regulación de lo indígena.

Está claro que en Bolivia ser blanco es una manifestación de superioridad y que creerse tal cosa lleva a una fiscalización pública, pues una forma de menospreciar al poderoso es singularizarlo de “indio”. Ahora bien, aunque el “blanco” parezca representar una serie de atributos físicos (tonalidad de la piel, fenotipo, etc.), “actuar” como tal no es tanto un asunto de tinte cuanto de maneras, idioma, lugar de residencia y posición económica. Sin embargo, para Richard Dyer, las distinciones precisas asociadas a “ser percibido” como “blanco” exaltan dos características que pueden ser autenticadas: “el pelo rubio y los ojos azules”; atributos que el ministro decía tener y que les eran negados tanto a la presidenta como a la exnovia de Morales. David Lockwood diría, conclusivamente, que el imaginario racial es una dimensión creativa y simbólica que ordena el mundo especificando tanto privilegios y atributos, como obligaciones y defectos. Es, como hemos visto en los ejemplos citados, un recurso disciplinario que sitúa a los grupos “en el lugar donde deberían estar”.

Ahora bien, la llegada del MAS al poder ha dislocado el imaginario racial del blanco, pues es como si una de esas prerrogativas (aquella que produce más potestad) le hubiese sido arrebatada. Ciertamente, hasta antes de Morales el dominio de los “no indígenas” en Bolivia se producía en casi cada aspecto de la vida social. Sin embargo, el ejercicio de la Presidencia del Estado y la prominencia de lo étnico, que incluye la denominación como “plurinacional” del “nuevo país”, hizo que los castellanohablantes comenzaran a imaginarse también en términos raciales. Antes del Estado plurinacional, los “no indígenas” se veían a sí mismos, tal como los “blancos” en la generalidad de las sociedades occidentales, como “gente común”. Concebirse de otra forma habría revertido la concepción liberal de que todos somos iguales y conducido a una profunda inversión del mito de la igualdad.

Aunque ciertamente el color de la piel tiene más una afinidad electiva que una relación causal con la situación socioeconómica, y el imaginario racial funciona en muchos casos por encima de la realidad, Bolivia se lee de manera simplificada como un país de “blancos” potentados, descendientes de españoles, e indígenas originarios, pobres y explotados. Obviamente, tanto el imaginario como los hechos (la distribución de la riqueza en términos étnicos y raciales) son más bien producto de las secuelas de la ocupación española, pues las políticas de sujeción de los habitantes originarios (la servidumbre y la esclavitud) incidieron en una distribución del ingreso que hoy está estructurada de manera diferenciada. Así, la mayoría de los indígenas en Bolivia viven bajo la línea de la pobreza. El peso de este hecho establece de manera dual dos percepciones sobre los “blancos”: una es impuesta por los “otros”, es una personificación (una encarnación) nacida de la exaltación de la diferencia que precisamente los impugna como “abusivos” y responsables de deudas históricas para con los originarios. La otra es una autoafirmación, un parecer propio que los ocupa con sentimientos de superioridad, pero también de culpa. Estas reducciones estaban claramente compartidas por los procesos recíprocos de autoafirmación y personificación, hasta que la toma del poder político por el MAS y los movimientos sociales que federa transformaron la tensión en una competencia por la prevalencia en el poder.

(*) Fragmento del artículo Bolivia: el imaginario racial “blanco” bajo el gobierno de los “indios”, publicado en la revista Nueva Sociedad 292, Marzoabril 2021.

(*)Rafael Loayza B. es comunicador social y sociólogo (*)

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