SALA DE PRENSA
La polémica alrededor de un libro puede ser un recurso conveniente para que sus ejemplares se vendan, así sin calificativo, porque ya no digamos que se venda masivamente, algo que rara vez pasa en Bolivia. Pero, cuando la polémica es más importante que el contenido, se corre el riesgo de figurar más en las páginas de sociales de los periódicos y aparecer más frecuentemente en publicaciones de Facebook. Que el libro se venda, y si acaso se lea, se vuelven temas de segundo orden.
Pronto el texto Los hijos de Goni de Quya Reyna (Reyna Maribel Suñagua Copa, El Alto, 1995) se vio envuelto en los revoltijos propios de las redes sociales. Declaraciones suyas en Santa Cruz invocaron críticas de prolijos y conservadores activistas de Twitter que no habían leído el libro y de otros tantos defensores que tampoco habían leído el libro, y muy poco se decía de qué iban las páginas de la joven escritora alteña.
Solo para que no se diga que no había cómo enterarse de qué iban las páginas, propongo algunas notas sobre el texto.
Los hijos de Goni (Sobras Selectas, 2022) es un libro de crónicas que se construyen desde la primerísima persona de la autora. Esto podría levantar suspicacias porque la crónica anecdótica y autobiográfica es un estilo común de los suplementos paceños, cultivada rara vez con suerte. En los pasajes narrados por Quya Reyna, resulta atrayente la vivacidad de las historias cotidianas conjugadas con una fresca falta de pretensiones y poses. La autora no cae en la tentación de las morisquetas de teórico literario. También, más sorprendente, prescinde de las fáciles declamaciones inflamatorias del indianismo —en el cual milita— y logra algo un poco menos frecuente: un texto complejo —que no complicado.
A través de nueve pasajes de prosa clara y limpia, Quya Reyna vuelve sobre momentos de su propia vida creciendo en El Alto en medio de estrecheces económicas. Pero esta escasez material que aparece con la fuerza de moldear las rutinas, los ahorros, los miramientos, los feriados, los días laborales, no es ni una pobreza romántica ni una pobreza quejumbrosa. En uno de los paratextos del libro, Cecilia Salazar destaca los giros de humor negro o el cinismo de la autora para dar una puntada de cierre a sus historias. Y tiene razón, uno se encuentra en el libro con los malabarismos económicos que demanda sostener una casa sin recursos y la moral —que no moraleja— que hay que observar y, a veces, olvidar.
Las tensiones contadas y el ámbito en el que se desarrollan resultan un cebo muy convincente para el voyeur sociológico. Las historias “Los hijos de Goni”, “El Huicho”, “La ratera” recrean momentos que enseñan cómo se moldean los modos de ser, el ethos, de la mujer a la que no le sobran diez bolivianos en un medio agreste. Se aprende del padre y de la madre tanto las formas y los objetos de la simpatía, así como los recipientes de la envidia; con quien se tiene miramientos y cuáles son las situaciones de las victorias, aunque solo sean simbólicas. En “Un fiambre”, “La culpa es de la colonia” o “La ciudad” se siente el agobio de la vergüenza, de no saber a dónde mirar cuando no se puede responder a lo que se demanda o de cómo esconder aquello que repentinamente es una mácula. Pero las máculas no arrastran a las personas hasta el fondo; afectan, pero es posible retrucar, reír, disfrutar.
Esa reconstrucción de un El Alto contradictorio, pujante pero con estrecheces, espontáneo pero simple, con grandezas humanas que toman turno con mezquindades igualmente humanas me evocó —que no es lo mismo que sean libros de naturaleza semejante— a Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis. En ese libro etnográfico, en eso muy distinto a Quya que es la protagonista, el antropólogo, que es el observador, se desprende de las teorías de la pobreza y reconstruye desde abajo con qué categorías se organiza el mundo. Entre Los hijos de Sánchez y Los hijos de Goni median enormes diferencias de propósito y técnica, pero, allí donde se tocan, uno puede sorprenderse.
(*)Eduardo Paz G. es sociólogo.







