DIBUJO LIBRE
La escasez de maíz en el mercado boliviano ha abierto un debate profundo sobre el modelo de desarrollo agrícola. Desde la Cámara Agropecuaria del Oriente se sostiene que la escasez es resultado de las restricciones a las exportaciones y el bajo rendimiento de las semillas no transgénicas. La Gobernación de Santa Cruz aduce la menor oferta a las pérdidas por sequía en el Chaco. El Gobierno acusa a los productores de especular con los alimentos. En estos breves párrafos se hace un análisis de estos argumentos.
Una de las leyes que rige el comportamiento de los mercados es el principio de la autorregulación. Cuando la demanda de un bien excede su oferta, el precio debe inexorablemente subir para reflejar la escasez relativa del producto. Esto no ocurrió con el maíz porque su precio subió de Bs 45 a Bs 100 el quintal pese a que la oferta anual estimada para este año de 1.029.179 Tm es mayor a su demanda 995.203 Tm. ¿Por qué esta aparente contradicción? ¿Podrían estar mal los cálculos del Gobierno? Si fuera el caso ¿Por qué en 2021 se exportó un nivel récord 57.000 Tm si no somos autosuficientes? O ¿qué o quiénes son los responsables? Para entender este enigma voy a recurrir a la teoría microeconomía.
Gracias a Arrow–Debreu (1954) y Walras (1874) sabemos que los mercados son interdependientes, que sus equilibrios se alcanzan de forma simultánea y que si todos a excepción de uno de ellos están en equilibrio el último mercado también debería estarlo. La teoría del equilibrio general asumía que todos los mercados operaban de forma eficiente. Sin embargo, no abordaron situaciones de desequilibrios simultáneos y cuando las fuerzas del mercado dejan de funcionar correctamente.
A nivel mundial existe escasez de algunos alimentos, como el maíz, que solían ser provistos por Ucrania y Rusia. Sin embargo, la guerra en el territorio del primero y la limitación para exportar dadas las restricciones financieras en el segundo, han reducido la oferta mundial de estos alimentos. En un mundo globalizado, el desequilibrio entre oferta y demanda se traslada rápidamente a otros confines del planeta, elevando los precios domésticos y generando asignaciones ineficientes, ya que habría consumidores incapaces de acceder a ellos o, para hacerlo, deben reducir el consumo de otros bienes; lo que en términos macroeconómicos se llaman inflación y caída de ingresos reales.
Los efectos del mercado no terminan allí, ya que cuando sube el precio en un mercado donde una empresa es demandante, traslada este costo a sus propios demandantes quienes a su vez podrían hacer lo mismo. Ésta es la razón de porqué la subida del precio internacional del maíz podría elevar el precio del grano nacional y éste a su vez el de otros productos como la carne de cerdo y de pollo, y que a su vez podrían trasladarse al precio de los almuerzos y embutidos. Quienes terminan pagando el costo de los desequilibrios de los mercados son siempre los mismos, los consumidores.
Ahora bien, parecería que el aumento del precio del maíz no solo responde a las fuerzas imperfectas del mercado sino al oportunismo económico. Considerando que los rendimientos por hectárea no cambian drásticamente de un año a otro, salvo que existan eventos climáticos de consideración como el efecto de la Niña, que hubo pero que afectó principalmente a las regiones de Argentina, Brasil y Paraguay y no así a Bolivia. De ser cierta esta sospecha, ¿podría la escasez de maíz deberse a la reticencia de los grandes productores de grano de vender su producción en el mercado nacional a Bs 100, siendo que el precio internacional equivalente es de Bs 180 por quintal (mercado de Rosario)?
Según la Real Academia Española, especular significa efectuar operaciones comerciales o financieras con la esperanza de obtener beneficios, aprovechando las variaciones de precios. La teoría económica justifica y reconoce a la especulación como un comportamiento racional de los agentes que buscan maximizar su rentabilidad. Se podría decir que especular es un arte. Hay que saber el momento exacto para hacerlo y cuándo retirarse. Pero más allá de ser un acto racional, es un acto criminal que atenta contra el bolsillo de la población, porque se beneficia a partir de una situación ficticia que crea el mercado.
La necesidad de una empresa estatal que regule los precios para corregir las fallas del mercado y el potencial riesgo de especulación es inmediata. La estatal Emapa compra el producto a un precio mayor (Bs 100) incentivando su producción y la vende a un precio más bajo (Bs 65) limitando el poder de los especuladores y evitando que los efectos distorsivos del mercado se trasladen a los consumidores finales como ocurriría en una economía de libre mercado, donde las ganancias se individualizan, pero las pérdidas se comparten.
Empero, la intervención estatal no está exenta de críticas que arguyen su baja capacidad de intervención y que compite con las labores privadas. En realidad, Emapa no tiene como objetivo abastecer a todo el mercado, sino solo a pequeños y medianos productores porque —a diferencia de los grandes— no cuentan con la capacidad financiera para comprar sus suministros por adelantado. Es así que los grandes productores no debieron verse afectados por el alza de precios internacionales porque la mayoría compra sus insumos con muchos meses de anticipación. Por otro lado, la creación de una empresa estatal agropecuaria no busca competir con el sector privado sino garantizar el suministro para pequeños productores, que las grandes empresas agroindustriales no están dispuestas a cubrir por los menores retornos que ofrecen al ser productos regulados. Como parte de la política de sustitución de importaciones también se ha promovido la producción interna de maíz tradicional a partir de créditos a bajas tasas de interés y de programas para mejorar el rendimiento.
Pero más allá de lidiar con la especulación, hay un desafío mayor que es superar, el patrón de acumulación de riqueza extractivista vinculado al auge de la agricultura. Desde los sectores económicos del oriente se propone que —ante el desabastecimiento de maíz— se autorice el uso de semillas genéticamente modificas para elevar el rendimiento. El uso de semillas transgénicas está prohíbo por la Ley de la Madre Tierra, por ser una amenaza a la diversidad y existencia de otras especies nativas. Pero las élites agropecuarias del oriente han encontrado en esta coyuntura internacional de precios, el pretexto ideal para reafirmar su demanda.
Los altos precios de los alimentos están promoviendo un nuevo ciclo de extractivismo en el sector agrícola boliviano, cuyo objetivo es expandir desproporcionalmente la frontera agrícola y elevar los rendimientos a costa del daño al medio ambiente y que podría comprometer la salud de los bolivianos a largo plazo, de admitirse el uso de transgénicos. La biotecnología genética como única vía para elevar la productividad en el campo es una ficción y apesta como el estiércol porque no busca contribuir a resolver la crisis alimentaria mundial, sino en como llenarse los bolsillos de dinero por abono.
(*)Omar Velasco es economista







