CARA Y SELLO
Cuando se habla del mestizo, me imagino a alguien del mismo color de piel que yo, moreno o morena, con una licenciatura, una camisa bien planchada, en la universidad, o siendo policía o simplemente que hable bien el español. Como si en ese imaginario de la “mezcla” que tanto se defiende entre lo español y lo indio, lo español fuese la demostración de lo “civilizado” y lo indio solamente el rostro. ¿Seré yo la única que lo imagina así?
¿Cuántos mestizos hay en Bolivia? Si tomamos en cuenta las “mezclas” biológicas a las cuales hace referencia el discurso convencional de los sectores blancoides para querer justificar la inclusión del término como autoidentificación en la boleta censal, no tendríamos datos que resultaran útiles, porque habría que partir desde inicios de la prehistoria buscando saber de qué mezclas venimos y al final lo mestizo cae en una ambigüedad que disimula las desigualdades a las que se enfrentan los indios, para convertirlo en un igualitarismo de identidad nacional: todos somos mestizos, todos somos bolivianos.
La cuestión del indio. Y otro problema: lo indio. Hay que entender que lo indio no se consolidó ni se consolidará como un sujeto de reivindicación dentro de los grupos racializados, quizá lo aymara, quizá lo colla, pero no todos son collas y no todos son aymaras, pero sí creo que por un afán de “superar” lo indio (como si de una clase social menor se tratase) hay muchos indios que se identifican como mestizos.
Y desde el otro lado hay otro problema: los criollos y los blancos no quieren entender que son criollos y blancos, para no acentuar tanto sus privilegios frente a los “otros”, y en ello buscan “involucrarse” con los menos favorecidos históricamente aplicando un tono más oscuro a su denominativo racial: ¿lo cholo? No, no… no tan oscuro: mejor lo mestizo. Y en esa búsqueda hay un encuentro entre los que buscan “desindianizarse” y los que buscan “igualitarismo”.
Bajo este panorama, el indio ya no se considera en un espacio de subalternidad y en ese desafío de mirarse igual a otros o buscar su “superación”, aunque ya tenga definida su condición racial, buscará no llamarse indio. Y la identificación de un mestizaje desde los imaginarios de estos sectores de la población me parece legítima: un mestizaje desde los sectores indios, que no necesariamente aspira al “blanqueamiento”, pero que sí busca superar su indianidad como la caricaturización que se ha hecho de ese sujeto: el pobre, el sucio, el ignorante…
¿Cuál identidad nacional? Con esto quiero enfatizar la diferenciación entre identidad étnica-cultural (aymara) y lo ideológico-político (lo indio, lo mestizo). No creo que lo uno excluya a lo otro, más bien hay una búsqueda urgente de una identidad nacional contemporánea que la República y el Estado Plurinacional no han resuelto.
No digo que el mestizaje deba sustituir la etnicidad, digo que, si hay un mestizaje, sigue siendo moreno, sigue siendo indio. Ese es el mestizaje que debemos disputarle discursivamente a los mestizos blancos, dizque orgullosos de su origen “indio” cuando en realidad buscan reafirmar su descendencia española y minimizar las desigualdades a las que se enfrentan los sectores racializados.
Leer el mestizaje en nuestros códigos, como señala Pedro Portugal, me parece igual o más importante que tener que enfrentarte a sectores acomodados haciéndoles notar su racismo disimulado desde su reafirmación mestiza.
(*)Quya Reyna es comunicadora y escritora.







