CARA Y SELLO
El Censo 2022, injustificadamente postergado por dos años, habría sido el cuarto en cuatro décadas de historia democrática. Era importante garantizar su confiabilidad y validez como herramienta imprescindible para mirarnos en el espejo de la realidad y proyectar el horizonte del futuro deseable para los bolivianos. Por muchas razones, persiste el esfuerzo de esquivar el sinceramiento con nuestra realidad.
Como en 2012, el Censo abrió la compuerta para sumergirnos en el debate sobre la adscripción étnica y la inclusión de la categoría mestizo, que terminó eclipsando el seguimiento de otros asuntos de crucial importancia.
A mi criterio, era imprescindible separar el turbión de posiciones encontradas sobre la exclusión o inclusión de la categoría mestizo, por tener potenciales efectos discriminatorios a favor de unos u otros. Sin caer en posturas ingenuas, había que realizar esfuerzos para neutralizar el riesgo de manipulación política desde el poder y de sectores en disputa en torno a un tema que libera miedos, resentimientos y desconfianza.
Una foto más fiable. En la tradición censal colonial y pre Revolución del 52, el mestizaje tenía connotaciones biológicas y somáticas coincidentes con una visión darwinista plenamente superada. La mezcla de blancoides e indígenas eran los mestizos. Su diferenciación era necesaria ya que los indígenas tributaban.
A propósito de la controversia, coincido con el planteamiento de Carlos Hugo Laruta, en sentido de que el “ninguneo” de los bolivianos mestizos, explícitamente grosera en el Censo 2001, se habría resuelto a partir de la pregunta 29 del Censo 2012, que textualmente rezaba: “Como boliviana o boliviano, ¿pertenece a alguna nación, pueblo indígena, originario campesino o afrobolivianos?” Quienes respondían “Sí” debían precisar su pertenencia al amplio abanico de opciones de la Bolivia Plurinacional que, correlacionada con la información de lengua materna, entre otras variables, aportaría a tener una fotografía más fiable de la realidad del país.
Esta formulación es congruente con la Constitución, cuyo tercer artículo establece que “la nación boliviana está conformada por la totalidad de las bolivianas y bolivianos, las naciones y pueblos indígenas originario campesinos… que en conjunto constituyen el pueblo boliviano”. En ambos casos, la identidad global boliviana incluiría otras identidades parciales, proyectando un sentido integrador de los mestizos diversos de la Bolivia Plurinacional.
Lamentablemente, por temor a resultados “inconvenientes” nos entrampamos en fórmulas binarias, antagónicas o esencialistas engañosas, como eso de que los indígenas son la reserva moral de la humanidad.
Mestizaje, tolerancia, respeto. Cierro compartiendo el artículo 56 de la “Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación racial, la Xenofobia y las formas Conexas de Intolerancia” que “reconoce la existencia, en muchos países, de una población mestiza con diversos orígenes étnicos y raciales y su valiosa contribución a la promoción de una cultura de tolerancia y respeto”.
Este enfoque del mestizaje debiera ser el marco en el cual sostener la lucha contra el racismo y sus múltiples expresiones. Esta tarea no depende del Censo, sino de dejar de instrumentalizar discursivamente diferencias odiosas que también fluyen sutil o explícitamente en nuestra convivencia cotidiana.
(*)Erika Brockmann Q. es politóloga, exparlamentaria.







